sábado, 11 de abril de 2009

Una Síntesis Cultural e Histórica para Aproximarse al Sitio Pangal 1


Por Mauricio Lorca[1]
Fotografías: Agrupación Konna Kuyen

El sitio de arte rupestre Pangal 1 se encuentra en la comuna de Machalí, provincia de Cachapoal, VI Región de O’Higgins. Está en la parte alta del río del mismo nombre, en la cordillera de Los Andes, a una altura promedio de 1.435m snm. El río Pangal es afluente del Cachapoal, una de las principales fuentes hídricas de la región. En esta cuenca hallamos dos unidades de relieve: la cordillera de los Andes, que en la zona es baja (altura promedio 4.000 metros) y la Depresión Intermedia, delimitada al norte por la Angostura de Paine y al sur por la Angostura de Pelequén. Las alturas de esta parte de la depresión intermedia no superan los 300 metros (Microsoft® Encarta® 2007)[2].

Creemos que una síntesis de las poblaciones que poblaron la cuenca del Cachapoal aporta valiosos antecedentes para conjeturar sobre las poblaciones que pudieron grabar sobre la piedra las figuras que se agrupan bajo el nombre de Pangal 1.

LAS CULTURAS PREHISPÁNICAS LOCALES

Pangal 1 pertenece al área arqueológica de Chile Central. Dentro de la historia cultural prehispánica de esta zona se identifican los períodos culturales conocidos como Paleoindio, Arcaico (dividido en Temprano, Medio y Tardío) y Agroalfarero, (también subdividido en Temprano, Intermedio Tardío y Tardío). En un marco global cada una de estas etapas presenta características particulares dentro de una secuencia cultural.

El período Paleoindio comienza hace unos 13000 años, cuando el cambio climático hace del Pleistoceno se pase a Holoceno. Transformación geológica que permite a poblaciones asiáticas cruzar el Estrecho de Bering rumbo al continente americano. Estos primeros pobladores subsistían de la caza y recolección de flora y fauna actualmente extinta, tales como milodón (Mylodon darwini), mastodonte (Stegomastodon sp.), caballo americano (Equus (A.) spp. e Hippidion spp.) y paleolama (Palaeolama sp.).

Dentro de la limitada evidencia arqueológica de este período a nivel nacional, el sitio de Tagua-Tagua, ubicado en tierras lagunares[3], fue uno de los primeros en que se constató evidencia paleoindia en el país, fechada cerca del 9000 a.C. (Núñez 1989)[4]. Antiguamente el lugar correspondió a un ambiente lacustre que reunió a grandes herbívoros, ahí fueron cazados y faenados. In situ fueron hallados cuchillos, raspadores, retocadores de hueso, desechos y evidencia de desarticulación de animales (Casamiquela 1967)[5]. Efectivamente el patrón de asentamiento característico a las poblaciones de este período es circumlacustre. Importante es destacar el registro de materias primas de origen cordillerano, que suponen el desplazamiento de estos grupos por el valle central y la zona cordillerana del área (Cáceres et al. 1990)[6].

Con la extinción de la megafauna se da un cambio en las estrategias adaptativas de los cazadores-recolectores de aquel tiempo, éstos se concentraron en la obtención de especies más pequeñas, como las actuales. Esta etapa, que comenzaría hacia el 8650-50 a.C., recibe el nombre de Arcaico. A lo largo de este período los grupos humanos desplegaron una estrategia de subsistencia de caza y recolección, desarrollando cambios y adaptaciones tecnológicas y cognitivas que lentamente les llevó a ocupar los diferentes ambientes y recursos disponibles.

Para esta etapa hay mayor evidencia arqueológica en Chile central. Ésta se encuentra, en una ocupación larga con distintas fases, desde ambientes cordilleranos (El Manzano y Piuquenes) hasta costeros (LEP-C y Curaumilla) (Cornejo et al. 1998)[7]. Para el Arcaico Temprano (8650-6050 a.C.), en el valle del Cachapoal encontramos el sitio de Cuchipuy, también ubicado en la ex laguna de Tagua-Tagua, con entierros arcaicos fechados en el 6000 a.C. Las evidencias halladas en este sitio sugieren una alta especialización en la caza de, por ejemplo, guanacos, coipos, ranas y aves (Kaltwasser et al. 1980)[8].

Durante este período los grupos humanos seguirían con la movilidad cordillera-valle, como lo confirman la reciente detección de sitios cordilleranos en Pangal y Las Leñas (Cornejo com. pers.). Tampoco se descarta la posibilidad de ocupaciones costeras (Cáceres et al. 1990).

Para el Arcaico Medio (6050-3050 a.C.) el número de evidencias se acrecienta. A él corresponde el segundo nivel del sitio Tagua-Tagua y el segundo y tercer nivel del sitio Cuchipuy. Durante este período se agrega a la caza, como estrategia de subsistencia, la recolección especializada y el acceso a recursos marinos.

El sitio Santa Inés es el único que corresponde al Arcaico Tardío (3050-50 a.C.), también localizado en la ex laguna de Tagua-Tagua. Las poblaciones de este período terminan por afianzar una economía multiecológica con el acceso a los recursos marinos y la consolidación de la ocupación regular del ambiente precordillerano y cordillerano (Cáceres et al. 1990).

Hacia comienzos de nuestra era se inicia el Período Agroalfarero Temprano (50 a.C.- 800 a.C.), etapa que en la provincia del Cachapoal tiene un amplio repertorio de yacimientos arqueológicos. En términos generales, la economía de los grupos de este período tiende a hacerse cada vez más dependiente de la producción de alimentos vegetales y animales, desarrollándose la domesticación y la sedentarización. También se inicia la producción cerámica, que además de cumplir una función ligada a la contención, preparación y consumo de alimentos, constituye un soporte donde plasmar, a través de su decoración, contenidos e identidades culturales. De hecho la definición de este período se fundamenta en criterios más tecnológicos y estilísticos que cronológicos (Cáceres et al. 1990).

En este período los grupos serían unidades familiares relativamente pequeñas con cierto grado de integración regional y valluna, lo que permite pensar en una identidad compartida, que arqueológicamente se manifestaría en una ergología común. Aparecen cambios materiales y en los patrones de asentamiento. Se consolida la estrategia económica complementaria y multiecológica, con asentamientos en el valle relacionados a incipientes prácticas hortícolas, y otros semipermanentes aunque regulares en los ambientes más altos, que se asocian a la caza y recolección estacional (Cáceres et al. 1990). La ocupación de contextos precordilleranos y cordilleranos está documentada, respectivamente, en la Hacienda de Cauquenes (Santana 1984)[9] y en Pangal (Vera 1981 y 1982; Falabella et al. 2006)[10].

El período Agroalfarero Temprano en la zona está representado por dos complejos tecnológicos: Bato y Llolleo. Éste utiliza una decoración modelada para su cerámica monocroma, mientras pinta otras con rojo y/o hierro oligisto, generando algunas formas asimétricas como el jarro pato. Su concentración está más en las tierras interiores que en la costa. Estos grupos poseían cementerios con entierros en urnas y uno de sus elementos más característicos son las pipas de cerámica.

La tradición Bato, por su parte, se caracteriza por una cerámica monocroma, decorada mediante ‘inciso lineal punteado’ y mamelones. Sus sitios se encuentran más en la costa que al interior, con entierros individuales en sectores habitacionales, su ajuar destaca por la presencia de tembetás y orejeras, entre otras cosas.

Recientes estudios han detectado una significativa presencia de sitios agroalfareros tempranos en el valle de Rancagua. Éstos se concentran en torno a los principales recursos de la cuenca, particularmente el río Cachapoal y el estero Cadena (Sanhueza et al. 2007)[11]. Además se ha confirmado que frente a una marcada presencia de Llolleo, no parece haber evidencias Bato, pero sí de otros grupos con características propias (ibíd.).

Estos sitios vienen a completar información anteriormente obtenida en conocidos e importantes sitios Llolleo situados en la ribera norte del curso medio del Cachapoal. Entre ellos: Punta Cortez-1 registrado por Santana en 1984 y fechado en 270±125 d.C. (Falabella y Stehberg 1989)[12] y La Granja, sitio que cubre una superficie de 2 km2 de una rinconada próxima al curso del río (Planella et al. 1997)[13].

Este último sitio posee gran relevancia. Primero, arqueológica, La Granja es el sitio monocomponente Llolleo más grande conocido, conjugándose en él ámbitos cotidianos y rituales en una enorme cantidad de fragmentos decorados de vasijas y pipas cerámicas. Y, segundo, histórica, como zona estratégica durante la conquista hispana por la confluencia de diferentes tramos del Camino Real de Malloa y la ubicación del tambo de Andaloe (Planella et al. 1997; Planella 1988)[14].

Hacia más o menos el año 800 d.C. comienza el Intermedio Tardío, etapa que se extiende hasta la llegada inca en 1470. Es un período definido de forma estilística. Se le considera una proyección tardía del Complejo Cultural Aconcagua que, en la zona, habría ocupado intensamente el sector de Angostura de Paine hacia el 1.030 d.C. (Planella y Stehberg 1997)[15]. Este complejo cultural cuenta con una gran diversidad de tipos de sitio (habitacionales, cementerios de túmulos, arte rupestre), tanto al interior como en la costa. Su cerámica característica se conoce como ‘aconcagua salmón’ por la tonalidad de su pasta; su superficie puede ser decorada con signos geométricos (trinacrio) mediante pintura negra, roja o blanca. Sin embargo, se debe acotar que en la zona de interés no existe presencia de cerámica anaranjada asociada al trinacrio ni tampoco cementerios de túmulos.

La distribución del asentamiento para este período es similar al anterior, al costado de los ríos en pequeños conjuntos residenciales permanentes de economía hortícola centrada en el maíz y el poroto. Producción que fue complementada con la caza y recolección en ambientes más altos y la caza de aves y pesca en ríos. Es decir, se explotaban los recursos del valle, cordillera y costa, seguramente a través de ocupaciones dispersas y temporales las últimas y asentamientos permanentes en el valle (Cáceres et al. 1990). Es decir, son grupos aldeanos organizados de forma compleja, seguramente por jefaturas regidas por parentesco, para una mejor explotación y control de los recursos del medioambiente.

1. LA LLEGADA DEL INCA

Por el año 1400 comienzan a avanzar por el actual Chile las huestes del Imperio Inca (González 2000)[16], inaugurando la última etapa prehispánica: el período Tardío. Esta expansión habría obedecido a la búsqueda de nuevos recursos, especialmente mineros, ella implicó cambios económicos y sociales para los grupos vernáculos. Para los de nuestra área de interés, se traducen en la presencia de metalurgia, el desarrollo de una ganadería incipiente y, probablemente, en la necesidad de una mayor producción agrícola para alimentar a las poblaciones trasladadas (Cáceres et al. 1990).

Al parecer, al momento de su mayor expansión, la frontera sur del Imperio Inca fue el río Maule o, más bien, el Inca habría alcanzado el Maule sin que eso necesariamente signifique que desde ahí al norte haya consolidado su dominio. La cuestión es que, desde ese punto, habría paulatinamente retrocedido, hasta situar en la etapa más tardía de su dominio el límite del Collasuyu en el río Maipo. Para Téllez (1990)[17] la parte meridional del Imperio, justo antes del arribo español, estaba dividida en tres zonas: la primera y de mayor importancia fue la de Aconcagua, luego la de Mapocho y una tercera, desde la orilla meridional del río Mapocho hasta el río Maipo. De ahí al sur, el territorio habría sido recuperado por los grupos locales a partir de la batalla del Maule (Silva 1983)[18], hecho que habría contenido el avance inca, aproximadamente hacia el año 1485.
Para Téllez (1991)[19] los territorios ubicados desde más o menos el sur del río Maipo hasta quizás el Maule, habrían correspondido antes de la llegada inca a poblaciones agrupadas bajo el nombre de picones. Durante la guerra de conquista del inca y antes de que la frontera fuera establecida en el río Maipo, los grupos independientes ubicados en la margen sur de ese río fueron llamados, por su indocilidad, promaucaes. Es decir, ambos grupos, picones y promaucaes, presentarían elementos étnicos, culturales, sociales y políticos que les emparentaban[20], permitiéndoles rapidez en la concertación de contubernios militares puntuales contra el invasor externo, primero el inca, después el europeo. Si bien aunque tenían fuertes lazos que les emparentaban, tampoco respondían a una unidad homogénea, pues en su interior presentaban contrastes y diferencias locales.

De esta forma el apelativo promaucae provendría de la oposición dada al inca por las entidades étnicas ubicadas al sur de Angostura de Paine. El etnónimo sería la deformación hispana de pururnaucas, contracción de puruma (salvaje) y auca (enemigo, rebelde) (Téllez 1990). Es decir, los hispanos tomaron las clasificaciones étnicas incaicas para categorizar a los grupos que iban encontrando y enfrentando, de ahí la dificultad para discernir los límites y características sociales y culturales de un grupo u otro. Por eso es que en términos generales el territorio promaucae se fija desde la Angostura de Paine hasta el río Maule; más allá se habrían encontrado los maules, cauquenes, etc., para luego, a partir del río Itata, dar paso a los araucanos (Vivar 1558)[21].

El término promaucae, por ende, no responde a una clasificación étnica, sino política, concebida por el inca de forma etnocéntrica para catalogar a las poblaciones que se le oponían. De un lado estaban los grupos que pasaban a formar parte de la confederación del Tawantinsuyu, por tanto, de la civilización; del otro, los bárbaros no sometidos.

La cuestión es que, durante el lapso de tiempo en que el Imperio Inca intentó extender su frontera más al sur, dejó rastro de su paso. Por eso en el Cachapoal se encuentran importantes vestigios de él; por ejemplo, parte de las estructuras del sitio cerro Grande de La Compañía, en Codegua (Planella et al. 1992 y 1993)[22] o los sitios funerarios de Cerro Tren-Tren, en la localidad de Doñihue (Stheberg y Rodríguez 1989)[23] y de Rengo (Cáceres et al. 1991)[24].

En síntesis, la cuenca del Cachapoal muestra una ininterrumpida presencia de grupos culturales que van desde el período Paleoindio hasta la ocupación inca previa a la invasión hispana. Estos son intensamente representados por grupos ‘tempranos’ presentes hasta tiempos bastante tardíos. Y por la presencia de grupos culturales locales durante el Intermedio Tardío (Sánchez y Pavlovic 2003)[25].

2. LOS CONQUISTADORES ESPAÑOLES

Entendemos por protohistoria al período de contacto entre las poblaciones precolombinas y los conquistadores españoles. De ese momento existen fuentes documentales y orales que posibilitan una aproximación más certera a aspectos cotidianos de la vida de las poblaciones locales antes de la conquista y posterior colonia de sus territorios.

Al parecer, a la llegada española a la zona central de Chile en 1536, el Imperio Inca trataba más bien de contener su frontera austral en el río Maipo, más que avanzar. Los territorios ubicados inmediatamente al sur de este punto pertenecían de los indios aglutinados bajo el término promaucae.

Pedro de Valdivia, nombrado teniente gobernador de Chile por Francisco Pizarro, llegó junto a sus hombres al valle del Mapocho en 1541 decidido a quedarse. Para enfrentar al nuevo invasor en su afán de control de tierras y el sometimiento de sus poblaciones, las diferentes unidades étnicas reformularon su organización política y social. Pasaron de pequeñas unidades emparentadas étnica y socioculturalmente, a un sistema confederado amplio liderado por autoridades militares, los lonkos. De esta forma se llevaron a cabo esfuerzos militares en los que participaron desde los diaguitas del Norte Chico hasta los promaucaes maulinos (León 1985)[26]. La estrategia militar implementada consistió básicamente en la concentración de combatientes en puntos de altura estratégicos bien resguardados. Fue la guerra fortificada o de pukaras (1540-41 a 1545) (León 1991)[27].

Sin embargo, como consecuencia de los reveses en el campo de batalla, las réplicas que los españoles emprendían contra la totalidad de la sociedad indígena en castigo a su rebeldía y la baja de la producción alimentaria por la paralización del trabajo extractivo, esa unidad interétnica fue desquebrajándose y las sociedades locales mermando por el conflicto y la diáspora a los territorios libres del sur. La unidad y cohesión fue coyuntural, los territorios situados al sur del río Maipo fueron hacia 1545 definitivamente sometidos, el escenario militar a partir de ese momento se limitó a la resistencia en territorio promaucae. Esa lucha se prolongó con diferente intensidad por más o menos 20 años, desde 1541 con el asalto y quema de Santiago, hasta 1557, año de muerte del caudillo Lautaro (León 1991).

De especial importancia, en términos diacrónicos, fue el movimiento de contingentes indígenas que huyendo del escenario de guerra se dirigieron al sur, más allá del Maule o el Itata, pero también, circunstancialmente, a zonas marginales como la cordillerana. Eso les permitió sobrevivir, pero también fue el germen de conflictos de lo que sería la sociedad indígena colonial[28]. En suma, en el momento en que los españoles luchaban por la expansión de su dominio y los naturales por su libertad, la sociedad indígena se fue desarticulando y sus tierras despoblando.

Una vez medianamente asentados, los hispanos quisieron aprovechar los recursos de los nuevos territorios con la puesta en marcha de un sistema de encomienda que les permitiese explotar lavaderos de oro, minas de cobre, explotaciones agrícolas y ganaderas. Para ello procuraron lograr la cooperación y/o cooptación, dentro de los marcos de la institucionalidad hispana, de las autoridades vernáculas o bien legitimaron la superposición de nuevas autoridades sobre las antiguas, especialmente sobre las que se habían expatriado en el sur. También inyectaron fuerza de trabajo a través del traslado de poblaciones.

O sea, la sociedad y la propiedad indígena fueron reordenadas por los españoles con el fin de acceder a la tierra y a la fuerza de trabajo local. El resultado fue la desarticulación y/o reemplazo de los mecanismos tradicionales de autoridad, la acefalia política, la aparición de jefaturas duales, el desmembramiento de algunas parcialidades y la aparición de otras. En breve, la sociedad indígena se dividió y debilitó, aún más cuando enfrentaron el trabajo y traslado forzado. La sociedad indígena hacia 1550 estaba alienada y su estructura prácticamente colapsada (León 1991).

El último intento para revertir esa situación fue la fugaz aparición, en 1555-1556, de un ejército de promaucaes y araucanos comandados por Lautaro. Esa posibilidad, sin embargo, se esfumó luego de lograr algunos triunfos militares. Lautaro fue sorprendido y muerto junto al río Mataquito, en 1557.

A partir de ese momento, el dominio español se consolidó sin contrapeso hasta el río Itata. Pasaron, por ende, a ser amos y señores de toda la cuenca del Cachapoal. Como se sabe, el dominio inca se llevó a cabo en términos bastante horizontales, las deidades y autoridades locales, si se sometían, eran mantenidas y pasaban a formar parte, las primeras, al pantheon cuzqueño y, las segundas, al aparato organizacional y administrativo del Imperio. El dominio español no tuvo esas características: las poblaciones locales eran subyugadas por la fuerza ignorándose sus especificidades. La consolidación del dominio hispano significó entonces la aceleración de las mutaciones que los indígenas comenzaron a enfrentar a poco de la llegada íbera.

Por ejemplo, el patrón de asentamiento se transformó rápidamente, no obstante haberse mantenido estable desde el período Agroalfarero Temprano. En el Cachapoal las poblaciones se ubicaron de preferencia en los faldeos de la cordillera de la costa en un eje norte-sur y en las primeras estribaciones de la cordillera de los Andes, en un eje oriente-poniente que seguía los valles de las cuencas hidrográficas, en ambos casos siempre cercanos a aguas de regadío. Allí se ubicaban, dispersos, pequeños grupos de viviendas que albergaban a una parcialidad[29] que desarrollaba sus actividades económicas en un espectro territorial amplio. El sector donde se ubicaban las viviendas correspondía al asiento; el territorio económico, a sus tierras (Planella et al. 1990)[30].

Hasta la primera década del siglo XVII se habrían reconocido en el Cachapoal tres unidades socio-territoriales o parcialidades claramente individualizadas por el resto de sus pares: las de Llobcaben, Andaloe y Rencagua. El nombre con el que eran conocidos estos territorios amplios frecuentemente coincidía con el de su señor o cacique (Planella 1988).

Ese formato de ocupación comenzó a transformarse una vez iniciada la secuencia de entrega de mercedes de tierra, y concomitantemente de aguas de riego, a los conquistadores. Así, redistribuyendo las tierras también se modificó el sistema social y económico indígena. De esta forma los asentamientos propiamente indígenas del siglo XVI, dieron paso desde inicios del siglo XVII a pueblos indígenas de factura hispana, ideados con el objeto de concentrar, disciplinar y luego especializar la mano de obra local. Estas entidades continuaron debilitándose estructuralmente al ir perdiendo población por pandemias (sobre todo alrededor del año 1590) o al traslado de parte de sus habitantes a otros núcleos extractivos (Planella et al. 1990).

De las actividades económicas de los indígenas destacó la siembra y cultivo sostenido por un sistema de regadío mediante acequias anteriores al dominio hispano. Su buen estado era responsabilidad de cada parcialidad. Con el español mejoró su infraestructura y, ante eventuales daños, la rapidez de su arreglo. Luego de algunas décadas la actividad económica se diversificó gracias a los cultivos introducidos y al procesamiento del trigo y la vid. También se adoptó la cría de ganado bovino y porcino. Es muy posible que en esta época el control del sector cordillerano se haya consolidado como potreros (Planella 1988).

Hacia la primera década del siglo XVII, la escasez de población en la zona era manifiesta, cuestión que se intentó corregir con el traslado de indígenas de otras partes: beliches, huarpes, indios de Aculeo y de Llopeo: todos se sumaron a la escasa población local (Planella 1988). Para el español, el indígena, perteneciera a la entidad étnica que fuera, era simplemente fuerza de trabajo. Simplemente era un ‘indio’, categoría que simplificaba, homogeneizando, las diferencias existentes al interior del universo poblacional vernáculo.

Durante el siglo XVII, las nuevas necesidades económicas impusieron la implementación de nuevas formas de radicación de la mano de obra indígena al interior de las propiedades rurales productivas. Se inauguran los ‘asientos de trabajo’, o sea, el contrato entre dos partes donde una se compromete a trabajarle a la otra de su ‘libre voluntad’ a cambio de una remuneración en ropa, servicio y/o dinero, generalmente por el plazo de un año. Así, con el paso de los indígenas de los pueblos de indios a las haciendas, se inicia el tránsito de indio a peón. Socioeconómicamente, el indio comienza a protoproletarizarse, laboralmente, a especializarse (Castro 1990)[31].

Así, bajo un concepto de maximización, tanto del número de trabajadores como de la intensidad en el proceso de trabajo impuesto durante el siglo XVI, se concretó el sistema de trabajo colonial. La implementación de ese trabajo-masa significó el cuasi exterminio de la población laboral indígena que ya, hacia el siglo XVII, comenzó a fundirse con los mestizos y colonos pobres para conformar las bases del bajo pueblo (Salazar 1985)[32].

CONCLUSIONES

Es imposible lograr una adscripción cronológico-cultural certera para cualquier sitio de arte rupestre, particularmente para petroglifos. Sin embargo, de la información aquí presentada, podemos sacar algunas directrices que sirvan de ayuda para conjeturar acerca del momento en que fueron realizados los dibujos sobre las piedras agrupados bajo el nombre de Pangal 1.

Primero, sobre las poblaciones prehistóricas del área. El sitio Paleoindio de Tagua-Tagua registra materias primas provenientes de la cordillera, es decir, sus poblaciones se habrían desplazado por el valle y esta última. Esa movilidad y presencia se acrecentó durante el período Arcaico.

A partir del Agroalfarero Temprano los grupos humanos comienzan a manejar todos los ámbitos ecológicos del área. Sus asentamientos se concentran preferentemente en las primeras ramificaciones cordilleranas de las cuencas hidrográficas y en los faldeos de la cordillera de la Costa. Las poblaciones del Intermedio Tardío contarían con un sistema territorial de control y manejo de los recursos del medio cordillerano, ocupándolo de forma dispersa. A este momento correspondería Pangal 2, sitio de uso transitorio al que pertenece una pala de madera de probable función agrícola, fechada 1270 d.C. (Vera 1981) y los hallazgos efectuados en los ‘escondrijos’ ubicados alrededor del sitio (Falabella et al. 2006). Pangal 2 presenta evidencias materiales heterogéneas, lo que significa que fue ocupado en diferentes momentos por poblaciones que seguramente lo utilizaron para desarrollar actividades como la caza, la recolección, la minería, el pastoreo estacional y/o realizar cultivos de temporada.

Segundo, teniendo en cuenta que el valle del Cachapoal habría estado poblado por una fracción del pueblo mapuche (los picones y/o picunche) y que, por la segunda mitad del siglo XV, hace aparición en la zona el Imperio Inca en términos tanto militares como ideológicos. Se concluye que dentro del sistema cosmológico y de creencias de los indígenas locales, las montañas poseían una especial significación, fuera por su morfología, su elevada altitud o lo estratégico de su emplazamiento. Pangal 1 está enmarcado por tres altas cumbres: el cerro Manantiales (3510 m), el cerro Agujas de Caracoles (2400 m) y el Socavones (2609 m).

Tercero, durante el conflicto de gran escala que significó la guerra contra los españoles y los trastornos que éste provocó a la sociedad indígena, hubo contingentes de población vernácula que huyeron a zonas periféricas como la cordillera. A partir de la consolidación del dominio español sobre la población de la zona, los pastizales cordilleranos fueron usados como potreros para caballares. A partir de ese momento la ocupación de la cordillera del Cachapoal ha sido ininterrumpida, intensificándose con el tiempo la explotación de sus recursos (minerales, hídricos, etc.).
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[1] Antropólogo, Magíster en Etnohistoria, Magíster en Desarrollo.
[2] Microsoft® Encarta® 2007 [DVD]. “Cachapoal (provincia)” Microsoft Corporation, 2006.
[3] Las aguas de la laguna Tagua-Tagua fueron drenadas entre 1830 y 1840 para fines agrícolas.
[4] Núñez, L. 1989 “Los primeros pobladores (20000 a 9000 a.C.)”. En: Culturas de Chile. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la Conquista. Hidalgo, J., V. Schiapacasse, H. Niemeyer, C. Aldunate e I. Solimano. (Eds.) Editorial Andrés Bello.
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[6] Cáceres, I., F. Gallardo y P. Miranda. 1993 “Prehistoria, asentamiento y paleoecología en la cuenca del río Cachapoal (VI región, Chile central): una síntesis. Publicación Museo Regional de Rancagua.
[7] Cornejo, L., M. Saavedra y H. Vera. 1998 “Periodificación del Arcaico en Chile Central: una propuesta”. Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología 25: 36-39.
[8] Kaltwasser, P., A. Medina y J. Munizaga. 1980 “Cementerio del período Arcaico en Cuchipuy”. Revista Chilena de Antropología 3: 109-123.
[9] Santana, J. M. 1984. “Agroalfarero temprano en el valle del Cachapoal”. Ponencia presentada en el Taller de Arqueología de Chile Central. Universidad de Chile, Santiago.
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Falabella, F., L. Cornejo, I. Correa, E. Latorre, M. Vásquez y L. Sanhueza. 2006 “Los ‘escondrijos’ en reparos rocosos de la zona de el Pangal y sus componentes culturales”. Actas del XVII Congreso Nacional de Arqueología Chilena, Valdivia (En prensa).
[11] Sanhueza, L., Cornejo; L. y F. Falabella. 2007 “Patrones de Asentamiento en el Período Alfarero Temprano de Chile Central”. Chungará, vol. 39, N°1: 103-115.
[12] Falabella, F. y R. Stehberg. 1989 “Los inicios del desarrollo agrícola y alfarero: zona central pobladores (300 a.C. a 900 d.C.)”. En: Culturas de Chile. Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la Conquista. Hidalgo, J., V. Schiapacasse, H. Niemeyer, C. Aldunate e I. Solimano. (Eds.) Editorial Andrés Bello.
[13] Planella, M.T., F. Falabella y B. Tagle. 1997 “Complejo fumatorio del período agroalfarero temprano en Chile central”. Actas del XIV Congreso Nacional de Arqueología chilena, Copiapó.
[14] Planella, M.T. 1988 La propiedad territorial indígena en la cuenca de Rancagua a fines del siglo XVI e inicios del XVI. Tesis para optar al grado de Magister en Historia, mención Etnohistoria, Departamento de Historia, Universidad de Chile, Santiago.
[15] Planella, M.T. y R. Stehberg. 1997 Intervención Inka en un territorio de la cultura local Aconcagua de la zona centro-sur de Chile. Tawantinsuyu 3: 58-78.
[16] González, Carlos. 2000 “Comentarios arqueológicos sobre la problemática Inca en Chile Central (Primera parte)”. Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología 29: 39-50.
[17] Téllez, E. 1990 “De incas, picones y promaucaes. El derrumbe de la frontera salvaje en el confín austral del Collasuyu” Cuadernos de Historia 10: 69-86.
[18] Silva, O. 1983 “¿Detuvo la batalla del Maule la expansión inca hacia el sur de Chile?” Cuadernos de Historia 3: 7-25.
[19] Téllez, E. 1991 “Picones y promaucaes”. Boletín de Historia y Geografía 8: 22-25.
[20] Planella basada en información arqueológica, histórica, antropológica, lingüística y en toponimia de la zona, propone que “el sector de la cuenca de Rancagua […] estaba ocupado, en el siglo XVI, por una fracción de la población mapuche” (1988: 124).
[21] “Está esta provincia de los Pormocaes que comienza de syete leguas de la ciudad de Santiago, que es una angostura y ansy le llaman los españoles estos cerros que hacen una angostura. Y aquí llegaron los yngas quando vinieron a conquistar esta tierra, y de aquí adelante no pasaron… De aquí hasta el rrio de Maule que son veinte y tres leguas, es la provincia de los pormocaes. Es tierra de muy lindos valles y fértiles”. (Vivar de, Gerónimo. 1558 Crónica y relación copiosa y verdadera de los reinos de Chile. En: León, 1991: 1).
[22] Planella, M.T., R. Stehberg, B. Tagle, H. Niemeyer y C. del Rio. 1992 “El complejo defensivo indígena del Cerro Grande de La Compañía (valle del Cachapoal)”. Clava 5, Museo Soc. Fonck, Viña del Mar.
Planella, M.T., R. Stehberg, B. Tagle, H. Niemeyer y C. del Rio. 1993 “La fortaleza indígena del cerro Grande de La Compañía y su relación con el complejo defensivo meridional incaico”. Actas del XII Congreso Nacional de Arqueología Chilena, Temuco.
[23] Stehberg, R. y A. Rodríguez. 1989 “Ofrendatorio mapuche incaico en el cerro Tren-Tren de Doñihue”. Museos 6:8-11.
[24] Cáceres, I et. al. 1991 “Un sitio agroalfarero tardío en la cuenca del Río Cachapoal”. Actas del XII Congreso de Arqueología Chilena, Temuco.
[25] Sánchez, R. y D. Pavlovic. 2003 “Breve reconsideración sobre la prehistoria del período alfarero en Chile central. Una visión desde el Aconcagua”. Actas del XVI Congreso Nacional de Arqueología Chilena pp. 475-478.
[26] León, L. 1985 “La guerra de los Lonkos en Chile central 1536-1545”. Chungará 14: 91-114.
[27] León, L. 1991 La merma de la sociedad indígena en Chile Central y la última guerra de los promaucaes, 1541-1558. Institute of Amerindian Studies, University of St. Andrews.
[28] Ejemplo de este tipo de conflicto es el suscitado en Malloa por la posesión del cacicazgo del pueblo de indios del lugar. Esta querella se arrastró por casi un siglo: desde 1656, año en que aparecen por primera vez litigios entre dos líneas de descendencia que reclaman el cargo (los Naguelquelén y los Pichicobque), hasta más o menos 1755-1758, momento en que el cargo finalmente recae en María Eulalia Pichicobque (Cabeza, A. y R. Stehberg. 1984. “El Cacicazgo de Malloa”. Nueva Historia 10: 103-156.
[29] Para Planella las parcialidades “[…] corresponden a una unidades medianas de cohesión, integradas por patriparientes que reconocen a un representante, y con acceso al usufructo familiar y comunal de tierras suficientes para complementar su economía de subsistencia” (1988: 101).
[30] Planella, M.T, V. Manríquez, C. Otone y D. Alfaro. 1990 Resultados etnohistoria siglos XVI-XVIII. En: Cáceres, I. 1990. Arqueología y etnohistoria: una investigación interdisciplinaria pionera para la cuenca el río Cachapoal. Proyecto Fondecyt 90-0508. Manuscrito inédito. Santiago.
[31] Castro, M. 1990 Los asientos de trabajo: una fuente para las transformaciones del indio. Tesis para optar al título de Magíster en Historia con mención en Etnohistoria. Departamento de Ciencias Históricas. Universidad de Chile, Santiago.
[32] Salazar, G. 1985 Labradores, peones y proletarios. Sur Ediciones, Santiago.