miércoles, 2 de marzo de 2011

Persecución



“Volvió a las calles, y en uno de esos soles sin misericordia de la media tarde de octubre, reconoció la marcha de la fuga, la agilidad del paso corto, la longitud de los brazos sin vaivén pegados a la cadera, el perfil levantado que una medianoche resopló cerca del suyo”


Por Abel González López
Primer lugar, línea literatura, categoría adultos
Concurso Fotografía y Palabras en el Bicentenario


Fotografía: Cristopher Villarroel
Primer lugar, línea fotografía, categoría estudiante de enseñanza media
Concurso Fotografía y Palabras en el Bicentenario



PRIMER ACTO

En los extraños soles de septiembre, que se pegan bajo la nuca y se hunden como cuchillos en los ojos, cambió la dirección asaltado por el ritmo de esa marcha de paso corto y liviano que se cruzó en la más próxima de las líneas de horizonte, y olvidó el propósito de la larga caminata para darse a la tarea más desastrosa que podía emprender: ver y hacer que no veía; esperar y hacer que no esperaba; pensar en ese abismo de años y olvidar la vida adulta en esa carrera contra los pasos que auguraban su desvío, para dejarlo de pronto sin esa sombra ambulante paralela a los latidos que le apretaban el pecho. Había desaparecido en el laberinto de casas bajas y rejas de fierro y techos de zinc. Bajo un árbol recuperó el aliento y la cordura le mostró de improviso la razón original de ese viaje. Volvió. Por la noche repitió la misma ruta. Volvió. Miró desde una esquina los árboles mutilados de la plaza y caminó bajo ellos extrañando las luces a ras de piso que sumaban un aspecto fantasmal a su semblante retraído. Las hubiese querido encendidas como escenografía de su desolación. Se sentó en un banco, rompiendo la solitaria isla de luz y quebrando la línea recta de los bancos vacíos a esa hora de la noche. Contempló el paisaje que tenía enfrente, recorriendo a paso lento con los ojos las líneas de su estructura: Edificio del Seguro, Teatro, Hotel Olimpo, Plazoleta, Correos… Correos, Plazoleta, Hotel Olimpo, Teatro, Edificio del Seguro… Y la silueta de paso corto y liviano que surgió de entre los troncos tallados, detuvo esa marcha sensorial y lo impulsó a levantarse y se quedó de pie mientras se acercaba. Le cortó el paso. La mirada oscura le clavó el ojo en respuesta al abordaje. Le dirigió apenas dos palabras y le respondió arqueando una ceja. Era la señal.


SEGUNDO ACTO

Cuando caminó por el pasillo le rozó el vientre y no cambió la expresión adusta con que recibió la muda invitación. No habló mientras se descascaraba con torpeza, y con el mismo temblor con que pronunció las primeras palabras que lo arrojaron al precipicio, tomó los gajos y los apretó temeroso de la fuerza contenida por años, para convertir la queja en el suspiro del desahogo, en el aliento que derrumba el cuerpo, en el estallido final. Se puso de pie, avergonzado de los estragos de la gravedad en su cuerpo ceniciento, frente a la repentina imagen marchita que ese espejo le devolvió. Y se replegó como un caracol sobre su esqueleto raído para recordar la turgencia perdida y reconocer las grietas que corrían de una sien a otra, implacables.

Capa por capa se fue cubriendo para avanzar luego con cautela por el túnel de la partida. Miró hacia atrás. Recuerda la línea de una sonrisa, pero no sabe aún si ese trazo misterioso se dibujó en sus labios o en sus ojos. Guardó para cada día tras día de ausencia la memoria de ese gesto, hasta gastarlo de tanto traerlo envuelto de esperanza, porque era una gota de humanidad lo que había visto, una luz tenue que le dijo es posible hablar más allá de la carne. Y esperó las noches subsiguientes, en el mismo banco, que la casualidad obrara por sí misma y volver a mirarse en ese espejo con el ardor de la vergüenza trenzado en el cuerpo, atenuado por la promesa mágica de pronunciar cálidas palabras.


TERCER ACTO

Apagó el décimo cigarrillo con la certeza de que la figura vagabunda en su memoria terminaría despareciendo luego que descansara del día y su trabajoso control. Temeroso, también, de que ese lozano contagio se le transformara en un jugo amargo pegado a la lengua por el resto de su vida. Tomó el último sorbo de café, frío, deslavado, para entibiarlo en la boca dejándolo estancado por segundos, y darse cuenta que suspendía el recuerdo para mantenerlo tibio aunque la materia hubiese cumplido su ciclo.

Volvió a las calles, y en uno de esos soles sin misericordia de la media tarde de octubre, reconoció la marcha de la fuga, la agilidad del paso corto, la longitud de los brazos sin vaivén pegados a la cadera, el perfil levantado que una medianoche resopló cerca del suyo. Se detuvo en una esquina, como quien recuerda de pronto un trámite sin hacer. Iniciar el juego del encuentro fortuito fue el impulso primario. Proyectó la línea de desplazamiento probable e infirió cuál era el punto exacto en donde la casualidad lo pondría frente a la luna de ese rostro. Bajó el escalón de la cuneta con la mirada fija en ese punto, calculó el ritmo de sus pasos y las vitrinas que debía escudriñar, para que la persecución convergiera en un encuentro. En el tercer paso volvió a detenerse, como quien recuerda un trámite olvidado, y el sabor amargo se le pegó otra vez a la lengua, al paladar, a los ojos, a las piernas, a la espalda. Unos minutos de vida, se dijo, no valen lo mismo que una réplica eterna de soledad. Y se detuvo y miró cómo la silueta dobló la esquina y desapareció de su ojo, mientras el desfile de ires y venires no perturbó ese pensamiento. Como un héroe de película que termina sus días agrios bajo una nube de agua que le resbala por el traje, a pleno sol, permaneció de pie hasta que un bocinazo lo despertó del duelo.