lunes, 2 de marzo de 2009

Los hijos de la “Ciudad del Fuego”


Antecedentes para una investigación histórica
sobre las relaciones sociales en un yacimiento minero
El Campamento Caletones 1922-1973

Pablo Favio Vásquez
Prof. de Historia y Geografía

Hacia mediados de la década de 1910, los terrenos que ocupaban las instalaciones de la fundición en el campamento de Sewell (Mineral El Teniente), se habían vuelto estrechos para la creación de la infraestructura destinada a aumentar la producción de cobre. Lo anterior hizo necesaria la planificación y levantamiento de una moderna fundición situada en las cercanías del yacimiento de El Teniente:

"A partir de 1916, los estudios establecieron que para aumentar la producción sería necesario abandonar en breve la planta existente. Una vez elegido el lugar, se diseñó una moderna fundición cuya construcción se hizo entre 1917 y 1921.

"Aquí hubo un importante detalle. Si el establecimiento beneficiador en Sewell había nacido sin que se calculara la distribución de los edificios, apenas la parte industrial, en este nuevo caso se tomó en cuenta la experiencia de ver frenado su crecimiento por la falta de espacio. La nueva planta se ideó completamente en el papel, con una minuciosa ingeniería de diseño. Después de eso, se procedió a levantarla.

Se eligió para la fundición un amplio terreno próximo a una profunda quebrada, situada a 6,5 kilómetros de Sewell en línea recta y a 1556 metros sobre el nivel del mar."

Así, hace exactamente 87 años, en el mes de Febrero de 1922, comenzó a funcionar la Fundición de Caletones.

Junto a ella nació también el Campamento de Caletones, lugar donde miles de trabajadores chilenos, sus familias y un puñado de extranjeros convivieron durante casi 50 años.
Posteriormente, entre los años 1965 y 1969, a consecuencia del Plan de Expansión del Mineral, y a través de la "Operación Valle", la totalidad de los habitantes de Caletones fueron trasladados hasta Rancagua -posteriormente ocurriría lo mismo con Sewell y los otros campamentos del mineral- donde habían sido construidos grandes poblaciones a fin de solucionar de una vez por todas el problema de vivienda para los trabajadores del yacimiento.

Tras ello, el Campamento Caletones fue desmantelado, conservándose solamente la infraestructura propia de la Fundición.

Sin embargo, para los nacidos en el lugar -los Caletoninos-, el cambio de espacio geográfico y social resultó ser dramático. Nacidos en las montañas y habituados a una forma de vida completamente diferente, los ex habitantes de Caletones se sintieron literalmente despojados del lugar que los vio nacer y crecer. El golpe de gracia para las vidas de los casi 7 mil habitantes que llegó a poseer Caletones, llegó cuando las casas y calles que los acogieron durante medio siglo fueron completamente desmanteladas y borradas del mapa producto de proyecciones económicas.

Rancagua hoy acoge a estos miles de caletoninos, sin embargo las almas de todos ellos, se quedaron allá lejos, en los cerros, esperando quizás el regreso… de los hijos de la ciudad del fuego.
Hoy en día, una parte de la infraestructura urbana nacida del Mineral El Teniente -Sewell- es, desde hace algunos años, Patrimonio de la Humanidad, por haber dado acogida a buena parte de la población minera del yacimiento en peculiares circunstancias.

No obstante, en términos de justicia histórica, la población trabajadora de El Teniente no solo cumplía labores de extracción -fundamento de los habitantes de Sewell- sino que una parte importante de ella laboraba en las actividades del refinado y fundición misma del Cobre. Y era esa la razón de existir del Campamento Caletones.

Entonces, ¿Por qué el Campamento Caletones no fue considerado parte de este reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad?

Con la idea de responder a esta duda y desarrollar una posible investigación histórica mayor, fuimos donde un grupo de caletoninos, quienes se habían organizado a fin de mantener vivos los recuerdos de antaño.

En la búsqueda, cinco habitantes de Caletones se dispusieron muy gustosos a detallarnos algunas de sus vivencias en la desaparecida ciudad: Miguel Arturo Romero Cantillana (78 años), Néstor Moreno Peña (75 años), Jorge López Flores (84 años), Oscar Contreras Solís (85 años) y José Ahumada Silva (78 años), todos caletoninos de nacimiento, los que me relataron en amena charla estas nostálgicas líneas, que dicen así…

¿Cómo nace la idea de crear un Club de amigos de Caletones?

El primero fue el Jaime.

Después que se terminó el Campamento, quedamos todos al lote. Luego se inició el Club Social en Millán, en el Sindicato de Caletones. Hace 23 años.

La ida era reunirnos todos los caletoninos, los nacidos en Caletones. Pero ahora el Club es abierto, es decir que cualquier persona puede integrarse.

¿Qué sintieron cuando fueron trasladados a Rancagua?

A todos nos dio pena, una frustración porque todos habíamos nacido y sido criados en Caletones. Rancagua no era lo mismo, no era como Caletones. Allá teníamos de todo, y muchas cosas gratis.
Sin embargo, algunos pensamos que igual era positivo que nos bajaran a Rancagua, porque las casas que ocupábamos no eran nuestras, sino que de la Empresa (El Teniente). Nunca fueron nuestras y eso iba en desmedro nuestro, de poder tener nuestra casa propia.

¿Cuántas personas llegaron a vivir en el Campamento Caletones?

Unas siete mil…

Sí, más o menos siete mil.

¿En que poblaciones se concentraron principalmente los caletoninos al llegar a Rancagua?

En la Rancagua Norte, en la Manso de Velasco, en la Nueva Alborada…

¿Cómo era vivir en Caletones?

Vivir en Caletones era como vivir en una "Gran Familia". Allá las "patronas" (las esposas de los trabajadores) dejaban la ropa tendida y nunca se perdía nada. Todos nos conocíamos. Allá todos los más viejos íbamos conociendo a los que iban llegando, y éstos a nosotros después, con el tiempo.

Allá había clubes deportivos, salones para bailes, había un lindo gimnasio, Club de Boy Scouts… en Santiago ganamos una competencia nacional en la Quinta Normal en el año 1941, y después otra en el Concepción. Aquella vez en Santiago, nuestro perro Duque, desfiló con un clarín en el hocico, junto a su amo Enrique Saldías.

También había cancha de fútbol, cancha de tenis, cancha de carreras a la chilena, piscina, cancha de palitroque, cancha de basquetball, club de tiro al blanco… Había hasta Medialuna y lavandería.

Los días domingo llegaban vendedores con frutas y verduras a ofrecer sus productos. El primero que llegó fue don Antonio Dote, luego se integraron sus hermanos: don Armando Dote y don Alfredo Dote. Ellos crearon una carnicería en Caletones.

¿Qué otra infraestructura había en Caletones?

La propia de la Fundición: la Maestranza, la Carpintería, la Bodega de Materiales, el Departamento Eléctrico, el Departamento de Bienestar, la Fundición propiamente tal, la Central Eléctrica (Casa de Fuerza, cuya energía era generada a partir de un enorme motor diesel), había un Hospital (con Médico, Practicante y Enfermera) y un Cuartel de Carabineros…

¿Cómo era la vida en Familia en Caletones?

La vida en familia era muy especial. Cuando había bailes se iba en familia, y uno podía dejar sus pertenencias en las sillas y nunca se perdió cosa alguna.

Se contrataban grandes orquestas y se les cancelaban todos los gastos para que fueran a tocar al campamento. Se llevaban incluso artistas desde el extranjero. Uno de los más famosos que pasaron por allá fue un argentino, Natalio Turán. Entre los chilenos, uno bien conocido fue Juan Carlos López.

En varias ocasiones se traían números artísticos desde un local que había en el paradero 18 de Gran Avenida, era una inmensa Quinta de Recreo de nombre "El Rosedal". Esa quinta se llenaba de gente. Era inmensa, pero se llenaban igual. Nosotros desde aquí íbamos con los chiquillos a pasarla bien por allá. Tomábamos el Tren en Caletones, nos bajábamos en Rancagua y, allí hacíamos un cambio a una micro que salía desde el Hotel Español que nos llevaba hasta Santiago. Por aquellos años, el camino que nos llevaba hasta Santiago todavía era de tierra, no es como este que está ahora. En ese entonces nos demorábamos como dos horas en llegar. Y de ahí, teníamos que tomar locomoción hasta el local…

¿Qué recuerdos tienen de niños?

Cuándo éramos chicos y estábamos en invierno, nos tirábamos en trineos desde la Chimenea hasta abajo, hasta la Leñería. Los primeros que llevaron trineos fueron los gringos, después nosotros también tuvimos.

En Caletones las cocinas y estufas eran a leña. Los gringos no permitían estufas eléctricas ni planchas, porque eso les significaba un aumento demasiado grande en el consumo de energía eléctrica. Toda la leña era gratis, porque todos los días se sacaban muchos maderos que se habían usado como soportes en las nuevas aberturas de extracción, y después esa madera se botaba. Más tarde, se consideró que en vez de botarla era mejor regalarla a la gente para calefaccionarse. Igual no faltaban los que acaparaban más de lo que necesitaban.

¿Qué opinan de que sólo Sewell sea Patrimonio de la Humanidad?

Injusto, porque Caletones siempre fue más importante que Sewell. En Sewell, vivían quienes trabajaban sacando el mineral, pero el verdadero cobre, es decir el producto final, era obra de la Fundición de Caletones. El Verdadero Cobre nacía en Caletones, no en Sewell. Lo importante no era el cobre en bruto, sino el refinado, el lingote de cobre para exportar, y ese solamente, lo producía Caletones…
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En mi cuaderno quedan anécdotas e ideas para relatar. En mi mente, por su parte, pasan las imágenes que estos hombres, lejos de su verdadero hogar han conservado consigo, fotografías de una época que no volverá ya a repetirse, pero que sin embargo, tampoco podrá ser recreada nunca más en otra parte del mundo.

Me despido de mis nuevos amigos, y mis pasos se retiran del club con una invitación eterna a conversar y un montón de huellas de nostalgia que me invaden.

Quizás no sea nunca posible volver a levantar las casas de Caletones, ni recorrer tampoco sus calles como antaño.

Pero sí podemos combatir contra el olvido, ese enemigo grande que lo destruye todo a su paso, sin respetar nada ni nadie.

Caletones y sus habitantes no morirán nunca, si quienes nacieron y vivieron en él luchan por preservar sus recuerdos.

Caletones, aún vive.

Y ello, porque más allá que el cobre, más allá que el fuego que le dio vida al metal, el verdadero tesoro de Caletones, son sus herederos, los caletoninos.

Son ellos el Patrimonio que debemos cuidar, y sus testimonios, los tesoros perdidos que debemos rescatar…