domingo, 12 de abril de 2009

Mi Amiga de Cautiverio


Cuento

Enrique Escobar Fermandoy, Médico
Ilustración de Alex Castro Otegui

Tú nunca fallaste. Ni un día dejaste de visitarme con fidelidad conmovedora. No tenía otro camino honorable sino pagar tus servicios con mi lealtad. Por eso me cagaron los milicos ¿Saben ustedes lo que es estar preso? Permanecer unas cuantas noches detenido en una comisaría no es nada, no pasa de ser algo más que una experiencia desagradable, pero cuando te sacan de repente de tu casa, mientras estás tranquilo comiendo, para meterte de golpe y porrazo en una cárcel, la situación pasa a ser más seria; las penurias aumentan, sobre todo cuando te dejan solo en una celda, por lo demás oscura y maloliente, y para colmo, tan apartada del resto como para no sentir ni siquiera los ruidos propios de la población penal. Lo único que captan tus oídos es el chirrido del plato, lleno de una mazamorra viscosa, mientras es introducido por debajo de la puerta, y no llegas ni siquiera a ver la mano que lo empuja. Por añadidura, te han encerrado sin haberte acusado de ningún delito, sin enrostrarte el más mínimo cargo. Entonces llegas al límite inferior de la escala de los presos, el reverso del pensionado de General Mackenna, pues ningún miembro de tu familia sabe donde te encuentras. Con seguridad ellos conjeturan que tal vez ya no pertenezcas a este mundo. En esas circunstancias lo que más deseas no es ni luz, ni ruidos, ni una comida decente o un lecho menos duro; la necesidad más perentoria pasa por contar con algo previsible, una manilla para agarrarte, una figura viviente que te proporcione ese telón de fondo, que en condiciones normales miramos en menos, pero que ahora se convierte en el artículo de primera necesidad que te impide dudar de tu propia existencia.

No me di cuenta de tu presencia sino a partir del tercer día. En un comienzo el preso político no tiene tranquilidad para esas cosas. Está inmerso en un universo desconocido, por consiguiente el recluso permanece anclado en la incertidumbre, jalado en direcciones opuestas, de un lado por la ilusión de ser rescatado por los familiares y amigos, y del lado opuesto, por el terror de ser ajusticiado en cualquier momento. Es en ese permanente bandearse de un extremo a otro como se pasan los días, sumidos en la zozobra.

El hombre puede estar mucho tiempo encadenado a un infierno, pero requiere construirse otros avernos, propios, personales. Tú necesitas mandar al carajo, aunque sólo sea en tu interior, al antro del demonio en que te sepultaron los esbirros, intentar desecharlo, pero para ello debes fabricar tus dramas internos y fuentes de angustia que te pertenezcan, de las cuales los captores no tengan la menor idea. Además, debido a la precariedad y desnudez de tu entorno, precisas promover e inventar tus propias distracciones y rituales que te anestesien la monotonía y la soledad del encierro.

La primera oportunidad en que apareciste con pasos presurosos, me sorprendí por saludar tu presencia con un “Hola, que tal”. Me dio risa. Fue reconfortante escuchar la propia voz después de permanecer tanto tiempo ausente, quizás uno podría volverse mudo por desuso; las cuerdas vocales también tienen derecho a atrofiarse. Ustedes tal vez opinarán que tres días en aislamiento no es nada, que cualquier navegante solitario pasa semanas sin ver un alma. No es así, él está acompañado por el mar, los pájaros y el cielo. Tú no. Dispones apenas del hedor del lugar matizado por el hambre. De inmediato atrajeron mi atención tus pasos reducidos, muy rápidos, y asumí el desafío de poder calcular tu velocidad y el número de pasos que dabas en cada minuto.

Siempre me gustaron las películas de cárceles. Por ellas aprendí que al ser detenido, a uno le dejan apenas la ropa que lleva puesta, por eso cuando me di cuenta de la inminencia de mi detención, le robé a mi esposa el reloj más diminuto que poseía y lo pegué con adhesivo en la parte posterior de mis testículos. Por fortuna el gendarme no me revisó esa zona, al parecer no era homosexual o quizás era fóbico a ser etiquetado como tal, así que en su palpación no incluyó a mis genitales. Gracias a eso pude efectuar todas las mediciones del tiempo que atenuaban mi tedio. Cada día efectuaba los cálculos relativos a tu velocidad de desplazamiento, expresado en centímetros por minuto. En realidad es una arbitrariedad de mi parte etiquetarte de “ella”, nunca logré interiorizarme de tu sexo, pero vivimos atrapados por este idioma castellano, siempre pendientes del género de las palabras. Después de haberte cronometrado mil veces me convencí de que siempre te demorabas lo mismo, lloviera o tronara.

Un día necesité ponerte nombre. Cuca fue el elegido. Cuquita, eras ajena tanto al apuro como a la calma, menos te interesaban los registros. Te demorabas cinco segundos y medio en cada metro. Si un especialista me dice que eso es falso, que las cucarachas se demoran cuatro o siete segundos, de inmediato se puede ir a la misma mierda. El perito puede contar con cientos de ejemplares para realizar sus cálculos, mientras que a mi me tocó uno sólo. Hasta para eso eran cagados en ese presidio de ínfima categoría. Si bien en eso de la velocidad, tú, amiga, tal vez eras distinta a las demás, no veo porque ibas a ser diferente en todo, porque si así hubiera sido, pertenecerías a otra especie, no serías cucaracha. También era predecible tu tiempo de latencia para comenzar a avanzar, desde que aparecías junto a la salida de tu madriguera, siempre que se cumpliera con la condición de mi inmovilidad y silencio, pues cuando había ruido no te detenías. Sin embargo, me habría aburrido rápido de ti y, quizás, frustrado te habría matado si no te caracterizaras por variables inesperadas. No pude dar con el mecanismo que me explicara esos cambios respecto a la dirección escogida cada vez que te ponían obstáculos a tus movimientos. En eso no dejaste de sorprenderme, de manera que mis esfuerzos por develar tus patrones de respuesta me hicieron consumir una buena parte de la insoportable letanía de la prisión. Por eso quiero darte públicamente las gracias, por haber influido tanto para que yo pudiera conservar mi lucidez. Estoy convencido de que sin tu ayuda me hubiera sumergido sin retorno en el mar de la locura; más aún, no sólo lo impediste, sino que además me curaste definitivamente de mis fobias aquel día en que en forma heroica, vencí mis escrúpulos y te introduje en mi boca, eso sí que tomando la precaución de mantener muy apretada la mandíbula para que no fueras a despeñarte en el precipicio de mi esófago. Lo logré gracias a mi espléndida dentadura; por eso es que aprovecho ahora de aconsejar a los niños que se cepillen los dientes después de cada comida. Me dieron muchas cosquillas tus paseos por mis encías. Si se hubiera tratado de otra, me habría dado asco, pero a ti ya te tenía mucho cariño; como iba a ser de otra manera, si por tu intermedio pude efectuar tantos cálculos; con lo que me gusta sacar cuentas. Contigo llegué a infinidad de resultados aritméticos, desde el tiempo de ascensión entre el piso y el cielo de la celda, como también el tiempo de descenso, las variaciones de tus movimientos de acuerdo al ciclo circadiano, la influencia del frío y del calor y hasta de las ratas sobre las características de tu deambular.

Un día sentí los pasos de un gendarme. Me extrañó, porque recién me habían traído esa basura que llamaban comida. No obstante, en aquella oportunidad, en vez de pasar la escudilla por debajo, procedió a abrir por fin la puerta de la celda. En ese instante me di cuenta con pavor que tú estabas al lado de ella. Me paré con dificultad, pues estaba medio tullido por la inactividad. De inmediato le advertí al vigilante que tuviera cuidado al entrar en la celda. No me hizo caso. Junto con comunicarme que estaba en libertad, que las autoridades me habían tildado sólo de activista político y que habían desestimado las otras denuncias graves en mi contra, tuvo la mala idea de adelantar un poco el pie. Enseguida experimenté la desagradable sensación de que te había reventado. El ruido que hizo al destriparte todavía lo recuerdo como algo atroz. Por supuesto que me enceguecí.

-¡Hijueputa! -le espeté indignado- te dije que te fijaras donde pusieras los pies. Me la mataste, desgraciado.

Por un momento permaneció estupefacto. Era la primera vez que un preso se indignaba con él, justo cuando lo venía a poner en libertad. Ahora justifico que entre él y el otro gendarme que lo acompañaba, me sacaran la cresta.

-Este huevón más que comunista es un loco de mierda, es mejor que siga encerrado, pero no aquí, sino en el manicomio.

Así fue como me mamé quince días más de encierro, pero en un hospital psiquiátrico. Ahí pude prescindir de las cucarachas. Me tocaron como compañeros unos locos divertidísimos. El contacto con otros seres humanos borró la privación sensorial. Además en ese establecimiento estaba más seguro que en ninguna otra parte. Cuando me entrevistó el psiquiatra, yo me puse a llorar desconsoladamente. Le dije que era por mi cucaracha. El galeno me paró el carro rapidito

- Conmigo no te resulta hacerte el loco -me espetó muerto de la risa- Estás de alta.

Hace mucho tiempo terminó la dictadura. Persisten todavía muy escasos presos políticos, pero ellos no están aislados. No me imagino que ninguno cuente con una cuquita como la mía. Lo que es yo, nunca he podido olvidar a mi fiel compañera de encierro, así que en una gaveta con llave de mi escritorio mantengo a una cucaracha muy parecida a mi malograda amiga de celda, quizás ustedes sean primas hermanas. Aprovecho todas las oportunidades en que estoy solo para sacarla, porque si me pillan, más de un imbécil alienado pensará y divulgará que estoy loco. Yo sé que no es así, ser agradecido no significa estar demente. Protegido por la soledad, la dejo pasear por la oficina, abro las ventanas para que tome aire, le pongo comida y agua fresca. Cuando me siento muy solo, le converso.