sábado, 11 de abril de 2009

Construyendo Identidad Regional: El Mineral El Teniente y sus Orígenes


Esta es la primera de una serie de contribuciones de la autora, referentes a la historia del mineral El Teniente y del campamento Sewell en particular. La motivación es aportar al conocimiento y buen manejo de la historia de esta emblemática y particular forma de vida, como lo fue el campamento, con el objeto que no solo sea un referente (más o menos) conocido por fugaces apariciones televisivas o rápidas reseñas en los colegios, sino más bien que su legado y contenido sea apropiado por la comunidad como un rasgo identitario local de alcance regional

Constanza López Meneses
Profesora de Historia y Geografía
por la Universidad de Playa Ancha

Fotografías recopiladas por Pablo Vásquez

Al caminar hoy por las calles de esta ciudad me cuestionaba cuáles eran los orígenes de la Región de O’Higgins. No hablo de lo que se ha tratado convencional, limitada y malamente como “histórico”, lo cual se remite a personajes y fechas de fundaciones; sino más bien a los rasgos identitarios que en este caso, cuando carecen de conocimiento y apropiación por parte de las comunidades, resultan muchas veces manidos y vacuos: que seamos llamados “ciudad minera”, que sólo conozcamos que en ella se encuentre uno de los yacimientos más importantes de cobre, “El Teniente”, y que se hable de los trabajadores que cobran sueldos de profesionales.

Para nutrirnos de mejor acervo cultural respecto a la variable “minera”, es necesario -como ciudad o región- conocer la historia de los comienzos del mineral y cómo se desarrolló una actividad que, a la larga, desencadenó una nueva forma de vida en sociedad en la zona y la aparición de un nuevo sujeto histórico: el minero.

Para esto comenzaré con relatar la historia del mineral desde sus primeros vestigios (o desde lo que conocemos del mismo).

El mineral de cobre, llamado actualmente El Teniente, nombre al cual nos referiremos más adelante, está ubicado en la ladera del Cerro Negro, en la cordillera de Los Andes, entre la confluencia de los ríos Coya al norte y El Teniente al sur, a una altura de entre 2.000 y 2.250 metros sobre el nivel del mar, con un latitud de 34º 05 S; longitud 70º 22 O, 53 kilómetros al oriente de la ciudad de Rancagua, en la VI Región del Libertador Bernardo O'Higgins.

El mineral era ya conocido en el siglo XVI, en épocas prehispánicas, por los aborígenes que habitaban en las laderas de Cerro Negro, lugar en el cual se encuentra la mina, cercano a la actual localidad de Graneros. Estos aborígenes extraían el mineral en pequeñas cantidades con la ayuda de piedras y luego lo utilizaban para la construcción de utensilios domésticos y herramientas, entre las que se contaban cuchillos y vasijas. A la llegada de los españoles, éstos prosiguieron con la explotación del mineral en pequeñas cantidades y, al igual que los aborígenes, utilizaban el cobre extraído para la confección de armas y utensilios, así como también lo trasladaban en carretas tiradas por mulas a la Gobernación de Santiago con objeto de ser utilizado en la confección de armas para los soldados españoles que se encontraban en el resto de Chile. Los españoles también exportaban el cobre a su país a modo de bienes para el rey. El autor Guillermo Drago nos relata en una carta enviada al gerente de Codelco con motivo de los supuestos 100 años del Teniente que:

“fueron los aborígenes liderados por el cacique Cachapoal quienes enseñaron a los españoles a utilizar el mineral y prefirieron las de oro y plata dejando un poco de lado las de cobre.”

Posteriormente, en el siglo XVIII, se vuelve a tener información acerca de trabajos realizados en el mineral, así como lo menciona Celia Baros en su libro “El Teniente, los hombres del mineral”:
“se cita la fecha de 1760 porque hay noticias de la presencia de arrieros que bajaban mineral en bruto, en mulas, para ser trabajada en el valle y porque en 1760 la mina ya era conocida con el nombre de La Fortuna”

Desde esta fecha el mineral La Fortuna cambió de nombre a El Teniente, debido a su nuevo descubridor, un teniente fugitivo de la justicia, el cual, buscando un paso salvador hacia Argentina, avistó rocas de color verdoso, las cuales recogió y llevo a las autoridades chilenas para dar noticia de su descubrimiento, cuestión que lo dejo libre de culpas y a Chile con una nueva posesión cuprífera. Sin embargo, hay otra versión acerca del nombre del mineral. Guillermo Drago nos cuenta:

“El Teniente de la Guardia del General O’Higgins, Don Juan de Dios Correa y Saa, se interesó en explotar la mina, por lo que llamaba a quienes quisieran trabajar en su mina durante el verano. Los lugareños lo llamaban por su conocido rango militar y decían: “Hay trabajo en la mina “El Teniente”, naciendo así el nombre de los afloramientos”

Durante el período posterior al hallazgo, los trabajos en la mina fueron inestables y en bajas cantidades, producto de la falta de herramientas y de la dificultosa llegada al mineral. Esto por su ubicación en la parte alta de la cordillera de los Andes, lo que hacía que el clima del lugar fuera muy crudo en invierno, por lo que resultaba imposible realizar faenas en esa época del año. En tales circunstancias, eran los arrieros quienes trabajaban la mina en los veranos.

Se dice que el primer dueño oficial de las tierras aledañas al mineral fue Andrés Torquemada, un capitán español, el cual peleó contra los aborígenes del lugar, y que por su desempeño recibió este territorio para su trabajo agrícola, el cual realizó de buena manera ignorando la existencia del mineral. Con el paso del tiempo Torquemada restó importancia a estas tierras y las donó a los jesuítas, pasando a llamarse así “La Hacienda de La Compañía (de Jesús)”. Las tierras dieron grandes ganancias a los monjes ya que ellos supieron organizarse y trabajarlas de buena manera. Los jesuítas se dedicaron a los trabajos agrícolas dejando de lado lo que correspondía al mineral. Éste era trabajado por particulares, los que arrendaban temporalmente la mina y luego entregaban una parte de lo extraído a los monjes para ser utilizado en la confección de utensilios. El resto quedaba en manos de los extractores con el consentimiento de los jesuítas. Celia Baros nos dice que:

“La Hacienda de la Compañía abarcaba territorios comprendidos desde Rancagua, Graneros y la Cordillera de los Andes, como también algunos territorios anexos ubicados en Codigua, los cuales fueron donados a los jesuitas por Catalina de los Ríos y Lisperguer, “La Quintrala”, en parte de pago por ciertas deudas. En 1767 la Compañía de Jesús fue expulsada de Chile y la Hacienda de la Compañía fue subastada, ésta fue adquirida en 1771 por el Conde de la Conquista Mateo de Toro y Zambrano”

Mateo de Toro y Zambrano, el Conde de la Conquista, no realizó grandes trabajos en la hacienda, ya que no le causaban mayor interés, dejó las labores agrícolas en manos de los campesinos y las realizadas en la mina fueron hechas por particulares que pedían autorización al Conde para extraer el mineral en pequeñísimas cantidades, sin embargo el autor Guillermo Drago contrasta con esta versión de los hechos y nos dice que:

“El Conde era esencialmente agricultor, por lo cual no se preocupó en absoluto de los minerales. El Conde era además muy estricto con los que por algún motivo entraban a su hacienda; hay testimonios de acusaciones en su contra por apresar a vecinos que subían a buscar nieve y menos aun admitía cateadores…"

La autora Baros nos relata que si bien el Conde de la conquista no se atrajo en los asuntos correspondientes a la hacienda:

“fueron los descendientes del Conde de la Conquista quienes tomaron gran interés en los trabajos extractivos del mineral; ellos fueron Nicolasa Toro, nieta del Conde de la Conquista y Juan de Dios Correa y Saa, esposo de aquélla, los cuales pasaron a ser dueños de la hacienda y del titulo de Condes de la Conquista, esto producto de la falta de descendientes directos del Conde, ya que éstos se encontraban muertos u ocupados en asuntos políticos. Fueron Nicolasa y Juan de Dios quienes se preocuparon de realizar extracciones intensivas y en grandes cantidades. El trabajo del mineral comenzó en los años 1823 y 1824. Éste era bajado en mulas al valle de Rancagua, donde sería procesado y luego era comercializado."

Durante el período 1845 a 1846; Correa y Saa se dio cuenta que sus esfuerzos y recursos no eran suficientes para seguir adelante con los trabajos en la mina, por lo que acogió la idea de buscar socios con capitales suficientes para poder seguir adelante. Posteriormente a esta idea, la mina fue trabajada por distintas asociaciones o por arriendo. Entre los hombres que se presentan en este periodo se pueden mencionar a Francisco de Asís Lastarria, el cual arrendó la mina en 1946 y la trabajó en un período corto con la ayuda y supervisión de Ignacio Domeyko, quien poseía conocimiento de minas. No tuvieron grandes resultados, por lo que nuevamente abandonaron los trabajos. Otros hombres a mencionar son Francisco Sotomayor y Pedro Lucio Cuadra, quienes realizaron trabajos en la mina en 1860 y, al igual que los arrendatarios anteriores, no lograron los resultados esperados. Años más tarde; en 1865 y hasta 1870 sería Francisco Puelma quien realizaría trabajos en la mina pero, al ver que ésta no le reportaba grandes ganancias, abandonó. Todos estos hombres no lograron buenos resultados al parecer por la falta de herramientas y maquinarias adecuadas para el lugar, ésto conjuntamente con la falta del gran capital que una explotación de esta envergadura implicaba. Durante los años 1869 y 1870 se tiene noticias de crudos inviernos por lo que la mina estuvo abandonada y sin trabajos en ella.

Tal como nos cuenta Celia Baros:
"Juan Correa y Saa decide reanudar los trabajos en la mina en 1870, pero para lograr un mejor desarrollo y mejor producción sabe que necesita de capital, y decide asociarse con Federico Gana, el cual traía nuevos conocimientos adquiridos en Europa sobre trabajos en las minas. Gracias a la ayuda de Gana y con la introducción de nuevas técnicas, las condiciones del manejo del mineral mejoraron y se logró un período estable y de gran productividad, reutilizaron el horno de fundimiento “Los Perales”, el cual había sido utilizado años antes; además trajeron nuevas maquinarias e instalaron una oficina donde se contrataba a los operarios y se compraba animales y carretas. Todo el mineral obtenido era llevado al valle y luego a un puerto cercano para después ser exportado hacia Inglaterra".

Los trabajos eficaces realizados en la mina por Correa y Gana coinciden con el apogeo cuprífero chileno que surge a partir de la década de 1850, tal como lo mencionan algunos autores en el libro “100 años de la minería en Chile”:

“Chile era uno de los principales productores de cobre en el mundo y registró la mayor producción del siglo en 1876 con 52.308 toneladas, ésto a causa de la gran demanda que existía por este mineral luego de la revolución industrial y de la introducción de nuevas tecnologías para tratar el mineral surgidas en Europa."

El mineral, desde años anteriores y a futuro, sería trabajado solo en épocas estivales, ya que en invierno era casi imposible realizar faenas debido al mal tiempo y las avalanchas producto de la nieve caída.

La mina fue abandonada nuevamente debido a una desgracia natural: producto de un muy crudo invierno, las instalaciones y la mina en sí fueron inundadas produciéndose con ello cuantiosos daños. Para sacar toda el agua del lugar se necesitaría bombearla, pero los socios no contaban con el dinero necesario para poder comprar implementos que permitiesen ejecutar aquella faena, por lo que decidieron dejar los trabajos paralizados hasta una nueva obtención de capital, el cual pudiera reactivar dichas labores. Se dice que también dadas esas circunstancias, el mineral que se estaba obteniendo era de muy baja ley, lo que ayudó a reafirmar la decisión de abandonar las faenas.

“Se vuelve a tener noticias de trabajos en la mina en 1897 cuando Enrique Concha y Toro envió a un cateador al lugar del yacimiento, y presentó peticiones sobre las minas “La Fortuna” y “El Teniente”. Apareció también otro hombre con pretensiones sobre el mineral, Lucas Carter, originándose un debate con los otros reclamantes de la propiedad, los herederos de Correa y Saa."

Fueron la hija de Juan de Dios Correa y Saa, Nicolasa Correa y su esposo Carlos Irarrázaval los que iniciaron un juicio para defender sus propiedades. La resolución del juicio fue que Concha y Toro quedaba dueño de la tercera parte de la mina El Teniente, acatando los herederos de Correa y Saa esta decisión sin reclamos. Concha y Toro comenzó a realizar trabajos en la mina sin importarle lo que los otros dueños hiciesen con su parte, pero al ver éste que los minerales extraídos eran de baja ley con nula posibilidad de exportación, decide buscar capital interesado en comprar el territorio. Debido al estado en que se encontraban él y los Irarrázaval Correa, sin capital para poder continuar con nuevos trabajos, llegan al acuerdo de vender los territorios de ambos, ya que Concha y Toro quiere recuperar su capital invertido, y los Irarrázaval Correa nunca invirtieron capital en la mina, por lo que la venta les reportaría ganancias sin esfuerzos.

Concha y Toro, en representación de ambas partes acude a consultar en forma de asesoría al italiano Marco Chiapponi, ingeniero en minas, el cual seria el encargado de estudiar el mineral y realizar un examen de las minas, para luego ir en la búsqueda de capital extranjero, ya sea como inversionistas o compradores.

Chiapponi realizó examen a las características físicas de la mina y elaboró un plan de obras a realizar para el desarrollo de futuros trabajos y plantea que de seguir adelante con la explotación del mineral se debía construir instalaciones entre las que se contaban una planta de concentración y fuerza eléctrica, un molino y un camino carretero, lo cual implicaba gran inversión.

“la única alternativa era un capitalista extranjero, puesto que en Chile, al parecer, nadie podría absorber tan costosa inversión"

Chiapponi envía a Europa 25 toneladas del mineral para ser analizados en la calidad. Luego de los exámenes técnicos realizados al mineral, el resultado es favorable, por lo que visitan la mina ingenieros europeos. Chiapponi ofreció luego de esto la compra de la mina a inversionistas franceses e ingleses, pero sin buenos resultados, ya que si bien la calidad del mineral era buena, la ubicación de la mina y las condiciones climáticas desfavorables en invierno hacían difícil el acceso de transporte, solo una extracción temporal en épocas estivales y una gran inversión en infraestructuras,

“Por otra parte, los interesados captaron la magnitud del laboreo y, por otro lado, en esos años las técnicas de concentración de minerales de baja ley eran aun muy poco conocidas"

Chiapponi debe buscar capital por otros lados y es en ese momento donde toma contacto con William Braden un ingeniero de minas estadounidense a quien había conocido en 1894, el cual poseía una oficina donde habitualmente concurrían clientes en busca de consejos sobre inversiones mineras. El autor Luís Hiriart nos lo relata así:
“Braden visitó Chile en representación de capitales estadounidenses en la exposición de Minería realizada en el país y había contactado a Chiapponi para que éste lo asesorara en la compra de una mina boliviana, y él le plantea la compra de la mina El Teniente, la cual se encontraba paralizada a causa de falta de capital y nuevas tecnologías capaces de mejorar la extracción del mineral, pero que si se contaba con maquinaria moderna la inversión no seria en vano".

Chiapponi le envía a Braden en 1903 un detallado informe de la mina donde se representaba las condiciones y la infraestructura de ésta. Braden, al examinarlo, lo consulta con su cliente E.A Nash, en ese momento presidente de la American Smelting and Refinig Company, el cual había estado interesado anteriormente en adquirir otras minas. Ambos decidieron que el negocio que se les presentaba seria satisfactorio, pero antes de tomar la decisión final acerca de invertir o no en la mina, Braden debía viajar a Chile e inspeccionar él, personalmente, la mina y así dar inicio al comienzo de la explotación.

Es así como William Braden emprende su viaje a la mina chilena en compañía de su esposa Mary Kimball y su pequeño hijo, con lo que comienza una nueva etapa para la mina cuprífera El Teniente.
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Fuentes:

Drago Rojas, Guillermo. “Cartas al señor Gerente de la División el Teniente”. Editorial Bandera Negra, Chile, 2005.

Hiriart, Luis. “Braden Historia de una Mina”, Editorial Andes.

Baros, Maria Celia. “El Teniente. Los Hombres del mineral”. Tomo I (1905-1945). Gráfica Andes. Chile 2000.

Sociedad editorial lead.CORFO. “100 años de la minería en Chile”.