miércoles, 30 de septiembre de 2009

TV: Cínico y honesto


“Doctor House ofrece la posibilidad única de demostrar que los perdedores también pueden ser interesantes, que la soledad para muchos es una opción. Que hay que tener valentía para ser honestos, que el cinismo es una virtud, que ser desagradable en realidad es un ejercicio de sanidad mental.”

Por Juan Pablo Vásquez

Que una fuente de inspiración importante para sus creadores fue el célebre Sherlock Holmes, que, básicamente, su éxito radica en el bastón, o que su tremenda capacidad intelectual viene de una forma leve de autismo; son varios los mitos que rondan en torno a Dr. House ¿Serán las causas más importantes que los efectos? Es difícil decirlo.

No quiero referirme aquí a elementos televisivos o literarios técnicos. Poco me importan y, también, poco sé de ellos. Podríamos estar mucho rato enumerando virtudes de la serie: que su guión, que la bisexualidad de “trece” (Doctora miembro del equipo médico del Departamento de Diagnóstico dirigido por Gregory House, seleccionada en la cuarta temporada, interpretada por Olivia Wilde), que sus imágenes, que las actuaciones, que el increíble e inigualable trasero de la Dra. Cudy (Decana de Medicina y encargada del Princeton-Plainsboro Hospital, jefa directa de Gregory House e interpretada por Lisa Edelstein), que el absurdo, la ironía, la terminología médica, etc. Pero... el verdadero gran acierto radica en otra cosa: me sorprende la capacidad de transformar en ganador a un total perdedor.

Dr. House entrega la hermosa posibilidad de que un miserable puede ser interesante. De que un tipo sombrío y oscuro puede también, en cierta forma, ser exitoso. Transforma a un hombre carente de afectos en el más necesitado que, utilizando sus propios fantasmas, odios y temores salva vidas que a él en nada le interesan.

El hombre aquí en cuestión no siente miedo en reconocer su soledad y el gusto por ella, no se asusta al ver su casa vacía, al ver su vida llena por sus manías, placeres y demonios. Este doctor nos alienta a mandar al carajo, sin vergüenza alguna, esa idea, casi instalada como axioma, de que no socializar responde a inseguridad y cobardía. Con orgullo entendemos que la opción de amistarse con nosotros mismos es producto de la fortaleza de no caer víctimas de la presión social.

Mirar de frente a la soledad y enfrentarla nos permite conocernos más, nos permite estar con nosotros, interactuar con nuestros fantasmas y demonios. Por eso la mayoría cobarde huye, pues se tienen miedo, no quieren estar consigo, se odian, no se aguantan, no se caen bien. Y construyen un estereotipo sobre quienes, de tanto enfrentar a la maldita soledad, la terminamos aprendiendo de memoria, enamorándonos de ella, pasando el rato tal como lo queremos, sin tener que aguantar a invasores en nuestra vida.

Doctor House es un perdedor a tiempo completo, de mal aspecto, con deudas, dueño de un auto viejo, pasado de los cuarenta y sin hijos, con solo un amigo, separado, testigo de como su esposa volvió a casarse, viviendo lejos de los padres, huyendo de la gente, siendo dueño de un enorme talento musical interpretativo que desarrolla con sus dos guitarras y su piano, pero que nadie escucha… que nadie puede compartir con él.

Es un tipo extremadamente deprimente y, sin embargo, genera un magnetismo difícil de entender y burlar. Nos dice que es tiempo de los perdedores con estilo, de los cínicos sinceros. Es momento de asumir el inevitable egoísmo del ser humano, de reconocer que el amor es una mezcla de conveniencia, necesidad, costumbre, búsqueda de llenar vacíos y carencias de épocas pasadas.

Es tiempo de ver lo que somos, que mentimos todo el tiempo, que, si pudiéramos, engañaríamos a nuestras parejas, pero el miedo a perder la cómoda vida que llevamos nos hace evitarlo. Que quienes se casaron están arrepentidos de haberlo hecho, que la mitad de nosotros hace lo que no le gusta, que quería otra cosa para si. Que la vida se nos fue dando como el efecto mariposa, como un dominó que no para.

¿No es así? ¿No es usted un hipócrita? ¿No dejaría a su esposa y su familia si le ofrecieran una mejor vida? ¿No le tiene miedo, acaso, al placer? ¿No evita las drogas que lo hacen viajar, pero a diario se da un cocktail de pastillas que lo meten más en este mundo, que lo hacen trabajar más, rendir más, sonreír más, tener más estrés?

¿Cuántas cosas haría si de verdad tuviera el valor de hacerlo? ¿Cuántas cosas no dejaría si efectivamente tuviera la valentía para aquello? ¿Cuántas verdades no diría si realmente no tuviera miedo de abrir la boca? ¿Le contó a su esposa lo mucho que le calienta su amiga? ¿Le dijo a su hija que, cuantas veces puede, le mira las piernas a sus compañeras del colegio? ¿Le explicó a su familia lo mucho que le gusta la hija del vecino? ¿Le confesó a su esposo que la vida que llevan no es en nada parecido a lo que usted se imaginaba antes de casarse?

¿Lleva contadas las veces que se ha encontrado preguntándose a si mismo por qué mierda no dejó a su mujer la última vez que tuvo la oportunidad de hacerlo?

¿Es capaz de reconocer en voz alta que su marido se transformó en algo que usted detesta, que hace mucho que no la excita y que teme que su mediocridad la termine contagiando?

¿No le gustaría a usted ser ese perdedor cínico, infantil, solitario, oscuro, deprimente, pero distinto al resto, radicalmente honesto y sin la presión de ser agradable a quién no se lo merece?

Doctor House ofrece la posibilidad única de demostrar que los perdedores también pueden ser interesantes, que la soledad para muchos es una opción. Que hay que tener valentía para ser honestos, que el cinismo es una virtud, que ser desagradable en realidad es un ejercicio de sanidad mental. Que la normalidad es un asco, que la simpatía y las buenas costumbres son cosas que inventaron los inteligentes para aprovecharse de los más tontos y no perder su lugar cúspide en el mundo. Que todos mienten, tu mamá, tu papá, tu hermana, tu sacerdote, tu abuela. Todos se aprovechan del que es un poco más débil. Todos desean al que es un poco más joven.

House sacó a los perdedores de un lugar de compasión y los llevó a otra dimensión. Los ubicó en una posición donde la mayoría los puede ver y reírse de ellos. Donde la mayoría les puede ofrecer ayuda, les puede invitar a sus fiestas y reuniones familiares, donde la mayoría les pide su messenger y les da su teléfono. Donde todos pueden mirarlos e inventar estrategias para que no se sientan tan solos y fingir compasión, fingir que les apena y que les preocupa, cuando secretamente lo que sienten es envidia, cuando desde lo más profundo cambiarían toda su “ganadora”, normal y estúpida vida en colores, por solo un momento de aquella cínica, solitaria, honesta, deprimente, grosera, nada amable, adicta, arrogante, pero brillante e increíblemente interesante perdedora vida color sepia y con acordes de saxofón.
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Fotografías reproducidas bajo licencia Creative Commons