lunes, 11 de octubre de 2010

Sociedad y Psychokillers en el Cine: Cuando el Terror Llama a su Puerta


El cine de terror, como todo el cine y el arte, no es un lenguaje ingenuo, sino habla de la realidad social de la comunidad que lo produce y consume. En estas líneas podrá ver como los miedos que están en la pantalla pueden, en verdad, estar alojados en el corazón mismo de su ciudad, su barrio, su trabajo, su casa. Incluso, quizás, en la butaca de al lado.

Por Arnoldo Ferrada
Periodista
Autor del blog www.fantasmatadero.blogspot.com


El terror es un estado o sensación interna que siempre ha estado presente a lo largo de la historia del cine y en correspondencia a los momentos históricos y sociales que hemos ido viviendo como civilización. Para muchos no es más que un género de segundo orden pero, si se escudriña bien, se encontrará una fuerza simbólica que llega a ser más potente que cualquier otra expresión dentro del ámbito audiovisual, por cuanto el terror descorre el manto, elimina caretas y nos descubre frente a los demás y frente a nosotros mismos, situación extrema donde no hay espacio para la mentira o la falsedad. Ahora bien, el cine de terror moderno, o si se quiere, el que ha ido dictando las pautas cinematográficas a lo largo de estas últimas décadas, es el que nació a fines de los cincuenta y principios de los sesenta, toda vez que se fueron dejando atrás las películas que abordaban un terror fantástico simbolizado, esencialmente en los monstruos gigantescos y en los ataque alienígenas, como una fiel personificación de lo que se vivía en esos años: la incertidumbre socioeconómica y de la permanencia de la vida humana, que se anidó durante el período de la Guerra Fría, entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la década de los sesenta: plena era atómica. Dicha aparición de monstruos fantásticos a través de experimentos científicos o el peligro para la raza humana frente a una invasión extraterrestre, como una verdadera venganza de la naturaleza, se convirtió en la entretención audiovisual para escapar de los problemas cotidianos y para disimular la tensa calma que dividió al mundo entre dos ideologías claramente rivales.

60’s: NACE EL PSYCHOKILLER MODERNO

Al llegar la década de los sesenta, el cine de terror tuvo un brusco cambio y, tras años imbuídos en temas irreales y, por ende, lejanos, que se podían disfrutar sin la aprehensión de sentir el gusto de la realidad en la boca, surge este nuevo sub-género: el psychokillers. Éste tipo de filmes fue construyendo a personajes con acentuadas características psicopáticas, que se rebelaban en contra de su entorno social a través de la comisión de asesinatos brutales. Lo esencial es que ahora el terror (y como consecuencia el horror) ya no estará presente en el rostro de monstruos fantásticos e irreales, sino que tendrá las facciones del ser humano común y corriente: un amigo, un vecino o hasta uno mismo. El psicópata, en estos casos, suele llegar a un estado de profunda crisis debido a la cosecha de traumas infantiles irresueltos, los que se transforman así en un fuerza destructiva que puede desencadenar actos tan demenciales y salvajes como los que muchas veces hemos leído o visto a través de los medios de comunicación.

Esa es la clave en este tipo de cine, un terror contiguo que desentraña todos nuestros miedos y que nos expone, abiertamente, a enfermedades psicológicas que hoy en día son de una evidencia irrefutable.

Una muestra de ello, son los aumentos de enfermedades mentales como depresiones, ataques de pánico, esquizofrenia, demencia, y un sinnúmero de problemáticas que siempre han estado, pero que en las últimas décadas se han ido acentuando, consecuencia del individualismo y materialismo racional de nuestra sociedad occidental y postmoderna, manifestado en muchos casos con altas dosis de violencia y agresividad y que ha ido aniquilando poco a poco cualquier atisbo de empatía, tolerancia y demostraciones de afecto en la conciencia colectiva de la sociedad chilena y mundial.

Estadísticas recientes en nuestro país dicen que alrededor de un 35 % de los chilenos han presentado afecciones mentales importantes, sobre todo en lo que respecta a la población de entre 35 y 50 años, de preferencia en varones, así como también la taza de suicidios ha ido en aumento en nuestro país en los últimos quince años según el Departamento de Salud Mental del Ministerio de Salud (de 5 a 10 por cada 100 mil habitantes).

LA SOCIEDAD EN PANTALLA GRANDE

Las patologías mentales descritas pueden incluso llevar a cometer a quién la padece actos extremos, de cruento salvajismo, haciendo emerger, en algunos casos, la figura del psicópata antisocial, el cual suele tener una raíz común: infancia dolorosa y castigadora, adolescencia reprimida, soledad, alienación social, falta de amor y nulas esperanzas de reversión. Si hacemos una revisión histórica a las últimas décadas en nuestro país, se nos vienen a la mente casos como el llamado Chacal de Nahueltoro en 1960, que tiene incluso una versión fílmica donde se expone su infancia de abandono, su período como asesino y su tardía redención; los psicópatas de Viña del Mar en 1985, quienes llegaron a concretar diez asesinatos y cuatro violaciones entre 1980 y 1981; el Chacal de Alcohuaz, quien en 1990 ultimó a una vecina y sus tres hijos con un hacha, ya habiendo cometido otro crimen de esa magnitud años antes y por el cual se había determinado su personalidad psicopática, degeneramiento sexual y alcoholismo; los violadores de Maipú, que entre 1994 y 1995 secuestraron y violaron mujeres en la región metropolitana con el objeto de grabar sus fechorías y comercializarlas y, como olvidar, el Tila o el psicópata de la Dehesa, quien en 2002 ingresó a habitaciones del barrio alto para violar en forma reiterada a mujeres, con el sólo afán de desatar su más profunda perversión. Más tarde, exámenes develarían los traumas infantiles del sujeto.

Gran parte de los sucesos antes descritos se evidenciaron en el celuloide, por primera vez y en forma abierta, en dos cintas claves y fundacionales del género de cine de psicokillers y asesinos seriales conocido como slasher: “El Fotógrafo del Pánico” (1960) de Michael Powell y “Psicosis” (1960) de Alfred Hitchcock. Ambas presentaron a seres humanos, aparentemente normales, que escondían muchos secretos en sus sótanos internos ¿Quién no? La cuestión es que mientras su caminar por la vida pasa desapercibido y sin llamar la atención, gran parte de su desequilibrio se explica, en definitiva, como una consecuencia de las experiencias acumuladas en (o desde) su infancia. En el “Fotógrafo del Miedo”, un hombre que trabaja en la realización de películas esconde un oscuro gusto por filmar el terror de las mujeres antes de morir. Ese registrar, por algunos segundos, la sensación de miedo, llega a transformarse en un estimulante poderoso para una excitación con rasgos sexuales. Todo ello, explica la cinta, debido al autoritarismo paterno que lo castró socialmente y lo confinó a transformarse en un voyeur (como muchos de nosotros, en diversos ámbitos). Así mismo, la obra maestra de Hitchcock, “Psicosis”, rodada en medio de la realización de su programa de televisión “Alfred Hitchcock Presenta”, fue todo un polémico suceso por cuanto el personaje de Norman Bates (interpretado de manera magistral por Anthony Perkins) canaliza la culpa por la muerte de su madre a través de una representación mental y real del acosador espíritu de su progenitora, quien lo subyuga y anula hasta llevarlo a cometer crímenes que se germinan en la sexualidad reprimida del protagonista.

TERROR DE CULTO

Más tarde, el cine de terror nos presentó otros arquetipos fílmicos con los que el espectador pudiera identificarse o reconocerse inclusive hoy. Tenemos, por ejemplo, largometrajes como “Repulsión” (1965), de Roman Polanski, que habla sobre los traumas sexuales que generan un estado de autismo social y sexual, el que lleva a la protagonista a volcar su estado angustioso en la piel de una asesina compulsiva; “La Última Casa a la Izquierda” (1972), de Wes Craven, que ahonda, desde otro punto de vista, en los desequilibrios emocionales, esta vez desde la óptica de unos padres que tras enterarse de la salvaje violación y muerte de su hija, deciden tomar la venganza en sus manos de una manera brutal e inesperada, que no se condice racionalmente con la tranquila y apacible personalidad que hasta ese instante reflejaron; “La Masacre de Texas” (1974), de Tobe Hooper, un clásico del horror que nos sumergió en la vorágine inhumana de una familia de locos caníbales que acechan a un grupo de viajeros y que terminan por sumir a la última de ellos en su infernal sistema de vida, que tenía su nido en el maltrato infantil y las fracturas psicológicas que estos traen consigo; por último, “Halloween” (1978) donde más allá de los crímenes, el director nos expone la existencia retorcida de un hombre, como consecuencia de una infancia sin el respaldo afectivo necesario.

HORROR EXPLÍCITO: ÚLTIMA TENDENCIA

Es así como, en medio de otras obras clásicas que han sacado lustre a este tema, como “El Resplandor” (1980), “Viernes 13” (1980), “Vestida para Matar” (1980), “El Padrastro” (1987) y “El Silencio de los Inocentes” (1991), por nombrar algunas, saltamos a la actualidad y vemos que la figura del psychokiller ha ido adquiriendo ribetes de mayor espectacularidad, donde lo que interesa es mostrar, de manera explícita, escenas sangrientas que no dejen nada a la imaginación y que reflejan lo atrofiada que puede estar nuestra sociedad, que se ha desbordado dada la nula saciedad que le proporciona el mundo material. Esto lo podemos ver gráficamente en exitosas sagas como “Hostal” (2005) de Eli Roth, cuyo nudo argumental gira en torno a la búsqueda del placer por parte de las personas más acaudaladas del mundo, mediante la comisión de asesinatos a jóvenes que son recluidos en un sitio especialmente adaptado para esos propósitos y que terminan siendo carne disponible para los más bajos impulsos de estos sujetos que ya no se contentan con el poder que les da el dinero; y “Saw” o “El Juego del Miedo” (2004) de James Wan, que versa sobre la venganza de un hombre contra la sociedad, representada en aquellos que no valoran la vida ni su posición ventajosa en ella, por lo que utiliza los más sofisticados métodos de tortura, golpeando el filme visualmente al espectador y construyendo una nueva corriente cinematográfica que se conoce con el nombre de “Torture Porn”, donde no se escatima en mostrar escenas de violencia explícita.

UN VIRUS EN EXPANSIÓN

En definitiva, haciendo un repaso general de la delgada línea que separa ficción de realidad, podemos apreciar como estos universos no son tan ajenos y que, claramente, ha existido desde siempre una mutua retroalimentación entre ambos, generando una extraña dicotomía entre el horror que despiertan hechos de sangre reales y, como contraparte, la fascinación del espectador por la cinematografía que nos sitúa en el rol de “cómplices” y “asistentes privilegiados” a escenarios macabros.

De la misma manera, el crecimiento de afecciones psicológicas, que tiene a nuestra sociedad presa del desencanto y la angustia, no es más que una extensión del círculo vicioso que se ha establecido de forma invisible en el ambiente y que nos mantiene conectado con pasajes dolorosos de nuestro pasado; como afirma el creador chileno Alejandro Jodorowsky, “las enfermedades de la sociedad moderna son problemas psicológicos no resueltos”.

Por todo ello es que soy un convencido de que la influencia que recibe de la sociedad el cine de terror y las expresiones artísticas en general, es más grande y potente de lo que se cree y, claramente, es la bitácora de viaje más auténtica que pueda poseer el hombre, ya que en ella hay un espejo del interior del ser humano mediante sus creaciones, que expresan preguntas necesarias que esperan por sus respuestas.

Crédito Imágenes:
Foto 1, Jack Nicholson como Jack Torrence en "El Resplandor", Warner Bros. Picture.
Foto 2, Anthony Perkins como Norman Bates en "Psicosis", Paramount Picture.
Foto 3, Anthony Hopkins como el Dr. Hannibal Lecter en "El Silencio de los Inocentes", Orion Picture.
Foto 4, Afiche de Saw 2 (detalle), Lions Gate Films.