miércoles, 30 de septiembre de 2009

Observaciones sobre la Obra “Fruto Tardío” de Jorge Días


“El autor conoce dos estaciones: su presente y su niñez. Ambas estaciones están unidas por el tren de la memoria. Pero son las cosas sencillas y cotidianas (una plancha a carbón, una maleta) el motivo que lo vislumbra en el andén con su boleto de cliente frecuente en la mano”.

Por
José Luis Guajardo Valencia
Poeta.


Un buen título lo figuro representativo, decidor: es una flecha que envuelve en su viaje la elasticidad del arco y el vigor muscular del arquero. Un buen título no es una mera inscripción en el tiempo: es, o debiera ser, el rostro del alma que trasunta una obra. Fruto Tardío del poeta Jorge Días (Jorge Díaz Farías) es un trabajo cuya portada abre la puerta a una casa con múltiples habitaciones: el tiempo-tren, la infancia, etc. Dos son los pasillos que conectan los dormitorios: el humor directo e irónico y la nostalgia de trocha angosta pero larga.

Fruto Tardío se subdivide en tres capítulos que gozan de autonomía no obstante estar unidos por una sola voz. En Oasis (primer capítulo), el poeta retoma nociones populares para trastocar y desvirtuar irónicamente su significado; pero Días no se limita al simple y llano humor, detrás de cada enunciado él expresa su visión crítica de la realidad, su desesperanza, sus soluciones disparatadas. Podemos decir que, a diferencia del “humor serio” de Parra, el autor nos ofrece un humor sencillo, directo: “en lenguaje de a pie”.

En Luciérnaga (segundo capítulo), se conserva en algunos escritos lo hilarante, pero en lo grueso el poeta se sumerge en la nostalgia de ser testigo consciente de su vitalidad: se denota entre líneas cierto cansancio, una especie de rendición. En el poema Pertenencia nos dice: Soy dueño/ de una enorme soledad. De aquellas/ que nos siguen/ como perro fiel/ hasta el fin/ de nuestra historia./ De aquellas/ que después/ se tienden a dormir/un sueño liviano/ ante las puertas/ de la muerte. Como salida a un presente sin sentido, oscuro y despoblado, el autor abre las puertas del jardín de su niñez: ambiente mágico, país de maravillas, que invita a re-buscar-se en los cajones sensibles de la memoria. Escribe en el poema Regresos: Viajo a mis primeros años/ y encuentro/ al caballito de la infancia/ en las piernas de mi padre…/ Y en sus brazos/ la torre poderosa/ que me acercaba al cielo. Ambos poemas citados tienden a resumir el péndulo poético de Luciérnaga.

De Trenes y Duendes (tercer y último capítulo) el autor toma el animal poético del tren teillieriano sin caer en el larismo. Para Días el tren representa un tiempo reversible en la memoria. De esta manera, el poeta de Rengo legitima su infancia como presente mágico, como un universo de duendes y fantasmas.

El autor conoce dos estaciones: su presente y su niñez. Ambas estaciones están unidas por el tren de la memoria, un tren que transita por el túnel del tiempo. Pero son las cosas sencillas y cotidianas (una plancha a carbón, una maleta) el motivo que lo vislumbra en el andén con su boleto de cliente frecuente en la mano.

En último término, a modo de postrero vagón, saluda a la muerte con el pañuelo blanco de la infancia que prefiere elegir: Quedará en mi vejez/ la humareda de un tren que se aproxima/ y las huellas/ de un duende de ojos asombrados/ que viaja en el último vagón.

Podríamos decir que los puntos cardinales del poeta en Fruto Tardío son tres: el humor, la nostalgia y la infancia en las formas que se ha descrito más arriba.

La portada de Fruto Tardío muestra una hoja otoñal, símbolo que materializa el trasfondo poético de la obra, la sensibilidad nostálgica y añosa del escritor. Fruto Tardío es también una invitación, sí, una invitación, porque la consciencia de lo inexorable es la llave maestra para la vida: para una vida que ante lo adverso se nos hace fiesta, una fiesta sobre una mesa siempre nueva, que se abraza con el licor sonriente de sus copas.

Hoy, en días en que la poesía es poesía sólo para poetas, Jorge Días le envía una carta a la gente de a pie.

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Aquí reposan los poemas
Que a pesar
De respiraciones boca a boca
Y masajes al corazón
No sobrevivieron a la crítica.

El poeta
No logra resignarse
Con tanta muerte prematura
Y de vez en cuando
Comete sacrilegio.

*De “Fruto Tardío”, Jorge Días.