lunes, 13 de abril de 2009

La Necesidad de Educar la Gestión del Patrimonio


La Gestión del Patrimonio Cultural se vuelve cada día más una necesidad, si lo que se quiere no es solo mantener nuestros bienes patrimoniales, si no que además transformarlos en un polo de desarrollo local de una comunidad. De ahí la necesidad también de educar a sus miembros en torno al valor de su Patrimonio y de su función social.

Por Gastón Gaete, Geógrafo
Académico Universidad de Playa Ancha (Upla)
Silvana Romo,
Estudiante Ped. en Historia y Geografía, Upla.

Entendemos por Gestión del Patrimonio Cultural las acciones planificadas y sistemáticas llevadas a cabo con el fin, no sólo de preservar y conservar un bien patrimonial, sino que, sobre todo, explotar sus cualidades en términos económicos. Este aspecto, gatillado por la necesidad de solventar los costos de conservación y restauración, que en el caso de muchos bienes patrimoniales resultan tan elevados, que muchas veces ni los entes gubernamentales ni las comunidades son capaces de solventar.

Esta gestión se lleva a la práctica, generalmente, a través de la reutilización de bienes patrimoniales para usos sociales, educativos o turísticos, todo con el fin de hacer el nexo patrimonio-comunidad a través del disfrute de éstos de manera directa y en la actualidad por parte de esta última.

Esta readecuación de los bienes patrimoniales, además debe estar acorde con las necesidades de desarrollo de la comunidad en la que se encuentra inmerso, es decir, la revitalización del patrimonio cultural de una comunidad ya no sólo se encuentra asociado a las necesidades de preservación de éste, sino que también gestionamos nuestro patrimonio con la intención que su nueva función contribuya al desarrollo económico y social de la comunidad. Es lo que se denomina desarrollo local y apunta directamente a la “administración” de estos bienes patrimoniales por parte de la misma comunidad y cuyos beneficios sean también para ésta. La idea del desarrollo local es algo que en una especie de lema quedaría expresado de la siguiente manera: “desde la comunidad y para la comunidad”.

Para lograr los objetivos de la gestión patrimonial debe existir un plan sistemático de educación, capacitación y difusión de elementos culturales comunes y de la valoración de éstos, el cual se debe realizar, en muchos casos, a través de un trabajo de larga duración, al que muchos no están acostumbrados, lo que en la mayoría de los casos lleva a desechar la actividad cultural como una forma de desarrollo local, generalmente por desconocer la forma en que nuestro patrimonio cultural puede relacionarse con nuestro desarrollo social. Esta dificultad presenta un estancamiento de iniciativas privadas en este sentido, pues la población percibe que actividades que tengan como lineamiento la cultura no son sustentables en el tiempo, pues no observan recompensas en lo inmediato.

Es claro que la gestión del patrimonio bien apuntada tiene que seguir lineamientos a través de un largo período para obtener logros considerables. Por ejemplo, si queremos recuperar una vieja estación de trenes para transformarla en una biblioteca pública, necesitaremos primero educar a la población en torno a la historia y el valor simbólico e inmaterial de éste, además del tiempo que tomarán los trabajos de restauración y readaptación para sus nuevos fines.

Ante esta circunstancia, es imperante inculcar a los miembros de la comunidad la responsabilidad que cómo miembros de ésta les toca en la tarea de revivir y mantener su propio pasado y considerar el largo plazo de espera para los “resultados” de la gestión como una etapa más en las tareas de revitalización de su patrimonio cultural. Esto se transforma en una necesidad vital y la comunidad no debe abandonar el trabajo constante y sistemático que significa la gestión del patrimonio. Hacerlo significaría romper esta verdadera cadena que significa revitalizar nuestra herencia cultural.

Nadie mejor que la comunidad para llevar a cabo esta tarea, pues es ésta quien mejor puede referirse a sus propio capital cultural, las variaciones que éste ha experimentado con el tiempo y el ¿por qué?, además la idea es establecer la conexión patrimonio-comunidad, lo que permite no solo la revitalización de las identidades culturales, sino que además una nueva forma de participación ciudadana en torno a los intereses directos de la población. El potencial de nuestro patrimonio en este contexto debe estar relacionado con el conocimiento que los ciudadanos tengan del lugar donde habitan, del valor de su patrimonio común y la capacidad de organización, planificación e innovación que éstos establezcan en la gestión de éste. Un ciudadano activo sabe de dónde proviene y hacia donde va, por lo cual, se identificará con el lugar donde habita y su desarrollo. Para esto, tanto la educación formal como la informal deben jugar un rol fundamental en pos de este objetivo.

También la difusión es un elemento esencial, por ello es imprescindible que los conocimientos no sean solamente saberes de un grupo reducido de personas. Se busca que los especialistas del tema presenten información en forma global “para todos” y no tan sólo “para algunos”. La utilización de medios de comunicación local es una excelente herramienta.

Considerando los lineamientos antes expuestos, es de real trascendencia exponer el potencial que cada localidad posee. Para ello hay que acabar con los supuestos de que existen localidades que no tienen un atractivo turístico, como ocurre con la ciudad Rancagua, la cual es seriamente criticada por sus propios pobladores en este sentido, debido principalmente al desconocimiento de su historia y sus más relevantes actores. Una de las bases del patrimonio cultural de esta ciudad, son los sobresalientes hechos acaecidos en la lucha por nuestra independencia nacional, específicamente el Desastre de Rancagua, así como su contribución a la economía nacional a través de su actividad minera.

Curiosamente existen una cantidad de hechos y puntos de atracción que surgen de estos hitos históricos que se han mantenido hasta nuestros días, y que son ignorados por los rancagüinos, principalmente por niños y jóvenes. Un ejemplo de lo anterior son los nombres con los cuales bautizamos nuestras calles: existe un desconocimiento de quien fue Cuevas, O´Carrol, Astorga, Almarza, Campos, etc. Siendo muy reducido la cantidad de habitantes que conocen el papel que jugaron estos en la defensa de nuestra ciudad durante el proceso de independencia. Asimismo, existe cierta indiferencia por parte de la población por construcciones que datan de aquel período y que, de una u otra manera, fueron piezas claves en el acontecimiento y que, además, poseen un valor arquitectónico y espacial en Rancagua. Ejemplo de ello será la catedral de Rancagua, la iglesia de La Merced y la actual Casa de la Cultura de la ciudad.

La idea por tanto es introducir estos elementos en los aprendizajes de los jóvenes rancagüinos. Para ello sería necesario un planificado proceso de educación patrimonial que abarcara tanto la teoría como la práctica. Una posibilidad concreta podría ser la realización de una publicación ilustrada de los acontecimientos más relevantes de la ciudad y su importancia a la luz de nuestra historia nacional, todo ello apoyado con visitas guiadas por parte de profesores, los que, a su vez, deberían ser capacitados para tal situación, comprendiendo que éstos juegan un rol fundamental en nuestra educación patrimonial pues se transformarán en los encargados de dirigir desde las aulas las iniciativas que transmitirán y revivirán la historia local rancagüina.

Con todo lo señalado se podría conformar un polo turístico al que se podrían sumar la vida y obra de Oscar Castro, la historia popular de Nicolás Rubio y todo el patrimonio del mineral El Teniente en la vida y crecimiento de la ciudad.

Para destacar aún más un circuito turístico, sería importante resaltar las localidades cercanas a Rancagua, como por ejemplo: Codegua, lugar donde se destaca la artesanía en tejidos, especialmente en mantas de huaso, o destacar el poblado de Pelequén, conocido por el fervor religioso que se manifiesta en esa localidad, en la festividad de Santa Rosa de Lima.

Como se puede apreciar, Rancagua y sus localidades más cercanas tienen un potencial turístico patrimonial a desarrollar, lo que tendrá como consecuencia generar y trabajar polos de desarrollo dentro de la misma comunidad. La idea entonces es poner en práctica toda la teoría que surge tanto de la gestión patrimonial como de la idea de desarrollo local, todo planificado en conjunto entre la comunidad, las autoridades y los llamados técnicos o expertos del patrimonio. El eje central de todos modos debe ser la idea de reutilizar todo el acervo cultural rancagüino y de toda la Región de O’Higgins en pos del desarrollo económico y social de la comunidad.