domingo, 12 de abril de 2009

El Súbito Entusiasmo por la Educación de los Pobres: ¿Una Historia Nueva?


Claudio Gutiérrez G.
Académico Universidad de Chile
Fotografías de Jorge Díaz

Asombra el entusiasmo con que empresarios han recibido la iniciativa Educación 2020[1], que plantea algunas medidas para que el 20% más pobre de los estudiantes chilenos tenga la misma calidad de educación que el 20% más rico en el año 2020. Conmueve volver a escuchar de “ricos” y “pobres” en un país que parece avergonzarse de esos términos. Pero sobre todo sorprende ver, una vez más, planteada la educación como solución a los inveterados problemas que el manifiesto 2020 llama “inequidad” y “baja productividad”.

En efecto, la propuesta no es nueva. Manuel de Salas, un viejito quitado de bulla, ninguneado como nadie en nuestra historia, la formuló en su forma más pura hace casi 200 años:

“El gobierno debe favorecer por todos los medios posibles los progresos de las luces, y sobre todo la extensión de ellas, porque aun tiene más necesidad de extenderlas, que de aumentarlas; y como está esencialmente ligado a la igualdad, a la justicia y a la suma moral, debe combatir sin cesar la más funesta de las desigualdades, la que produce todas las otras, que es la desigualdad de los talentos y de las luces en las diferentes clases de la sociedad. Debe trabajar continuamente por preservar a la clase inferior de los vicios de la ignorancia y de la miseria, y a la clase opulenta de los de la insolencia y de la ciencia falsa;"[2]

Salas no hacía más que formular la ideología educacional de los patriotas de la independencia, que bien vale la pena recordar: Juan Egaña, Camilo Henríquez, José Miguel Carrera, Bernardo O’Higgins y Ramón Freire. Ellos plantearon por primera vez sobre esta tierra la idea que la educación debía ser una oportunidad abierta para todos sus habitantes.

¿Qué ocurrió? ¿Por qué hoy, dos siglos más tarde, necesitamos que de nuevo se reformulen estas ideas?

La “insolencia de la clase opulenta” lo puede explicar. Apoyados en el magisterio de Andrés Bello e Ignacio Domeyko, esa clase instaló un modelo educacional que traicionaba los ideales patriotas, los que fueron tildados de “utópicos”.

Aunque a mediados del siglo XIX ya era inaceptable negar la educación a parte de la población, sí lograron segmentarla. Como lo plantea Bello, el arquitecto del modelo educacional chileno, todos deben educarse,

“Mas no todos los hombres han de tener igual educación, aunque es preciso que todos tengan alguna, porque cada uno tiene distinto modo de contribuir a la felicidad común. Cualquiera que sea la igualdad que establezcan las instituciones políticas, hay sin embargo en todos los pueblos una desigualdad, no diremos jerárquica (que nunca puede existir entre los republicanos, sobre todo en la participación de los derechos públicos), pero una desigualdad de condición, una desigualdad de necesidades, una desigualdad de método de vida. A estas diferencias, es preciso que se amolde la educación para el logro de los interesantes fines a que se aplica.”[3]

¿Cómo se amoldará la educación para las diferentes clases? Bello es explícito:

“El círculo de conocimientos que se adquiere en estas escuelas erigidas para las clases menesterosas, no debe tener más extensión que la que exigen las necesidades de ellas: lo demás no sólo sería inútil, sino hasta perjudicial, porque, además de no proporcionarse ideas que fuesen de un provecho conocido en el curso de la vida, se alejaría a la juventud demasiado de los trabajos productivos. Las personas acomodadas, que adquieren la instrucción como por una especie de lujo, y las que se dedican a profesiones que exigen más estudio, tienen otros medios para lograr una educación más amplia y esmerada en colegios destinados a este fin.”[4]

Esta no es la idea aislada de un intelectual. Es el pensamiento de toda la elite. De forma similar se manifiesta el otro artífice de los estudios superiores en Chile, Ignacio Domeyko:

“Habiendo en Chile, como en todas las naciones del mundo, dos clases (no hablo de las clases privilegiadas, porque aquí no las hay ni debe haber) que son: 1º. La clase pobre que vive del trabajo mecánico de sus manos y a la cual ni el tiempo, ni el retiro en que vive, ni sus hábitos, costumbres y ocupaciones permiten tomar parte efectiva en los negocios públicos, aunque la Constitución les diese facultad para esto. 2º. La clase que desde la infancia se destina para formar el Cuerpo Gubernativo de la República, y que por esto influye directamente en todo lo que pueda suceder de bueno o de malo a la nación.
La instrucción pública debe también dividirse en dos ramos, que son: Instrucción primaria para la primera, e Instrucción superior para la segunda.”[5]

Siguiendo estos lineamientos se estructura el sistema educacional chileno: humanidades y universidad para los ricos, primeras letras y artes y oficios para los pobres. Abogados, médicos, ingenieros por un lado, obreros, inquilinos y empleadas por el otro. No sorprende que con estas políticas educacionales, a mediados del siglo XIX, en pleno auge de la revolución industrial en el planeta, Chile siguiera siendo un país sin industria, un país de mineros, de hacendados y de mercaderes, la famosa mesa de tres patas que describe el historiador Claudio Véliz.[6]

El presupuesto de la educación, definido por parlamentarios ricos, va a la universidad, que trata como “madrastra” a las hijastras que le dejaron a su cuidado: la instrucción primaria y técnica, es decir, la educación para pobres. Nadie dice nada. Los hijitos de los señores se titulaban de abogados, médicos y algunos pocos de ingenieros. ¿Para qué dar más educación a los pobres si con el “trabajo mecánico de las manos” de los obreros calicheros y peones de campo podían mantener sus riquezas como siempre?

Pasan cincuenta años y la baja de productividad (no la inequidad) hace a los ricos volverse a acordar de la educación de los pobres. El latifundista Encina publica en 1911 su famoso reclamo por la baja calidad de la mano de obra, y lo que esto significa para (los dueños de) el país.[7] Se instala la ley de educación primaria obligatoria y algunas otras medidas en la línea de las políticas 2020. La aristocracia cree haber resuelto el problema y vuelve a dormir tranquila.

Cincuenta años más tarde vuelve a surgir el problema. La década de los 60 trae además fuertes vientos de cambio. Se implementan algunas reformas desde abajo y desde arriba. Muy poco y muy tarde. Los pobres, algo más que el 20%, se suben por el chorro y piden cambiar la asistencialidad por iniciativas propias. Demasiado para los señoritos. Asistir a los pobres sí, permitir que ellos mismos diseñen su futuro, no. ¡Cómo se les ocurre!

Así pasan otros cincuenta años. Y hoy día una vez más reaparece el problema. Los dueños del país se dan cuenta que sus empresas no pueden insertarse en la globalización con mala mano de obra. “Con este capital humano, Chile no va a ser jamás un país desarrollado”, vociferan los capitalistas inhumanos. Y vuelven a lo único que conocen y toleran: las políticas asistenciales, donde los pobres son objetos, nunca sujetos. Tratándose de objetos, entonces, no extraña que ingenieros se lancen a diseñar planes educacionales. ¡Dios nos proteja! Digamos en su favor, que al menos pretenden incorporar a los profesores (de pobres) al selecto club de los sueldos de ingenieros, abogados y médicos (de ricos).

Ya intuye el lector cómo seguirá la historia, sin necesidad de esperar hasta el 2020. No sólo necesitamos mejores profesores. Necesitamos que las madres del 20% más pobre, es decir, las nanas del 20% más rico, tengan tiempo para atender a sus hijos. Que los padres del 20% más pobre, es decir, los empleados del 20% más rico, tengan tiempo y recursos para atender a sus hijos. Necesitamos un cambio social, no sólo educacional. Lo que está en el fondo es el desafío de construir un país para todos. Ya conocimos la justicia en la medida de lo posible. Ahora se nos propone una educación en la medida de lo posible. ¿En el futuro será la superación de la pobreza en la medida de lo posible? ¿En esto también seguiremos al “maestro” Andrés Bello? :

“La miseria es la herencia del hombre sobre la tierra bajo todos los órdenes sociales imaginables; a lo menos Ud. no negará que esa es la suerte del mayor número en todas partes. Lo que nos causa ilusión sobre este punto es que cada orden social tiene una forma especial de miseria. A todo lo que podemos aspirar es a minorarla”.[8]

¿Y que tal si en vez de (o junto a) Educación 2020 planteáramos Oportunidades 5050? ¿Será un exceso el proponer que los pobres tengan las mismas oportunidades que los ricos (incluyendo su educación), no ya para el año 5050, sino a partir de ahora mismo? ... Claro, con esto ya estamos en otro campo, algo más complejo que el de mejorar la mano de obra: el de dar dignidad a seres humanos. Y en esto, debo reconocer, el fraile Antonio Orihuela se nos adelantó 200 años, cuando se dirigía al “bajo pueblo” en el primer Congreso Nacional allá en 1811:
“Mientras vosotros sudáis en vuestros talleres; mientras gastáis vuestro su-dor y fuerzas sobre el arado; mientras veláis con el fusil al hombro, al agua, al sol y a todas las inclemencias del tiempo, esos señores condes, marque-ses y cruzados duermen entre limpias sábanas y mullidos colchones que les proporciona vuestro trabajo; se divier-ten en juegos y galanteos, prodignado el dinero que os chupan con diferentes arbitrios que no ignoráis; y no tienen otros cuidados que solicitar con el fruto de vuestros sudores, mayores empleos y rentas más pingües, que han de salir de vuestras miserables existencias, sin volveros siquiera el menor agradecimiento, antes sí, des-precios, ultrajes, baldones y opresión. Despertad, pues, y reclamad vuestros derechos usurpados.”[9]
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[1] http://www.educacion2020.cl
[2] Manuel de Salas, La Instrucción y la Educación, en sus relaciones con el Gobierno de los pueblos, El Mercurio de Chile, 11 Abril 1823. (Itálicas nuestras).
[3] Andrés Bello, Educación, El Araucano 1836. (Itálicas nuestras.)
[4]Ibídem.
[5]Ignacio Domeyko, Memoria sobre el modo más conveniente de reformar la instrucción pública en Chile, El Semanario de Santiago, diciembre 29 de 1842.
[6]Claudio Véliz, La mesa de tres patas, Desarrollo Económico, Vol. III, Nos. 1 y 2, 1963.
[7] Francisco Encina, Nuestra Inferioridad Económica, 1911.
[8] Carta al Sr. Manuel Ancízar Santiago, 12 de junio de 1857.
[9] Fray Antonio Orihuela, Proclama en el Congreso de 1811, Sesiones de los Cuerpos Legislativos, tomo I.