lunes, 2 de marzo de 2009

El Romanticismo


Por Pedro Torrealba Tobar
Ilustración de Alex Castro Otegui.

El Romanticismo es para mí uno de los movimientos artísticos más notables que han existido. ¿Sabían ustedes que uno de los símbolos del romanticismo es la flor azul, talismán inencontrable? Permanentemente los poetas románticos van en su búsqueda, como clave de la felicidad y testimonio de una realidad supraceleste. Nadie la ha visto, ni nadie sabe como huele, ni dónde puede estar.

El romántico hace de su vida una peregrinación en su búsqueda. El protagonista de la novela Heinrich Von Ofterdingen, del extraordinario poeta alemán Novalis, marcha deponiéndolo todo para ver hermosos paisajes, recibir lecciones poéticas y encontrar a la amada absoluta y, por supuesto, a la flor azul: todo se funde en la exaltación.

Otro de los vínculos del romanticismo es la noche, que da sentido al día. En lo personal, me encanta la noche más que el día. La noche es bella, poética, pacífica, silenciosa, nostálgica, evocado-ra, incita al amor, es auténtica y consoladora más que el día, cegado por la luz del sol.

“Más celestiales que esos astros centelleantes en las lejanías, nos parecen los ojos infinitos que la noche ha abierto en nosotros”, dice el mismo Novalis, en su poema “Himno a la noche”.

La obsesión por la muerte, que es a la vez nada y olvido, es otro estímulo para los poetas románticos. El vate inglés Shelley, escribió unas piezas líricas en honor a la muerte de su amigo John Keats, muerte a la que da una interpretación trascendente: “la vida como una cúpula de cristal multicolor mancha la blanca radiosidad de la eternidad, hasta que la muerte la rompe pisoteá-ndola”… y junto con la muerte, la desesperanza. El mismo John Keats, trata de perpetuarse en un arte por temor a la nada, al olvido.

En su soneto “Cuando Tengo Temores” casi con un nihilismo preexistencialista teme morir como

escritor malogrado a medio trabajo y como fallido amante sin haber logrado el amor. Pensaba que de cualquier manera va a llegar la muerte a borrarlo todo. Dice Keats: “Cuando contemplo, en la paz estrellada de la noche, inmensos símbolos nubosos de una alta leyenda y pienso que talvez no viviré para trazar sus sombras con la mano mágica de la suerte… entonces en la orilla del ancho mundo me paro solo y pienso, hasta que amor y fama se sumergen en la nada”.

El osado vuelo de las inspiraciones de los poetas románticos es libre, impetuoso, salvaje, y la literatura es el ideal intérprete de aquellas pasiones vagas e indefinibles que, dando al hombre un sombrío carácter, le impelen hacia la soledad, donde busca, en el bramido del mar y en el silbido de los vientos, las imágenes de sus más recónditos pesares. Y surge el símbolo de la niebla: todo aparece brumoso y esfumado. La luminosidad aparece enmarcada de melancolía y tristeza, y el símbolo del sueño: “Sálvame de la curiosa consciencia que todavía rige su fuerza hacia la tiniebla, horadando como un topo; gira la llave hábilmente en las engrasadas cerraduras y sella el estuche acallado de mi alma”, dice Keats, para quien sólo el arte podía detener el momento fugaz y hacerlo eterno.