lunes, 13 de abril de 2009

Una Doncella que Bajó de la Cordillera


Equivocadamente, muchas veces se ha creído que la riqueza de una región o de un lugar son sus edificios o sus paisajes, inclusive su fauna.
Sin embargo, y pese al valor objetivo de aquello, el mayor tesoro de un pueblo o de un país, son sus habitantes.
En esta hermosa entrevista realizada a inicios del verano del año 2008, daremos a conocer los testimonios de una mujer que, en mi parecer, bien representa la grandeza de la mujer de nuestra región
y, más aún, la de todo el pueblo chileno.


Por
Pablo Favio Vásquez
Profesor de Historia y Geografía
Investigador CIDER[1]

Al ingresar a su casa, el visitante puede encontrar que ésta está “soplada” de limpia. Y ello es porque nuestra anfitriona “la dueña de la casa” es, pese a una contextura menuda y de estatura promedio, extraordinariamente inquieta… simplemente es imposible mantenerla sentada en un piso o en los cómodos sillones del living. Mis preguntas la siguen a la cocina, al patio trasero, al patio de entrada y, después, otra vez al comedor.

Mientras tanto, su voz de tonalidad cantarina y melodiosa -que da la sensación de estar oyendo a una niña de 11 años-, va narrando sus recuerdos: anécdotas, vivencias, emociones... Tiene medio siglo de vida, y muchas cosas que contar. Quizás demasiadas, para una sola persona, y por ello, es mejor callar y poner atención a sus palabras, memorias y relatos:

Mi nombre es María Elena Pavez Guzmán.
Nací en Coínco, el día 28 de mayo de 1957…

¿En que trabajaban sus padres?

En el campo. Mi papá trabajaba en las viñas de Olivar Bajo. Mi mamá era dueña de casa. En esa época nosotros, los hijos, estábamos todos chiquitos.

¿Cuántos hermanos eran ustedes?

Somos 9 hermanos. Unos viven aún en Olivar Bajo, otros en Coya, algunos en Santiago. Yo soy la cuarta del matrimonio.

¿Cómo era la vida en el campo?

Bien, mientras yo viví con mis papás como todo niño. En ese tiempo las mamás sufrían por todos los hijos que tenían. No había tratamientos.

¿Cómo era la calidad de vida?

Siempre hubo para comer y vestirnos. Mientras estuvimos con mi papá nunca nos faltó.

¿A que jugaban?

A la ronda, a la cuerda, a ser mamá, a la tiña, al arroz con leche, al luche. El luche se hacía con pulseras de maíz, las que se tiraban en unos cuadros pintados o rayados en el suelo y, hasta donde caía el collar, una tenía que saltar. Los niños jugaban mucho al trompo y a las bolitas. Se jugaba mucho también a las escondidas. ¡El volantín, muchísimo!

¿Comidas?

En el campo se comía lo mismo que ahora. Arroz, fideos, legumbres, charquicán, papas… ¡Yo era flaquita! Muy enfermiza. A mi me gustaba que mi mamá me hiciera leche con arroz y leche con harina cruda. ¡Quedaba igual de rica que la sémola! También se comía harto el “mote mei” o mote de maíz, que se comía en invierno. Teníamos siempre miel, y cuando se comían con harina tostada se les llamaba “zorritos”. Nuestros abuelos tenían hartos colmenares, así que nunca nos faltaba la miel.

Mis abuelos maternos tenían harto campo. Había ciruelos, limones, paltos… Nunca faltaba para comer. Los patrones de mi papá nos regalaban juguetes en Navidad. Ellos eran los dueños de las viñas de Olivar Bajo.

Mi papá trabajaba allí, en las viñas. Limpiaba, cortaba. Lo ponían a cargo de más gente también. Mi papá era bien cotizado, porque era trabajador y responsable.

¿Cómo llega a vivir al Alto Cachapoal?

Mis papás se separaron cuando nosotros estábamos chicos todavía. Toda la familia se dividió. Mi papá le pegaba mucho a mi mamá. Era bueno para beber y le pegaba mucho a ella. Por eso ella tuvo que irse con nosotros de la casa que arrendábamos. Cuándo mi mamá se separó de mi papá, volvimos a la casa de los abuelos. Ellos vivían en la calle que va a Coínco por fuera. Eran casas grandes, de adobe. ¡Tenía una tremenda higuera! Tenía corredores, paredes altas de color blanco por dentro y por fuera. Tenían harto patio…

Cuando se casó mi hermana Juana, la parte donde ella vivía era un fundo y pasaba todo el día sola, así que le pidió a mi mamá si yo la podía acompañar. Mi mamá dijo que sí, pues mis papás ya se habían separado.

Creo que tenía como 8 ó 10 años por esa época. Recuerdo que cuando llegué a vivir a Sierra Nevada, había unos patrones de apellido “Butrones”.

Mi hermana había llegado antes allí como empleada y ahí conoció a quien fue después su marido, Daniel. Ella tenía como 13 ó 14 años cuando se fue a trabajar para allá. Ahí la Juana me puso en el Colegio del Campamento Chacayes. En ese tiempo todavía estaban los “gringos” (de la Braden Copper Company), los dueños de El Teniente.

¿Cómo era la vida allá en la Cordillera?

Yo no conocía la nieve. Para mi eso fue difícil. En Sierra Nevada, nevaba metros y más metros. Pasaba mucho frío. Las niñas sufríamos con el tremendo frío que hacía en la Cordillera. Pasábamos todo el invierno encerradas por la nieve. La vida era dura, el campo es así. Había que trabajar para comer.

Había carne y leche, pero había que atender a los animales. Los niños tenían que trabajar igual que los adultos.

Para desayunar había que ir a buscar las vacas y llevarlas a la casa. Después había que cambiarse de ropa para ir al colegio. Yo tenía que caminar como cinco kilómetros para llegar al colegio. Cuando venía mucha agua en las quebradas me tenía que devolver y pasaba saltando por las piedras más grandes. Tenía unos compañeros con los que a veces nos veníamos juntos: el René, el Gabriel y el Carlos Díaz, que eran compañeros de Colegio, pero no de curso.

En esa época no se usaba uniforme allá arriba. Yo tenía un delantal, una chomba, calcetas y zapatitos. Nunca tuve ni abrigo, ni gorro, ni botas. Cuando llovía llegaba como estropajo a la casa y al colegio. Hacía tanto frío que se me partía la piel y me salía sangre de las manos y de las rodillas. La Sra. Hilda Paulsen a veces me invitaba a almorzar. Cuando llovía ella me hacía una capucha con bolsas de plástico.

En la casa de mi hermana en el fundo, había un fogón en el suelo. Ahí tenía que sentarme para secarme.

Para comer allá arriba nunca me faltó nada. Daniel, mi cuñado, criaba muchos animales: vacunos, ovejas, caballos… Tenía siempre leche, huevos, queso, charqui, pollos, patos. Allá había de todo. Criaba cerdos, para después matarlos y vender prietas, longanizas, arrollado…

¿Cómo se estudiaba?

No tenía ni libros ni revistas. Nada de eso.

Solo los profesores tenían libros y ellos nos escribían en los pizarrones y nosotros en nuestros cuadernos. Yo tenía cuadernos de caligrafía, de dibujo… Había uno para geometría arriba y para escribir abajo. Nos hacían inglés, pero muy básico. Teníamos Castellano, Historia… Tenía goma y lápiz grafito. ¡El que tenía lápiz de pasta era millonario en esa época! El único libro que yo tuve fue un diccionario que me regaló mi mamá.

Las noticias se escuchaban en la radio.

Cuando se acaban las velas, para hacer las tareas, se usaba el “Chonchón”: un tarro de petróleo con una mecha. Yo hacía mis tareas, pero no tenía a quien preguntarle.

Llegué hasta quinto básico en el colegio. Después pusieron un colegio en el fundo, en Sierra Nevada. Los patrones lo pusieron. Yo fui un año a clases allí. Después, el colegio igual se terminó, porque quedaba muy lejos, solo en un tremendo potrero, pasaba solo, abandonado. El profesor se vino después al Colegio de Coya. Ese Colegio de Sierra Nevada era una sala grande de madera, cada fila era un curso. Los profesores le enseñaban a todos los cursos al mismo tiempo, pero distintas materias.

Cuando se llevaron el colegio ya no pude seguir estudiando, porque simplemente no tenía adonde ir y no tenía los medios para ir a estudiar al colegio de Coya.

Y después, ¿Qué hizo?

Me fui a trabajar con una profesora que se llamaba María Eugenia, en el Campamento Pangal, pero era muy déspota, así que me fui. Volví a la casa de mi hermana Juana.

Luego me fui a Rancagua a trabajar como empleada a la casa de Gabriel Emparanza. Yo era niñera, cuidaba una niñita. ¡Yo era jovencita! No tenía experiencia en ninguna cosa. Trabajaba en la calle Estados Unidos, cerca del Estadio El Teniente. Un día me enfermé: me resfrié, y caí en cama. Mi hermana Juana me fue a buscar y me llevó otra vez a su casa en Sierra Nevada.

Después supe de un trabajo en Coya. Ahí me vine a trabajar con unos profesores a Coya: con el matrimonio de la Sra. Aurora Stevensson y don Germán Gallegos.

Ellos hacían clases en el Colegio de Coya.

Ahí yo hacía el trabajo de una dueña de casa y veía a los niños. No podía estudiar por las condiciones. El dinero era muy poco y apenas me alcanzaba para vestirme. Se pagaba mal. Creo que por entonces tenía como 17 años ya. Por esos años falleció mi papá, atropellado en Rengo.

Mis patrones eran buenas personas. Vivía como en mi casa. Me retiré poco antes de casarme con Juan Pablo, a quien conocía desde niño, por los años en el Colegio de Chacayes.

¿Cómo era Coya en esa época?

Igual que ahora, no ha cambiado nada. Sigue igual. La gente mayor se ha ido muriendo, pero siguen las mismas familias.

Mucha gente ha tenido que emigrar por la falta de fuentes de trabajo. ¡Incluso para estudiar hay que ir a Rancagua!

¿Religión?

Soy bautizada en Coinco. Hice Kinder en el Colegio de Copequén. Me demoraba como una hora en llegar hasta el colegio. Allí íbamos juntas mi hermana Norma y yo.

La 1ª Comunión la hice en Chacayes. En ese tiempo se hacían las Misiones.

Mi madrina y catequista fue la Sra. Norfa Emilia Vásquez, la que también fue después mi madrina de Confirmación. Me Confirmé cuando ya estaba trabajando en Coya.

Las Confirmaciones en Chacayes eran muy lindas…

Se reunía todo Chacayes en las Misiones. Se confirmaba gente de todas las edades.

Las confirmaciones se hacían en las Casas Patronales de Chacayes, en el Parque. Se hacía una tremenda comida (se servía cazuela) para toda la gente. En la misma comunidad se buscaban los padrinos, así que al final todos los chacayinos terminábamos siendo parientes.

¿Cómo empezó su familia?

A Juan Pablo lo conocía del colegio en Chacayes, desde niño.

Después, cuando hice mi 1ª Comunión tenía que ir a catecismo a su casa, pues la catequista era su hermana mayor, Norfa Emilia. Después, en las Confirmaciones de Chacayes lo volví a ver.

Por ese tiempo yo salí elegida como Reina del Rodeo de Sierra Nevada, y ahí, ¡lo volví a ver!

Después de eso, la Norfa Emilia me invitó a un Rodeo a Chacayes. Y ahí, yo me quedé en su casa. Después del rodeo, ¡en el baile el me pidió pololeo! Eso fue entre Noviembre y Diciembre de 1974. Pololeamos como dos años. Nos casamos en Coya el día 24 de Diciembre de 1976.

El era campesino. Se retiró del Asentamiento de Chacayes y nos fuimos a vivir a Coya, donde Juan Pablo había comprado una casa con sus ahorros. Yo nunca viví en Chacayes.

Juan Pablo comenzó a trabajar como obrero de los contratistas de El Teniente. Cuando él se quedaba sin trabajo, era yo quien tenía que salir a trabajar. Tuve mis dos primeros hijos mientras trabajaba con la Sra. Elisa, esposa de don Arturo Acuña, quienes vivían en la Población Central.

Los años que viví en Coya fueron los mejores. Vivíamos todos en una gran casa. En una parte mis suegros y cuñada. En la otra, yo y mi familia. Fue bueno dejar de trabajar después. Pasé a tener una casa una verdadera familia.

Se echa de menos a la familia en Coya.

¿Por qué emigraron?

Por el trabajo de Juan Pablo. Él allá no tenía un trabajo estable. Encontró trabajo de chofer en Rancagua, en una empresa de transportes. Y así, nos tuvimos que venir de Coya, un día 12 de marzo de 1996.

Al Juan Pablo nunca le ha faltado trabajo desde entonces acá. Crecimos como familia, pues tuvimos que salir solos adelante. Los niños pudieron estudiar en buenos colegios.

La casa de Coya la vendimos. Después en el año 2003, logramos comprar otra casa gracias al Subsidio Unificado del Serviu.

¿Un deseo para cumplir?

Me gustaría volver a Chacayes, a recorrer esas partes tan lindas. Allá hay gente maravillosa, muchos parientes de mi esposo.

Yo creo que hacer esas centrales hidroeléctricas sería un tremendo bien para la zona, la región y el país, sobretodo para la gente que necesita trabajo, para salir adelante.

Ojalá que después de las centrales se haga el Paso Las Leñas.

En Coya queda mucha gente pobre que no tiene trabajo estable y que necesita muchas cosas: mejor salud, trabajo, educación, alcantarillado. Sobre todo trabajo.

Ojalá resulten las centrales y el Paso. Todo sería mejor para la gente de la región…
____________

[1] La presente entrevista forma parte de las fuentes de investigación de un trabajo histórico titulado “Entre Campesinos y Mineros: Historia del Alto Cachapoal 1400 – 2008” de Pablo Favio Vásquez.