miércoles, 2 de marzo de 2011

Editorial: Una Universidad en O’Higgins



“Eventualmente, desde universidades extrarregionales llegan tesistas o investigadores a realizar un estudio sobre algún tema propio de nuestra zona. No obstante, los resultados se los llevan a sus propios centros de trabajo, no encontrando allí, necesariamente, el espacio ni los apoyos para articularse de tal modo que puedan generar políticas que mejoren, rescaten o aprovechen la realidad o temática estudiada. Así, el impacto de la investigación se minimiza y el resultado del esfuerzo se diluye”

Ya no es novedoso el reclamo de una universidad en O’Higgins y tal vez exista resignación o convencimiento de que se trata de un deseo que no es viable. Han sido varios los intentos que han fracasado. Las causas son muchas; la principal, la cercanía con Santiago, que hace que muchos jóvenes con méritos (y recursos) para optar a una carrera universitaria opten por la capital, inscribiéndose en planteles con tradición o cierta trayectoria. Una segunda razón es la creciente oferta en la región de carreras impartidas por sedes universitarias extraregionales, públicas o privadas, que satisfacen la demanda de formación de pregrado, y en algunos casos, también postgrados y postítulos. Una tercera razón está en problemas de gestión o manejo de quienes han estado a cargo de iniciativas locales, o incluso, en la frustrada llegada de una entidad extraregional, pero que siempre se entendió como más integral (Campus, no Sede, que considerase investigación), como fue la dolorosa experiencia de la Universidad de Valparaíso en Rengo.

Así, con el acorte de las distancias mediante los medios de transporte, la instalación de sedes de entidades extraregionales, la casi todopoderosa conectividad de Internet, la extensión de becas y créditos que ayudan en parte al financiamiento de la carrera (y sus gastos conexos), pareciera estar claro que O’Higgins no necesita universidad propia para satisfacer sus demandas de educación superior.

Pero es allí donde, precisamente, falla el diagnóstico: entender que solo formación es lo que entrega una Universidad.

Esa es solo una de sus funciones, complementada además por la investigación y la extensión cultural y científica.

Es decir, aparte de enseñar y preparar profesionales, un centro de estudios universitario regional, también investiga la realidad del propio territorio circundante y sus comunidades, tanto en términos físicos, económicos, humanísticos, culturales, medioambientales, etc. estableciendo diálogos al interior de la misma academia que generan conocimientos, diagnósticos, propuestas, proyecciones, soluciones y políticas complejas e integrales, que benefician a la comunidad y la encaminan a un desarrollo sustentable. La extensión, por otro lado, desarrolla un dialogo -más allá del círculo académico- con la comunidad sobre todos estos tópicos y resultados, recogiendo y entregando visiones sobre la realidad toda, mediante eventos, charlas, muestras, simposios, cursos, etc. etc. Por supuesto, la cultura, superando el carácter de espectáculo (que es legítimo y cumple una necesaria función) también se ve potenciada a través de la extensión cultural universitaria, mediante una búsqueda estética y de sentido, basada en lo que somos como región, nuestras propias preguntas, necesidades y prácticas.

Si bien los fondos concursables del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes han posibilitado la ejecución de proyectos de investigación principalmente de temáticas identitarias y patrimoniales, estos no encuentran en ninguna entidad permanente el apoyo sólido y continuo para profundizar en sus contenidos y propósitos y lograr el potencial impacto en las comunidades que podrían beneficiarse de sus estudios. Eventualmente, desde universidades extrarregionales llegan tesistas o investigadores a realizar un estudio sobre algún tema propio de nuestra zona. No obstante, los resultados se los llevan a sus propios centros de trabajo, no encontrando allí, necesariamente, el espacio ni los apoyos para articularse de tal modo que puedan generar políticas que mejoren, rescaten o aprovechen la realidad o temática estudiada. Así, el impacto de la investigación se minimiza y el resultado del esfuerzo se diluye, circulando solo en revistas científicas especializadas, engrosando el currículum del autor o equipo investigador como casi única feliz consecuencia.

Un poco invisibilizada por la grave crisis que sufre nuestro sistema de educación básico y medio (seríamos mediocres si no calificáramos de grave la situación de nuestra educación, tema para otra reflexión) la Educación Superior sufre varios problemas en nuestro país, muchos de ellos de carácter estructural. Esta misma crisis universitaria también afecta y explica que en nuestra región no tengamos una universidad propia. Las universidades estatales no reciben de parte del estado más del 20% de su financiamiento. Chile es uno de los países con educación superior más cara del mundo y como no, si las universidades estatales deben buscar ese 80% de financiamiento que les falta (como referencia, tan solo al otro lado de la cordillera acceder a la educación superior es gratis).

No es raro que una universidad estatal, pese a lo que pueda declarar en sus principios, no se diferencie mucho de una privada cuando de abrir sedes en otras regiones se trata, buscando con ello solo ampliar mercado para captar nuevos alumnos (clientes) y buscar así en ello palear el déficit de su propia Casa Central. Para que hablar de investigación, extensión, dialogo con la comunidad en éstas sedes, salvo iniciativas levantadas como estudiadas estrategias de marketing, muchas veces, aún así, mezquinas.

Este año, como el 2010, nuestra revista intentó premiar con el galardón Abridores de Alamedas (que se entrega en distintas categorías) a alguna entidad de educación superior pública o privada que se destacara por su aporte a la comunidad en nuestra región. No encontramos ninguna que se hiciera acreedora de ese mérito en O’Higgins ¡Ninguna universidad!

Otro tema es la calidad de lo que estas sedes regionales si ofrecen: la docencia. Con lo ya dicho, no es difícil constatar que en muchos casos ésta también puede resultar deficitaria (ver “Acerca de la Calidad de la Educación Secundaria y Universitaria en San Fernando”, de Paulina Fernández, en Observatorio Regional edición impresa Nº2, febrero de 2009).

Aún así, y pese a las reformas (o cambios radicales) necesarios de hacer en nuestro sistema universitario nacional, la tenencia de una universidad propia, sobretodo si es pública y más aún, si es estatal, tiene un impacto importante y positivo en la comunidad que la posee.

Si las decisiones, y los presupuestos que necesariamente la acompañan, se tomaran con criterios técnicos, académicos, y “de estado”, la evaluación para la existencia de una universidad propia en las distintas zonas o regiones se haría con otras variables y no al arbitrio del mercado, como hoy ocurre; se haría en base a la necesidad de una entidad de educación superior y no su viabilidad en el "salvaje" mercado. Estas son decisiones que, contrario a lo que se pudiese creer, no son un lujo y si son económicamente sustentables, pues la generación de conocimiento, técnica, investigación aplicada, innovaciones, etc., genera riqueza, precisamente de la que hoy más se valora a nivel mundial, y que Chile tan urgentemente necesita: conocimiento, innovación, investigación y desarrollo.

Solo si se resuelven los problemas estructurales que hoy presenta el sistema universitario nacional se podrá, algún día, contar con una universidad regional en O’Higgins, ojala pública. Una, que por cierto, no solo preste docencia, sino también desarrolle investigación y extensión.


Imágen: Campus Rengo para una Universidad que no fue. Jorge Díaz