lunes, 2 de marzo de 2009

Prestar Libros: Agonía Temporal


Por Oveja Negra
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Las vacaciones son para leer y mis amigos vienen a pedirme que les preste libros porque yo tengo más que la mayoría de la gente. En su inocencia, no tienen ni la menor idea de lo que siento al prestar un libro. No comprenden que pienso que les estoy ofreciendo amor, verdad, belleza, sabiduría y consuelo contra la muerte. Ni siquiera sospechan que, al prestar un libro, me siento igual que un padre al ver que su hija vive con un hombre sin estar casada con él. Y no estoy diciendo que no me causa placer prestar. Cada hombre tiene algo de evangelista, y cuando un libro me conmueve, quisiera dárselo a todo el mundo.

Desde el momento en que presto un libro, empiezo a echarlo de menos. Decía Camilo José Cela que cada nuevo libro que se escribe altera a todos los anteriores. De la misma manera, cada libro ausente altera los que aún están en mis anaqueles. La naturaleza de mi biblioteca queda arruinada. Mi mente se dirige a la grieta, igual que la lengua a una cavidad. Mi seguridad se quebranta, mi equilibrio se pierde, mis afectos se confunden, mis defensas contra el caos disminuyen. Sólo cuando me lo devuelven dejo de sentirme como el padre que espera en la madrugada el regreso de su hijo adolescente que ha ido a una fiesta de dudosa reputación.

Lo más peligroso de prestar libros estriba en la devolución. En ese momento, la amistad pende de un hilo. Busco éxtasis o agonía, lágrimas, transfiguración, manos temblorosas, una voz quebrada; pero generalmente sólo hay un “lo disfruté mucho”, como si los libros sirvieran sólo para eso.
Imagen: El Ratón de Biblioteca, Carl Spitzweg (1850)) Reproducido bajo Licencia GNU Free Documentation License.