domingo, 12 de abril de 2009

Lluvia, Dulce Lluvia


Por Oveja Negra
Ver más del autor en
www.biblioredes.cl/poeticadejorgedias.cl
Ilustración de Alex Castro Otegui

Nadie que no haya vivido en una zona semidesértica puede imaginar la ansiedad y esperanza con que todos los años los pobladores esperan la llegada de las lluvias, mientras el calor se hace cada vez más intenso. Ojos ansiosos vigilan la aparición del cúmulo, nube no más grande que una mano humana, la cual crece y es acompañada abajo por otras de impenetrable color púrpura que se elevan miles de metros y están coronadas de cabezas redondas, cada una con un cerebelo blanco, un cerebro tumultuoso que revela sus intenciones agitándose una y otra vez. Luego esos gigantes se interponen entre nosotros y el sol, los trazos de sombra desaparecen y la tierra se oscurece. Una ráfaga de viento dobla los árboles azota y levanta el polvo, hace traquetear las ventanas. Pájaros, ovejas y vacunos corren para buscar refugio. Grandes relámpagos y fusilazos o fieras puñaladas a la tierra, se alternan para romper la oscuridad. El primer trueno se anuncia como un siniestro redoblar de tambores que convocan a un ejército bárbaro en los remotos cerros; y luego, más cerca, como el furioso rugido de un león. Gotas de agua marcan la capa de polvo más y más orificios que parecen hechos por balas y cada vez con mayor rapidez. Un sonido silbante y cortante nos rodea, el patio, la calle, la estepa están bañados por resbaladizas capas de agua marcadas continuamente por las gotas de lluvia. Quebradas, arroyos, riachuelos, cañadas, hondonadas y ríos reciben el fluido que los ha cortado y cincelado y que aún los está cortando y cincelando. Inesperadamente, el trueno esgrime maza, el aire y la Tierra se estremecen y retumban los címbalos y los profundos tantanes subterráneos. Estamos en el corazón de la olorosa tormenta: El agua ha liberado las fragancias de la tierra.