miércoles, 2 de marzo de 2011

La carta



“Anita no fue a clases y por una corazonada se atrevió a subir el morro. Se dirigió al lugar que, por deducción, creía pudo haber sido el trampolín de lanzamiento de aquel muchacho. ¡Y la corazonada no le defraudo!”

Por Álvaro Álvarez Pérez


La tarde se dejaba caer tibia y silenciosa. Ese domingo parecía como cualquier otro en las desérticas calles de la ciudad de Arica y aparentemente nadie se había percatado del hallazgo hecho entre las grandes piedras ubicadas a los pies del morro, nadie, a excepción de Anita.

- Señor, ya hemos fotografiado todo el cuerpo y el sector donde lo hemos encontrado; los peritos han tomado registro de todo y el fiscal dice que ya podemos levantar el cadaver.
- Arancibia, hágalo pues ¿qué espera?
- Sí señor, en seguida.

Era extraño. Anita seguía pensando en aquel joven, en aquel cadáver que habían encontrado en las faldas del morro. Evidentemente se había suicidado, eso no era raro en la ciudad, pero su aspecto, no era como el de cualquier ariqueño; es mas, para haberse lanzado desde esa altura, la mitad de su cara se mantuvo casi intacta, por eso, para ella fue fácil descubrir que, por sus rasgos, el suicida no era de allí.

La noche se dejaba caer y nadie extrañaba al joven. Anita creía confirmar su hipótesis de que aquel pobre infeliz no era oriundo la ciudad y se preguntaba de qué lugar provendría. Arica era una urbe pequeña y todos se conocían, “pueblo chico, infierno grande”, se habría sabido de aquella muerte, pero nadie la mencionó en todo lo que llevaba el día.

A la mañana siguiente, todo seguía igual. Era lunes y el ajetreo propio del centro hacía que la ciudad cobrara una vida que desaparecía con cada fin de semana. Pero nada, ni un dato, ni una palabra del suicida.

Anita no fue a clases y por una corazonada se atrevió a subir el morro. Se dirigió al lugar que, por deducción, creía pudo haber sido el trampolín de lanzamiento de aquel muchacho. ¡Y la corazonada no le defraudo! En la barra de contención había una inscripción extraña que señalaba hacia el basurero que estaba tras ella.

Con ansiedad y excitación se dirigió hasta el receptáculo y metió la mano como buscando algo. Fuese quien fuere el suicida, sabía que aquellos basureros casi nunca tenían basura y, por lo tanto, nadie los limpiaba. La sorpresa fue aun mayor cuando, dentro del, Anita encontró un sobre que la dejó sin respiración.



Jamás había salido de la ciudad, mucho menos al sur, lo que en la práctica era para ella todo el resto del país. Habían sido casi treinta horas de viaje, no había avisado ni pedido permiso a sus padres, había tomado el dinero de la tesorería de su curso -cargo que detentaba- y emprendido viaje a Valparaíso. Ya no seguía una corazonada. Iba en búsqueda de una dirección y la encontró.

Frente a ella, un vehículo de carabineros y una casa bonita, ni grande ni chica, pero propia de la “arquitectura del puerto”, que ella había visto antes en las imágenes que cada tanto se emiten por televisión, internet y hasta en los libros de colegio sobre Valparaíso. No le costó llegar, siguiendo las indicaciones que le dio un grupo de pescadores cuando les preguntó por la calle y número.

Tras respirar hondamente, se dirigió a tocar la puerta, pero justo antes que lo hiciera, ésta se abrió completamente.

Frente a ella, una mujer de mediana edad, con ojos mojados y tristes se despedía de un carabinero, quien trataba de consolarla y darle explicaciones respecto a algo que no logro entender completamente.

- Recuerde señora Luisa que la eficiencia de toda nuestra policía esta al servicio de este caso, pronto tendremos respuestas.

Al escuchar esto, Anita sintió súbitamente gran pesar, preguntándose que hacía allí y deseando salir corriendo y volver a su vida normal en el norte; pero antes de poder hacer algo, una dulce y aletargada voz le pregunto:

- Hija, disculpa que no te haya atendido altiro, pero esta situación nos tiene a todos nerviosos y no sé…
- Señora, es su hijo ¿verdad?…

Anita había identificado, gracias al carabinero, que la persona que ella buscaba era a quien ahora tenía al frente. Había viajado más de dos mil kilómetros para entregar esa carta, siguiendo sólo un nombre y una dirección. Pudo haberla mandado por correo, pero algo le había hecho viajar y, arriesgando un severo castigo, preocupando a sus padres, faltando a clases, llegar a una ciudad que no conocía y encontrar a una mujer llamada Luisa.

Estando dentro de la casa, Anita se dio cuenta que el suicida era el menor de tres hermanos, que jugaba en un club deportivo llamado Caupolicán, seguramente del Puerto, pensó, y que su madre era viuda. Las fotos, diplomas, insignias y diplomas que tapizaban el Living de la casa le daban toda esa información, mientras esperaba sentada en unos incómodos sillones a que la señora Luisa terminara de leer la carta. Desde que había encontrado la misiva, no sabía otra cosa que el suicida era hombre, que era joven, que no era de Arica y que había dejado una carta en un basurero, con una dirección y un nombre. Nada más.

Los minutos se hicieron una eternidad para Anita, pero le fueron insuficientes para poder pensar en algunas palabras de consuelo, algo que le diera ánimo a esa mujer que se enteraba que había perdido a su hijo. Cuando de pronto se percató que la señora Luisa había terminado de leer la carta.



Veinte años trascurrieron desde que Martín González se suicidara. Muchos cosas pasaron y muchas otras habían cambiado. Anita, que ahora ya no vivía en Arica, sino que era la flamante esposa del hijo mayor de la señora Luisa, había hecho su vida en el puerto y se identificaba como una porteña más. Se sentía cómoda, contenta y se podría decir que feliz. Atrás, habían quedado aquellos terribles sentimientos de culpa y remordimiento por haberse encontrado aquel domingo con el cuerpo de ese joven a los pies del morro, Ahora, y sin ignorar lo trágico del episodio, de algún modo le daba las gracias al evento por haberla acercado y dado la oportunidad de conocer a quien, ahora, era su esposo y padre de sus tres hijos. Sin embargo, desde que le había entregado aquella carta a la señora Luisa, nunca se reveló su contenido, con lo que, jamás nadie del entorno familiar supo el porqué de aquella drástica decisión y en la casa se aprendió a callar y respetar el silencio de la señora Luisa; pero Anita, en el fondo de su corazón, siempre quiso saber el contenido de aquella misteriosa carta.

Un par de años más tarde, la señora Luisa dejó este mundo, llevándose muchos secretos a la tumba, incluso el de la enigmática carta. Era extraño, pese a que ya había trascurrido muchos años desde que su hijo menor se suicidará, nunca volvió a llorar ni sentir -visiblemente- pena por su muerte y Anita sabía que aquella carta era la clave para entender esa actitud.

La tarde de domingo transcurría como cualquier otra. Anita regresaba de un viaje que había hecho sola al norte, dejando a sus tres hijos en casa, con el encargo que los dos mayores cuidaran al menor y al hogar. Como siempre en esa época del año, su esposo se encontraba mar adentro.

Pero, ahora, un radiopatrullas estaba fuera de su casa y un carabinero terminaba de hablar con el mayor de sus hijos. Sintió una gran aflicción en su pecho y apuró el paso.

Los ojos de su hijo le comunicaron que algo preocupante había ocurrido. No supo que decir. Se quedo atónita en los brazos del mayor de sus retoños, cuando, sin darse cuenta como, una jovencita se había acercado hasta encontrarse al lado de ellos.

- …¿Señora Anita?
- Sí, con ella.
- Señora, tengo esta carta, es para usted.


Imágen: Valparaíso. Fotografía de Observatorio Regional