domingo, 22 de noviembre de 2009

EDITORIAL: Chillán y la Voluntad de Ser


"Lo cierto es que Chillán y la provincia en general poseen elementos propios, patrimoniales, idiosincrásicos, tradicionales y naturales de sobra para ser un hito y referente cultural a nivel nacional, y mundial, incluso. Posee también los personajes icónicos, tanto desde la cultura como de la historia para tal efecto."

Recuerdo haber estado viviendo en Valparaíso cuando, hace algunos años, supe que coincidente con el inminente nombramiento del “Viejo Pancho” como ciudad Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, se creaba el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Esta entidad, con rango ministerial, fiel a su naturaleza pluralista -por eso lo de consejo y no de ministerio a secas- tendría su sede en alguna ciudad provincial, y no en Santiago.

Para quienes nos encontrábamos allá, y para cualquier ciudadano medianamente informado, caía de cajón que Valparaíso sería la ciudad sede del nuevo Ministerio, añadiéndosele al mismo tiempo, como estaba contemplado, el título de “capital cultural de Chile”, pero para sorpresa de muchos, le salió gente al camino. Nada menos que Chillán, capital de la provincia de Ñuble.

Cierto es que Chillán ha dado algunos artistas notables al país y al mundo, entre los más conocidos Claudio Arrau, Eduardo Parra, Gonzalo Rojas… pero no es suficiente para ser llamada la “capital cultural de Chile” (para quien se fije en la agenda cultural que semana a semana ofrece la actual capital cultural, por diversidad y calidad el nombre queda caro hasta para Valparaíso). En efecto, era de dudar la implementación seria y clara a esa fecha de una política cultural consecuente con la aspiración por parte de la municipalidad chillaneja (terminemos ya con esa odiosa cursilería de llamarnos “chillanenses”), y todos sabemos que sin los estímulos necesarios, entre ellos de modo importante los económicos, es poco lo que los más entusiastas cultores y agrupaciones pueden hacer de manera sostenida. Aún hoy, Chillán no cuenta con espacios apropiados para desarrollar una actividad cultural de excelencia e incluso, los recursos asignados para la creación de un centro para este fin, en el marco de un programa bicentenario de carácter nacional impulsado por la presidencia de la república, están siendo considerados no para la construcción de una nueva infraestructura, sino para el reacondicionamiento del hoy insuficiente Teatro Municipal que a duras penas salva el honor. Este es un debate al que debe seguírsele prestando atención

La pregunta que entonces cabe hacerse es ¿qué se pretendía con aquella postulación que nació perdida?

¿La puesta en valor de espacios típicos que llenan de orgullo a los chillanejos como la feria o el mercado? ¿La posibilidad de ganar recursos para implementar la infraestructura y acondicionamientos para llegar a ser Capital Cultural, cumpliendo así con aquellos requisitos luego de otorgado el título (algo así como los que hacen los países cuando se adjudican la sede del campeonato mundial de futbol de la ocasión)? ¿“Una voluntad de ser”, como diría Gabriela Mistral; instalar una idea fuerza; llamar la atención a los coterráneos sobre el potencial, pese a saber perdida la causa en lo inmediato?

Es posible. Todas ellas…

Más allá de los verdaderos motivos para aquella “contienda tan desigual”, como señalaría otro vecino ilustre, lo cierto es que Chillán y la provincia en general (hacia el mar y la cordillera) poseen elementos propios, patrimoniales, idiosincrásicos, tradicionales y naturales de sobra para ser un hito y referente cultural a nivel nacional, y mundial, incluso. Posee también los personajes icónicos, tanto desde la cultura como de la historia para tal efecto. En tal sentido, el pelearle a Valparaíso (en tan inoportuno instante, además) la “capital cultural” de la nación nos parece en perspectiva algo positivo. Pero hoy, cuando los recursos y condiciones (fondos concursables, donaciones, posicionamiento de lo cultural como un bien noble y económicamente rentable) existen, hay que transformarlo en una realidad.

Esta es una construcción que se realiza día a día, y en donde, a fin de cuentas, no se compite en verdad con nadie. El éxito depende solo de si el trabajo puesto en esto tiene en definitiva su equivalencia con aquella ambiciosa “voluntad de ser”.

El sueño, al menos, ya se ha hecho explícito. Cabe ahora esperar si los actores llamados a concretarlo (que somos todos) estamos dispuestos a trabajar por hacerlo realidad.