domingo, 12 de abril de 2009

Arte: Sobre Originalidad y Dignidad


Texto y foto
por José Luis Guajardo Valencia
Profesor de Historia y Geografía.

El 8 de agosto de 1925 Vicente Huidobro publicó en la Revista Acción N° 4 su “Balance Patriótico”[1], texto bastante crítico de la realidad nacional en que, entre otras cosas, escribe la siguiente frase:

“El huaso macuco disfrazado de médico que al descubrirse la teoría
microbiana exclama: a mí no me meten el dedo en la boca; el huaso
macuco disfrazado de artista o de político que cree que diciendo: no
comprendo, mata a alguien en vez de hacer el mayor elogio”.

Lo dicho por el poeta tenía mucho que ver con su propuesta creacionista, vertiente poética que exige al lector abrirse a las posibilidades infinitas del lenguaje, especialmente a su potencia creadora.

La poesía de Huidobro es objeto de distancias puesto que su estilo poético es considerado complejo y hasta, por algunos, incomprendido. Recuerdo la ocasión en que conversando con un poeta que ya tenía una gran cantidad de publicaciones, premios y hasta un nombre ganado en círculos literarios, mencionó livianamente que “no le gustaba Huidobro”. Le hablé en tono reflexivo del poema “Ella”, de la poética, de la doble luz de los versos, de la necesidad de creerle al poeta y darse a la aventura de recrear el universo al que nos invita. Si bien la obviedad subjetiva de mi acercamiento al creacionismo era absolutamente particular, noté que cuando mi amigo aprehendió al creador de Altazor desde una nueva perspectiva su opinión del autor y de su obra cambió absolutamente. Un tiempo después conversamos, gozosamente, del “antipoeta y mago”.

En muchas ocasiones las personas, casi desde un pedestal olímpico y con la soberbia propia de la ignorancia contumaz, “creen que matan” a un artista cuando no comprenden su obra. Esa ha sido la realidad de muchos creadores que en su tiempo han sido ignorados por cometer la osadía de atreverse a romper con los esquemas, los estilos, o presentar un trabajo tan novedoso que choca con la inercia mental que por antonomasia prefiere lo conocido a lo desconocido, y lo similar a lo distinto.

Durante casi tres milenios, el arte en el antiguo Egipto trato de emular el oficio de sus antepasados tan fielmente como fuera posible, adhiriéndose estrictamente a las normas consagradas que habían aprendido: “Nadie pedía una cosa distinta, nadie le requería (al artista) que fuera original. Por el contrario, probablemente fue considerado mucho mejor artista el que supiera labrar sus estatuas con mayor semejanza a los admirados monumentos del pasado”[2]. En Creta, y con mayor fuerza en la Atenas de Pericles, cada artista quiso plasmar su individualidad en la obra, dando espacio a la creatividad y a la innovación en las diversas artes. Los griegos rechazaron emular rigurosamente a sus antepasados, aunque ello no significara menospreciar ni desvalorar las técnicas antiguas, puesto que se “subieron sobre los hombros” de la tradición para, a partir de ahí, crear algo nuevo, distinto: cada artista tendría desde entonces un estilo que representaría un espíritu particular, una forma, un énfasis y un lenguaje perfectamente identificable. Fue este fenómeno, precisamente, lo que nutrió de fertilidad a una de las culturas germinales de nuestra civilización.

Arthur Schopenhauer, refiriéndose al oficio del escritor, critica con mucha dureza a las personas que no poseen la creatividad suficiente ni la entereza para atreverse a ser originales. Mira con desconfianza, asimismo, a los escritores que no se preocupan por las cosas mismas y que optan por enturbiar sus aguas superficiales para aparentar profundidad, a los que se preocupan más por leer las ideas de otros, de dejarse cómodamente influenciar en vez de invertir el tiempo en pensar, en darse la oportunidad de ser sujetos activos en la creación: “ésta es la única manera de que la lectura forme al escritor, enseñándole el uso que puede hacer de sus propios dones naturales; pero siempre presuponiendo la existencia de los mismos. Sin estos dones, tan sólo asimilaremos con la lectura formas frías y muertas y no seremos más que simples imitadores”[3].

La individualidad, la originalidad y la creación como expresión plena de la existencia, son elementos que están estrechamente ligados a la dignidad del ser: tal vez por ello muchos creadores insistieron en su trabajo, a pesar de no encontrar en vida la fama ni la trascendencia.

El poeta chileno Waldo Rojas, amigo del gran cineasta Raúl Ruiz, es objeto de críticas por su lenguaje poético “obstruso” y con oscuridades, no obstante, nosotros apreciamos en su trabajo amaneceres bastante nítidos, luminosidades como flechas apolíneas que despejan la supuesta oscuridad para copar los silencios con el canto pleno y preciso. Nuestro poeta, al igual que Juan Luis Martínez, ha sido relegado injustamente a los pequeños círculos literarios, precisamente por las exigencias a que someten sus obras a los lectores: recordemos lo que hemos dicho más arriba, para muchos lo complejo e incomprensible “es malo”. Pero seamos justos con nuestra apreciación, lamentablemente la cultura se ha ido restringiendo como consecuencia de los pocos estímulos, del desnutrido conocimiento y del laberíntico acceso a ella que tienen precisamente quienes están encargados de “difundir” la cultura, los profesores, los padres. Consideremos, además, el influjo cada vez mayor que ejercen los medios industriales de (in) comunicación de masas. Pero bueno, aquí estamos para construir, así que los invito a leer el siguiente poema que es un ejemplo nacional de originalidad, individualidad y creatividad:

Moscas[4]

Vivíamos la tarde de un domingo abrumador.
Era Verano en el hemisferio que pisábamos, según el orden de los astros.
Enredados en el ocio paseábamos de silla en silla a tropezones.
Era Verano por la tarde y el resto del cuadro lo ponían
las moscas.
Había un Universo disperso por la pieza:
botellas vacías,
hojas de algún diario, un plumero impotente entregado al polvo,
y bostezando hasta quejarse ardía el aire por los cuatro costados.
"No hay peor poema que el que no se escribe", me dije callado
gritándome al oído,
y lo único real, consistente en sí mismo, eran las moscas.
Muchas moscas, torpes moscas cayéndonos encima en arribos
sucesivos y despegues.
Ardía el aire por los cuatro costados y nos sobraba un par de brazos,
estaban de más las piernas y todo el cuerpo era lujo inútil,
artículo suntuario adquirido a la fuerza
en virtud de la artimaña de un hábil vendedor.
Saltimbanquis del aire, trapecistas, migajas de un gran demonio pulverizado,
esas tiernas, sucias moscas, diminutos ídolos del asco universal.
No habíamos sobrevivido a nuestra fábula feroz:
un joven matrimonio derretido sobre el suelo, melaza pura
a merced de un día de Verano, a merced de la estrategia
de las moscas.
Y era domingo como cien veces más fue domingo en los veranos
desde aquel día,
y desde cada día en que el sol encendía el aire
y un zumbido tañía en los vidrios y crecía una inquietud por
todas partes.
Algo que desde afuera penetraba, un cierto líquido agresivo,
un licor cáustico que diluía la carne o la memoria,
algo que le pasaba al tiempo no nos tenía conformes.
¿Quién detiene el cauce de las cosas y los hechos
en este punto, como un puente que se desploma,
mientras pasa el día mutilado arrastrando los miembros
trabajosamente?
No hay peor poema que el que no se escribe, me dije,
entretanto
la poesía rescataba a sus heridos de los dientes para adentro;
de los ojos para afuera lo único real eran las moscas.

___________

[1] http://saladehistoria.com/wp/2008/07/18/vicente-huidobro-balance-patriotico/
[2] E.H.Gombrich, LA HISTORIA DEL ARTE, Editorial Phaidon, decimosexta edición, 1997, página 67.
[3] Arthur Shopenhauer, PENSAMIENTO, PALABRAS Y MÚSICA, Editorial Edaf, Santiago, 2005, página 53.
[4] Waldo Rojas, POESÍA CONTINUA (ANTOLOGÍA 1965-1995), Colección Humanidades, Santiago, 1995, páginas 18-19.