lunes, 2 de marzo de 2009

La Fuerza de las Palabras*

Cuento
Por Jorge Nawrath
Abogado
Miembro Correspondiente de la
Academia Chilena de la Lengua
por la ciudad de Rancagua.

Reconozco que a la hora de los qiubos me viene de no sé dónde una fuerza que se me agolpa en las palabras y desarmo al más pintado aún cuando si tuviera que afrontar una respuesta del orden físico no tendría de que valerme. Pero así ha sido siempre desde que de puro desesperado caí sobre el Hernán después del forcejeo y me di cuenta de que había vivido aterrado, sujeto a sus caprichos de condiscípulo tiránico por la sola coacción de sus amenazas durante los siete años de colegio que ese día culminaban. Cuando el Hernán salió del estupor de que lo hubiera derribado ya era tarde y yo me encontraba a caballo sobre él dejándole caer los puños por donde viniera con toda la violencia que estos brazos de rana nunca tuvieron, apenas potenciada por los años de humillaciones y de escarnios. Después de aquel arrebato que me valió la admiración del curso y hasta la amistad de quienes me despreciaban, juré no volver a poner las manos sobre nadie y asilarme en el exclusivo poder de las palabras para desembarazarme de los eventuales enemigos que la vida me pusiera por delante. La verdad, sólo en raras ocasiones debí alzar la voz para contener algún exceso y nunca me falló el ardid. Algo en su tono, timbre o como quiera que los expertos llamen a sus propiedades movía al respeto, si no la intimidación, y fui pasando por la vida sorteando los peligros que invariablemente nos acechan desde nuestros prójimos. Eso hasta el día en que abordé el bus para cruzar la ciudad de sur a norte bajo el sol tórrido de la media tarde. Había concurrido al funeral de un amigo, de esos que se ven de cuando en cuando y casi siempre por azar, pero que en la hora de la muerte adquieren una cercanía nostálgica y plagada de remordimientos. El camino desde el cementerio hasta el paradero de la locomoción colectiva, envuelto en la burbuja de calor que se desplazaba conmigo, había vencido mi formalidad y llevaba cruzada al brazo la chaqueta de paño oscuro y grueso que estimé apropiada. Disimuladamente mientras esperaba cambié desde el bolsillo del saco al del pantalón el dinero y la navaja de resorte que me habían regalado en el último cumpleaños. Siempre he amado los cuchillos, desde el cortaplumas que un tío me entregó cuando cumplí los diez años, nunca dejé de portar el acero envainado de alguno. Pequeños o grandes, siempre me sedujo la ferocidad del filo cuidado de la complicidad de limas y esmeriles, su perfecta vocación de arma. Alguna vez leí acerca del cuchillo algo que decía que aún desde el encierro de una gaveta acecha su alma obstinada de tigre.

El autobús que abordé venía atestado y me costó trabajo deslizarme hasta la seguridad de un soporte, casi al llagar a la puertecilla de bajada. Las frenadas y aceleraciones de la máquina imprimían a los pasajeros un vaivén de gelatina y los cuerpos entrechocaban intermitentemente creando una suerte de intimidad consentida. En una de las paradas, un hombre gordo con su abrigo al brazo se encaramó en la pisadera y luchó por abrirse paso. Instantes después se encontraba en el pasillo y su rostro congestionado suplicaba casi un espacio para su cuerpo invadiente. Logró llegar hasta mi costado y, con una sonrisa en la que vi complicidad y disculpa, se aferró de la barra que me sostenía. Durante un rato sentí los topetones del hombre sobre mi brazo. En uno de los cambios de velocidad del vehículo, la presión me pareció más sostenida que la impuesta por la simple inercia y lo atribuí a una oscilación mayor de aquella masa bamboleante. La parte superior del sobretodo rozó mi barbilla y recién entonces me pregunté qué hacía un individuo con esa prenda en sus manos en un día como aquél: la posibilidad de que hubiese sido retirada de una lavan-dería, de un taller de reparaciones u otro negocio de índole similar era improbable, puesto que en tal caso debería encontrarse envuelta; de modo que, por pura diversión, empecé a ima-ginar procedencias como la de casa de empeños, la devolución tardía de un préstamo y otras situaciones entre las que no fue ausente la de un despojo absurdo atendi-do el estado lastimoso del objeto. La segunda vez, el hombre se apoyó definitivamente en mi costado por un tiempo que empezó a molestarme, pero cuando ya iniciaba el movimiento destinado a apartarlo sentí, apenas perceptible, el hurgar de una mano entre mis ropas. Una ráfaga de cólera me hizo apretar fuertemente la navaja en el bolsillo y la hoja se abrió con apenas un chasquido. Extraje el cortaplumas y, apoyándolo en la panza contigua, clavé el estilete sin esfuerzo. El gordo dilató los ojos, exhaló un suspiro gorgoritante, se llevó las manos al vientre como para sujetar el cuchillo y en la parada inmediata se arrojó fuera del vehículo. Creí ver unas gotitas de sangre salpicando el suelo, pero ya el bus había partido. Ése fue el último cuchillo que tuve, y nunca más me he apartado de las palabras.

* Del libro del autor “La Mujer Hilvanada” (cuentos), Ril editores, 2002.
Ilustración de Alex Castro Otegui.