jueves, 11 de marzo de 2010

Crítica a Forjadores de la Ciencia en Chile, de Claudio Gutiérrez y Flavio Gutiérrez, Ril, 2008, 140 pp.


"Esta interesante obra viene, pues, a poner en contexto el acontecer y la contribución de la ciencia a lo largo de gran parte de nuestra historia a través de una selección de perfiles biográficos de importantes exponentes de la ciencia en Chile, partiendo desde la Colonia con el Abate Juan Ignacio Molina hasta Raúl Sáez y la implementación de medidas para evitar el rebalse del lago Riñihue, tras el maremoto de Valdivia en 1960".

Por Jorge Díaz Arroyo
Profesor de Historia y Geografía
Lic. en Historia

La celebración del Bicentenario de la República ha sido una buena excusa para reflexionar sobre nuestro pasado, patrimonio y también para proyectar nuestro futuro, y en tal sentido, tomar las decisiones que apunten a un mejor desarrollo en él.

Pero tal vez, uno de los temas que menos atención ha tenido en toda esta fiesta bicentenarista ha sido el legado y potencial desarrollo de la actividad científica nacional. Por eso vale la pena volver sobre el libro de Flavio y Claudio Gutiérrez (padre e hijo), ambos académicos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile (el primero retirado), “Forjadores de la Ciencia en Chile: Problemas y Soluciones”. Tal vez, la explicación para que se ignore en estás reflexiones conmemorativas el legado científico nacional sea, como señalan los autores, el que generalizadamente se crea que no hay, se hace ni se ha hecho ciencia en Chile:

“La forma de presentar nuestro pasado nos ha acostumbrado a pensar que no ha habido científicos en Chile. Nuestra historia nombra políticos, militares, escritores, publicistas, empresarios, artistas; rara vez un científico o una experiencia científica. También nuestros hombres públicos parecen desconocer este aspecto de nuestra historia, como si cada nueva generación tuviera que reinventar desde cero este proceso, sin aprender de la experiencia de sus predecesores” (p 17).

Esta interesante obra viene, pues, a poner en contexto el acontecer y la contribución de la ciencia a lo largo de gran parte de nuestra historia a través de una selección de perfiles biográficos o casos de importantes exponentes de la ciencia en Chile, partiendo desde la Colonia con el Abate Juan Ignacio Molina y su “Compendio de Historia Natural de Chile” (1776) en el XVII, para concluir con Raúl Sáez y la implementación de medidas para evitar el rebalse del lago Riñihue, tras el maremoto de Valdivia en 1960, el que amenazaba con aumentar las catastróficas secuelas del sismo, en una prueba de ingeniería aplicada notable.

Los mismos autores describen los criterios y limitaciones para elegir a los biografiados:

“Los personajes se han elegido con diversos criterios: genialidades, sistematizadores, inventores, etc. Tienen en común el haber nacido y haberse formado en la región, y haber hecho sus mayores aportes en el país. Para poder tener una perspectiva histórica, elegimos científicos que desarrollaran su labor antes de la institucionalización de la ciencia en Chile en la década de 1960, y que ya están fallecidos. Por supuesto, nuestra lista está lejos de estar completa, y en algunas ocasiones se eligieron con otros criterios, como acceso a la información” (p 18).

Así, se revisan una selección de 13 destacados científicos y su correspondiente aporte en igual cantidad de capítulos unitarios: Fray Pedro Manuel Chaparro: la lucha contra la viruela; Juan Egaña: sabio enciclopédico; Ramón Picarte: matemáticas y bienestar social; Manuel Antonio Carmona: ciencia y enfermedades mentales; Bustillos y Velazquez: la conservación de la carne; Salazar y Zegers: los rayos X; Diego Barros Arana: ciencia y humanidades; Aureliano Oyarzún: las culturas aborígenes chilenas; Daniel Martner: la economía como ciencia; Eduardo Cruz-Coke, la vitamina D, e Irma Salas: el estudio científico de la educación, además de los mencionados Abate Molina y Raúl Sáez.

El libro tiene varios méritos: de Perogrullo la novedad de su temática, pero, además, resulta valioso el lenguaje ameno y claro con que los autores exponen cada cuadro. No se trata de áridas explicaciones científicas que aborden la especificidad de cada aporte, innovación o investigación en la respectiva especialidad del retratado; sino más bien se trata de un relato de los precursores, sus medios y contextos, su búsqueda, aporte y circunstancias y el impacto que sus productos e innovaciones tuvieron, si es que vieron la luz. Por que aquí abundan las oportunidades desaprovechadas, los resultados sin eco o con insuficiente inversión y/o difusión, las revolucionarias y adelantadas innovaciones que anticiparon verdaderos cambios de paradigma de la ciencia, pero que no obstante, no tuvieron la promoción necesaria. Es un extraño caso, que no nos deja de recordar el curioso paralelo con nuestros “casi, casi” en el deporte, tan abundantes y frecuentes a lo largo de nuestra historia. Es de reflexionar este constante que parece ser característica en nuestro país.

El descubrimiento de los detalles de cada uno de los perfiles y trayectorias que nos muestran los autores se los dejaremos al lector. Sin duda resultarán sorprendentes y reveladoras las vidas, tribulaciones, historias y contribuciones de estos forjadores de la ciencia nacional, como bien los llaman Claudio y Flavio Gutiérrez.

Podemos señalar qué, eso sí, en capítulos breves pero muy reveladores, se muestran los lineamientos biográficos que ponen en contexto la labor de búsqueda, perseverancia y no poca incomprensión de cada precursor; la naturaleza de sus investigaciones y logros, el impacto de su aporte y la relevancia social que éste comprende. Así, los autores nos muestran un conjunto completo y redondo, sin sobrecarga de información, pero con lo suficiente para ver en su globalidad al precursor, su obra y su época.

Se desprende, pese a que se demuestra que científicos y producción han existido siempre en Chile, una constante lamentable: la no promoción histórica y sistémica de la actividad científica en nuestro país, salvo quizás, en al etapa fundacional de la Universidad de Chile y la “importación” de sabios en los primeros años de la República.

Resulta indicativa la frase que el 15 de diciembre de 1945 Eduardo Cruz Coke , otro médico y científico biografiado, pronunciara en el Senado de la República:

“No se conocen hasta ahora sino dos métodos de crear capitales: el trabajo muscular y el intelectual. El trabajo muscular puede multiplicarse sólo hasta cierto punto, y la creación de riquezas que determina, es por lo tanto, limitado. El trabajo intelectual está abierto a tolerar todos los exponentes que elevan la deficiencia del primero, su colaboración en la creación de riquezas no tiene límite” (p 121).

Sentencia plenamente vigente en una época como la nuestra, que se ha distinguido por el valor del conocimiento, la técnica y la producción científica.

Pero no es solo la falta de una estructura de apoyo y desarrollo a la ciencia lo que, a través de su revisión, los autores detectan como un problema para la actividad y su avance. Existe también el prejuicio (cuestión que el libro confesamente pretende derribar) de que “en Chile no hay ciencia”, de que se ha hecho nada o muy poco, que no existe tradición ni obra.

Ilustrativo es el pasaje, en donde a propósito de la obra del economista biografiado, Daniel Martner, “El espíritu de la ciencia: Meditaciones sobre el desarrollo de las ciencias y la evolución del pensamiento humano desde los comienzos de la cultura hasta los tiempos en que vivimos” (1931), los autores señalan que “Para un lector agudo, sorprende que siendo (Martner) un economista chileno perfectamente interesado en nuestra realidad, no aparezca siquiera una mención a Chile en su tratado”. Y complementan a pié de página: “Esto motiva una conclusión implícita (probablemente no compartida por su autor): no tenemos científicos en Chile; no hacemos ciencia en Chile. Pero esta es una tradición de nuestros popularizadores en ciencia: para ellos los científicos son luminarias que elaboran teorías fantásticas: Copérnico, Bacon, Kepler, Galileo, Descartes, Pascal, Leibniz, Newton, Smith, Lavoisier, Lamarck, Laplace, Pestalozzi, Humboldt, Faraday, etc. Esta visión hace que no formemos tradición, que no saquemos ventaja de nuestra experiencia anterior” (p 111).

Del mismo Newton, luminaria destacada, “fantástica” e inalcanzable, es la frase en que con humildad y no poca razón explica “si he podido ver un poco más lejos es porque iba sobre los hombros de gigantes”, refiriéndose así a sus predecesores que aunque errando precisiones y teorías, encaminaron con sus avances el conocimiento, en una posta infinita, para que él pueda dar el paso siguiente (¿que otras cosa, sino esto, es la historia del conocimiento?

Pese a todas las conclusiones y análisis que de él se desprenden, se trata de un libro alegre y esperanzador: primero, porque desde sus páginas aporta y demanda el poner en valor el legado científico nacional, que aunque sin el apoyo sistémico que le pudo haber dado mayor alcance y desarrollo, existe, y es, por tradición, los hombros desde donde los actuales y futuros científicos ya se podrían subir en su diario quehacer. Segundo, porque proyecta lo que debiese hacerse –y que de algún modo está en (embrionario e insuficiente) desarrollo con las políticas implementadas en la última década: generar una plataforma de soporte, desarrollo y promoción de la actividad científica nacional.

Es un libro dinámico y ameno; amplio, porque se ocupa tanto de ciencias “duras” (las naturales y exactas) y “blandas” (las ciencias sociales); apto para todo lector, y que, aunque apareció a un par de años de la fiesta, es un aporte sólido a esta reflexión bicentenarista.