lunes, 2 de marzo de 2009

Alfarero en su Greda Derramado


Comentarios sobre la obra “Los Alfareros en la Cuenca del Cachapoal” de Catalina Barrales y María Vergara.

Por José Luis Guajardo Valencia
Profesor de Historia y Geografía

Cuando visité Tiwanaku, sitio arqueológico ubicado en Bolivia, me detuve tranquilamente en el monumento lítico denominado “La puerta del sol”, saqué fotos e incluso compré unas pequeñas representaciones de greda en que esta obra estaba acompañada por un puma, una especie de búho y otras estatuas que me es complejo identificar. Posteriormente, ya en La Paz, compré un bolso de cuero que tenía un friso en bajo relieve que era el mismo que estaba tallado en el portal lítico de Tiwanaku. Hasta ahí, la coincidencia se trazaba estimulante. Con el tiempo, leí el libro de Osvaldo Silva “Civilizaciones prehispánicas de América” en que el autor volvía sobre el dibujo de “La puerta del sol” sugiriendo que pudiese tratarse de Viracocha o de alguna especie de calendario solar. Sobre el significado ideográfico inscrito en la “La puerta del sol” se ignora bastante, es más, la ciudad misma -si es que fue una ciudad- aún es un tema no resuelto ni comprendido. No obstante lo anterior, se vende y se consume una gran cantidad de productos con el friso: cerámicas, tejidos, trabajos en cuero, poleras, etc.

El recuerdo de Tiwanaku se hizo claro y profundo mientras terminaba de leer el libro “Los Alfareros de la Cuenca del Cachapoal” de Catalina Barrales y María Eugenia Vergara publicado en 2008 por la editorial Primeros Pasos. La investigación apunta en primer lugar a la contextualización, identificación y clasificación de la alfarería desarrollada por los pueblos prehispánicos que habitaron en la cuenca del río Cachapoal, concluyendo que sus trabajos en cerámica poseían un componente simbólico y socio-ritual que trascendían su mera función utilitaria. Esta tradición, según las autoras, habría perdido su tronco simbólico como consecuencia del sincretismo cultural a que se vieron enfrentados una vez instalada la dominación española. Este argumento se sintetiza en el siguiente extracto:

“Como podemos suponer, la irrupción del dominio hispánico en el territorio local transfiguró todo el panorama social que se desenvolvía en la cuenca, donde los circuitos de intercambio material y cultural entre los distintos grupos humanos de éste y otros territorios fueron desestructurados, al enajenárseles sus recursos y su forma de organización, haciendo que perdieran sentido los elementos que simbolizaban las identidades del mundo indígena, símbolos que plasmaban su cosmovisión, en la cual la cerámica tenía una funcionalidad especial. Las técnicas decorativas de la cerámica social-ritual, más diversas y complejas que la cerámica utilitaria, dejaron de practicarse al destruirse el mundo que les daba sentido, quedando sólo los elementos que el mundo hispano requería de la alfarería aborigen: piezas utilitarias de factura simple (poca prolijidad y decoración), donde predominan las formas abiertas y las finalidades de uso para transformación y cónsul-mo de alimentos. Poste-riormente se incorpora-ron a sus formas las tazas y los platos bajos, manteniendo, a pesar del paso de los años, un carácter innegablemente indígena” [1].

En relación a este último enunciado, las autoras iniciaron un trabajo de rescate de la memoria histórica a través de fuentes orales en las comunas de Machalí, Doñihue, Coínco y San Vicente de Tagua-Tagua, entrevistando a personas que aún practican este oficio y que manifiestan en el quehacer de su alfarería procedimientos propios de la época prehispánica, situación que permitiría establecer elementos de continuidad histórica de larga data. Todo ello se enriquece cuando las investigadoras comprueban que en las distintas comunas se comparten similitudes que permitirían establecer un origen común en cuanto al trabajo de la cerámica.

Pero el tiempo ha ido segando a los últimos cultores de esta tradición milenaria, y si bien sus trabajos de alfarería no poseen el elemento simbólico y socio-ritual propio de la cosmovisión aborigen, si existe su reminiscencia en “el hacer”. Tal vez por ello se me vino al recuerdo “La puerta del sol” de Tiwanaku, porque es evidente que aún construyen en miniatura aquellos monumentos; que los tallan, quizá, con las mismas técnicas ancestrales, pero que su significado yace en el olvido, al igual que los códices mayas, que desde la majestuosidad de la palabra nahuatl algún día pronunciada en un universo vivo, hoy se nos aparecen en un silencio rotundo, ese silencio que quiere decirnos algo, pero que no somos capaces de oir. Las autoras de este trabajo se dan precisamente a esa tarea, quieren decirnos algo, quieren “rescatar” una memoria que poco a poco se ha ido silenciando.

Como colofón un alcance. Si bien el texto posee bastante información relevante e interesantísima, hubiese sido más alentador que las autoras editaran el material en el sentido de que su publicación presuponía un encomiable esfuerzo por una divulgación masiva. Esto se señala porque en muchos pasajes queda la sensación de que publicaron una tesis con todos los rigores academicistas. Eso puede ser correcto si es que se quiere defender, pero el problema estriba en que se puede terminar desinvitando a la lectura de un trabajo que puede ser significativo. Creemos que hasta la página 44, es decir, en gran parte del capítulo II, la información era perfectamente resumible.

Fuera de ese alcance, creemos que el trabajo en pro del rescate de la memoria histórica es en gran medida el rescate de nosotros mismos; es tal vez lo que pensó Neruda cuando se repitió aquel hermoso poema en Macchu Picchu: Sube a nacer conmigo hermano / dáme la mano desde la profunda zona / de tu dolor diseminado.
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[1] Barrales Catalina y Vergara María, “Los Alfareros de la Cuenca del Cachapoal”, Primeros Pasos Ediciones, Rancagua, 2008, página 89.