miércoles, 2 de marzo de 2011

La influencia de la ilustración en Chile en los inicios de la república



“En Chile, desde la conformación de la Primera Junta, no se buscó conformar una monarquía, sino perfilarse como un Gobierno Republicano, entendido como el gobierno supremo de ciertas familias, pero limitado y estipulado por leyes preestablecidas”

Por Leslie Perera Álvarez
Magister en Historia
por la Universidad de Concepción


La ilustración correspondió a la cultura espiritual en evolución que se proyectó en Europa en el siglo XVIII y que guió el actuar de la emancipación de los pueblos americanos en el XIX. Pensamientos e ideas que pasaron a dirigir las formas de pensar, ejerciendo una crítica a las ideas, a la sociedad que les tocó vivir y proyectando los lineamientos de lo que era necesario crear.

La ilustración fue impulsada por un pequeño grupo de letrados europeos, intelectuales, entre ellos: Diderot, D’Alambert, Voltaire, Rousseau, Madame Lambert. Sensibles, talentosos, inquietos y curiosos, concibieron una nueva forma de interpretar su realidad, con el fin de buscar la felicidad humana y liberar a la razón. Aquellas ideas fueron asumidas por distintos sectores de la sociedad, convirtiéndolas en ejemplo de Estado… una razón, una ley, una pasión; no pocas veces impuesta con crueldad y violencia.

La ilustración no nació en las cátedras universitarias, sino que surgió de la insatisfacción personal y colectiva de los intelectuales, compartida en la conversación privada de los clubes, en la clandestinidad de los salones, cerrados de la aristocracia.

¿Cuál fue el impacto de la ilustración en Chile a principio del siglo XIX? ¿De qué manera fue asumida en los inicios de la república? La independencia chilena, sus primeras obras, y los proyectos políticos ejecutados durante el siglo XIX fueron el reflejo político y jurídico de la ilustración, la que, a partir del 18 de septiembre de 1810, descendía desde la filosofía a la praxis.


CHILE 1810

En 1808 Chile formaba parte del imperio español, reino dirigido políticamente por una elite de peninsulares y, en menor medida, por los herederos criollos del viejo mundo. Territorio consolidado en las estructuras del absolutismo, su grupo dirigente se presentaba unido por lazos familiares, por la religión católica, por su ubicación territorial, por intereses económicos centrados en el latifundio del valle central. La elite correspondía a un grupo homogéneo en su identidad.

Las noticias del cautiverio del Rey español Fernando VII, despojado de su mando por Napoleón en Bayona en 1808 y en su acefalia, alzado José Bonaparte en lugar de Fernando, encendió en la aristocracia chilena la posibilidad de experimentar la dominación política del territorio sin alterar el fundamento del absolutismo, ni la legislación española y menos la fidelidad real. La Primera Junta de Gobierno del 18 de septiembre de 1810 surgía como una legitimización del Pueblo de Chile, pero a la vez era la mantención del régimen de la monarquía española y de la fidelidad al Rey cautivo.

El llamado Pueblo, equivalía al pequeño círculo de vecinos pudientes compuesto por blancos europeos o criollos, mayormente santiaguino y de las provincias más importantes de Chile, quienes conformaron un cuerpo político elitista facultados para decidir su propia suerte . El poder soberano residiría desde entonces en el pueblo entero , la elite social tomaba en sus manos un gobierno de emergencia instituido por la monarquía hispánica en cuyo transcurso se expresaron divergencias e intereses, a favor del rey unos o los que simplemente esperaban su muerte. Aquella ruptura política terminó por fraccionar su homogeneidad, quebrantándolos en un sector conservador, partidarios de la monarquía y resistente a la innovación, y Rupturistas, los liberales reformistas, patrióticos que percibieron la oportunidad de la enajenación política de España; por último estaban también los Moderados e indiferentes. En todos los casos, la ilustración se dejaba sentir (también) desde el conservadurismo, con astucia, confusa, clandestina y disimulada en la veneración del rey Fernando VII, pero claramente detectada en las obras políticas.

Luis de Secondat, barón de Montesquieu (1693 - 1755), señalaba que en la conformación de los gobiernos obedece principalmente a dos leyes naturales: una es lo que se hace y el otro el principio en lo que hace obrar; el primero es la estructura particular y el segundo, las pasiones humanas que lo mueven . En Chile, desde la conformación de la Primera Junta, no se buscó conformar una monarquía, sino perfilarse como un Gobierno Republicano, entendido como el gobierno supremo de ciertas familias, pero limitado y estipulado po leyes preestablecidas . De esta forma el actuar político civil elaboró en poco tiempo una serie de ensayos constitucionales, los cuales buscaron adecuar doctrinas a la emergente situación local, desde intentar tomar un ejemplo extranjero federalista o el basamento en la tradición colonial-republicana. Aparecen de esta forma: el reglamento para el arreglo de la autoridad ejecutiva provisoria de Chile en 1811, el Reglamento Constitucional Provisorio de 1812, el Reglamento para el Gobierno Provisorio de 1814, las constituciones de O´Higgins en 1818 y 1822; la Constitución Moralista de 1823 escrita por Juan Egaña Risco; las Leyes Federales, intento encabezado por José Miguel Infante en 1826; la Constitución Liberal de 1828, redactada por José Joaquín de Mora junto a Melchor de Santiago y Concha; finalizando la etapa de ensayos constitucionales con la Constitución Conservadora de 1833, que es el ajuste de la tradición colonial-ilustrada ideado por Diego Portales, Mariano Egaña y Manuel José Gandarillas que permaneció hasta 1925. Todos estos esfuerzos respondían a la necesidad de construir una República, pero consagrando el poder en unas cuantas manos de ciudadanos; el resto de chilenos fueron mirados a lo sumo como vasallos .

Los desgraciados sucesos de la Nación Española, el conocimiento de su origen, y de las circunstancias que acompañan sus desastres, obligaron a sus Provincias a precaverse de la general ruina a que las conducían las caducas autoridades emanadas del antiguo corrompido Gobierno; y los Pueblos recurrieron a la facultad de regirse por sí o por sus representantes, como al sagrado asilo de su seguridad. Chile con igual derecho, y necesidad mayor, imitó una conducta, cuya prudencia han manifestado el atroz abuso que han hecho en la Península y en la América los depositarios del poder y la confianza del soberano.

La ilustración se transformó en el discurso de la legitimización de la autoridad “es preciso ver allí hay, antes de toda astucia y todo disimulo, un funcionamiento, ciertamente lleno de trampas pero ineluctable e indispensable” , que permitió alcanzar hacia 1818 la independencia y la posteriormente consolidación de la República de Chile. Aprovechando el instante, sus conocimientos y posibilidades, este grupo privilegiado, que reunía a los letrados (principalmente eclesiásticos), los dueños de la riqueza (comerciantes e industriosos ricos – latifundistas), los juristas (abogados), los altos mandos del ejército (tenientes, generales); pusieron sus conocimientos y los medios que poseían, para alcanzar su beneficio personal y social, trayendo a Chile ideas y pensamientos universales, y que con el tiempo se transformaron en objeto de creencia de un grupo entero.

De esta forma la Primera Junta de Gobierno del 18 de septiembre de 1810, el primer Congreso Nacional de 1811 y los diferentes intentos de Estado surgidos durante el siglo XIX, fueron la continuación de las estructuras coloniales de un país centrado en la explotación de materias primas, altamente dividido en sectores sociales, católico y con una población mayoritariamente analfabeta; pero distinto, desde entonces, en lo político. La ilustración ingresaba revolucionariamente y con gran energía en algunos ámbitos, pero censurada en otras esferas: la denuncia de los abusos y las malas condiciones de vida del bajo pueblo, la necesidad de buscar liberar a la humanidad de las cadenas de las injusticias, la búsqueda de la racionalidad sobre la religión, la búsqueda de la fraternidad, la imperiosidad de sacar a los hombres y a las mujeres “de la barbarie y del inmenso océano de infortunios que siguen a la ignorancia y preocupaciones ”. Fray Camilo Henríquez expresaba con nostalgia hacia 1812 lo siguiente:

Jamás pues es perdido lo que escriben los amigos de la humanidad. La gran masa de luces esparcidas en ambos mundos, los clamores de los sabios no han de ser ineficaces. Espárzanse verdades útiles; sus semillas son inmortales, vendrá tiempo en que broten.

Ideales que se abrieron paso a fines del siglo XIX y en las primeras década del siglo XX, con la misma violencia ideológica (y en varios casos con expresión armada) que se necesitó para romper con las estructuras coloniales; sin embargo esta vez se enfrentaron los habitantes de la misma república, contra las leyes creadas en nombre de la ilustración. Por esta razón, esa búsqueda de liberación, debieron hacerla aquellos hombres y mujeres que no fueron considerados en los inicios de la república.


Imágen: “Primer congreso nacional de Chile” de Nicanor González Méndez (1903). Reproducido bajo licencia Wikimedia Commons.