lunes, 13 de abril de 2009

Editorial Nº3, Marzo 2009: Vivir con Honor o Morir con Gloria


No siempre tomamos consciencia de los rótulos que llevamos, o que, la mayoría de las veces, como casi todos los rótulos, heredamos. Es así como sin elegir camiseta de futbol, ya la usamos; o vamos a un templo católico, evangélico, judío…; en fin, la lista sería larga…

A veces, de tanto llevarlos, ni siquiera nos damos cuenta de la existencia de estos rótulos, su carga, sentido, significado; y es comprensible… a veces también están deslavados de todo eso.

¿Nos hemos puesto a pensar en el nombre de nuestra región? Pues bien, somos habitantes de ella, y por tanto, la llevamos con nosotros, tal como en cualquier país distinto al nuestro, “seríamos chilenos”, y donde, a la vez, nos sentiríamos -tal vez, descubriéndolo en profundidad y lucidez por primera vez- como tales.

Somos de la región de O’Higgins.

¿Qué significa esto? No gran cosa, probablemente, si lo pensamos con ligereza y locuaz honestidad. Y tendríamos razón. En estas mismas páginas, lo hemos dicho antes: se puede tener idiosincrasia, costumbres, características que nos identifican; pero si estas mismas nos resultan desconocidas a nosotros mismos, no las reconocemos o ni siquiera las hemos descubierto como propias, pues entonces no se han vuelto identidad. Y esta última ya es una palabra distinta.

Un pueblo (o también una persona) sin identidad, es uno que no se conoce, valora… sería incapaz de “presentarse a si mismo” como algo claro y distinto… algo único. Y no obstante, pudiendo ser todo lo anterior.

Vayamos por partes:

Una identidad se puede construir (siempre sobre verdades, nunca sobre mitos o inventos -o no es deseable-) mirando ciertos rasgos o costumbres, en muchos casos impuestos por condiciones atmosféricas, climatológicas, de relieve, fauna o flora, económicas, pasado histórico, etc. Esta suma de factores, mezclados (como es inevitable, de forma única), forma un necesario modo de vida, el que a la vez se constituye con una amplia gama de matices. No es, por supuesto, nuestra intención asignar una uniformidad de estos rasgos a toda una región político administrativa entendida, más aún comprendiendo lo caprichosa, arbitraria y amplia de esta figura. No obstante, si se pueden encontrar una suma de realidades que, distintas, por costumbre se nos empiezan a configurar como partes de un todo que a la larga se hace compacto e identificable. Tenemos una imagen regional, llena de partes distintas que, sin embargo, la conforman.

Otro factor, para “saborear” un “auténtico” y “no mentiroso” concepto de lo propio y particular a escala regional, es el factor dinámico del tiempo, la temporalidad, la “historia” no detenida. Abundantemente se nos presenta en colegios, campañas y discursos una imagen, sino ficticia, al menos caricaturizada y burda de la “identidad regional”, fruto de evocaciones manidas, anticuadas y anacrónicas, alimentadas de un falso historicismo. La identidad es un rasgo dinámico, como las sociedades, y el conjunto de hombres y mujeres que las integran. La identidad “se mueve” con los tiempos, y “el huaso de la zona central” puede vestir de jeans y portar celular, mientras espera el dinero en el banco, con “zapatos de montar” y chupalla, para ir a pagar el sueldo a sus campesinos, mientras lo espera, a media cuadra de distancia, la camioneta doble cabina estacionada -la carretela del siglo XXI para los más pudientes-.

Las caricaturas repelen a las nuevas generaciones, dada aquella sabiduría de la que el les dota, en su época más intuitiva: un lúcido sentido común. No esperemos “enseñar” patrimonio con caricaturas.

No obstante, es bueno volver a la cuestión del nombre.

¿Región de O’Higgins?

¿Por qué no? ó… ¿por qué sí?

Concedamos que el origen es al menos, algo caprichoso. La batalla de Rancagua que lo explica, podríamos decir que es un hecho fortuito. El importante enfrentamiento (que marca el fin de la Patria Vieja) pudo haber ocurrido en Talca, Linares, San Bernardo, Melipilla. Bien pudo tener este nombre la hoy Región del Bío-Bío. En ella, más precisamente en la ciudad de Chillán, el libertador nació, y aunque muy niño abandonó sus paisajes, de vuelta en Chile, se dedicó a trabajar la hacienda que heredara en el sur, hasta que los imperativos de su tiempo le hicieron dedicarse a otra cosa… Acá en “O`Higgins”… tan solo una batalla, una de muchas que el líder revolucionario tuvo.

Pero lo cierto es que la región lleva ese nombre, y cabe preguntarse si se ha realizado una gestión acabada, para que los habitantes de “O`Higgins” conozcan a quien les da ese apelativo... Ya sabemos que su figura, pese el paso de los años, se mantiene rodeada de un halo de controversia (tema para otra reflexión). Por una parte, la ciudad de Rancagua se ha visto, en los últimos 15 años, embellecida con una serie de intervenciones, principalmente de su casco histórico, que ha tenido un criterio patrimonial y de rescate del legado del pasado. No obstante, no se aprecia una -efectiva- divulgación y/o penetración de estos mismos criterios, variables o valores en la población, ni siquiera en la rancagüina, ciudad que más directamente está vinculada, por historia, con el prócer.

Lo mismo es válido para otros nombres, eslogan, títulos, o frases que decoran anacrónicos escudos, afiches y toponimia repartida por toda nuestra zona.

¿Cuál es nuestra identidad? ¿Cuál es nuestro gentilicio como región o pueblo? ¿Tiene sentido con nuestro ser y pasado más íntimo? ¿Da lo mismo usar un nombre que otro? No podremos saberlo mientras no conozcamos las razones que fundan y justifican los apelativos con los que nos reconocemos y llamamos día a día.

Nuestra revista se ha ocupado de explorar, buscar, exponer, discutir y divulgar lo que somos, sin aspaviento, trucos, ni recursos fáciles ni efectistas, menos ficticios. Algunos habrán considerado nuestra labor inoficiosa, absurda e innecesaria. La recepción ha sido, en distintos niveles sociales, etarios y territoriales, positiva y muy auspiciosa; no obstante, la indiferencia detectada ha venido de quienes debiesen gestionar ¡por voto popular o responsabilidad social! en primer orden aquellas políticas o recursos que posibilitarían (si se les apoyase) un impacto positivo en la cultura y buena gestión patrimonial (el sentido de ser de los pueblos, lo que hace humanos a los humanos, nada menos). De seguro habrá quienes nos augurarán la muerte prematura en nuestro esfuerzo, meta y “sueño”.

Y recordamos…:

“¡A mí, muchachos! ¡Vivir con honor o morir con gloria! ¡El que sea valiente que me siga!”

Haremos el empeño de volver a ustedes en estas páginas.

De eso se trató, la gesta de Rancagua, y los patriotas la tuvieron mucho más difícil que nosotros. Ya sabemos que ellos, al menos, lo lograron.