viernes, 14 de noviembre de 2008

Religiosidad Popular y Animitas: El caso de "Pepe de Roma"


Reflexiones en torno a un paseo de domingo por el cementerio de San Fernando

Texto y fotos por Jose Luís Guajardo Valencia
Profesor de Historia y Geografía

RELIGIOSIDAD POPULAR Y ANIMITAS

La religiosidad popular latinoamericana, especialmente en comunidades con una reserva cultural originaria, no perdió en su totalidad sus costumbres ancestrales, aún a pesar de la conquista española y lo que ella supuso: destrucción de imágenes, dioses, templos y calendarios.

La conquista hispana no fue capaz de terminar con la inercia subconsciente de los rituales religiosos de los pueblos aborígenes. Es por ello que construyeron con las mismas piedras de los templos precolombinos sus iglesias y en el mismo lugar de aquel tradicional centro de peregrinaje y ofrenda, decidieron izar su cruz; un segundo paso en esta cruzada evangelizadora fue equivaler los santos con los dioses "herejes"; el tercero, escarmentar cualquier acción de nostalgia manifiesta; el cuarto, hacer entrar la letra y el idioma con sangre. Así se desarrolló grosso modo la estrategia evangelizadora, sostenida por más de tres siglos de expoliación colonial y continuada después por la institución cristiana católica -en situación y condición de comensalismo- desde el oligárquico y flamante Estado nacional.

De esta manera, no sólo se vivió un fenómeno de transculturización que fagocitó las imágenes, dioses, templos y calendarios indígenas (por lo tanto su cosmovisión) sino que el ser mismo originario se vio trastocado por los procesos asimétricos del mestizaje cultural. Los únicos elementos mentales que se conservaron fueron algunas costumbres arraigadas: rituales de peregrinación y de ofrenda que evidenciarían, a modo de sincretismo, evidentes reminiscencias de una práctica ancestral de las comunidades originarias.

El acto del rito religioso a un dios cercano (disfrazado ahora de santo) se conservó por fuerza mayor, como si fuese el propio ser originario quien se tomase revancha en las prácticas religiosas del monoteísmo. Este fenómeno es apreciable aún a pesar de la carga católico-cultural por siglos dominante, puesto que persiste la práctica religiosa popular como un residuo cultural no degradable dentro del universo cristiano.

La persistencia de la práctica del rito religioso popular a un dios cercano y personalizado obligó a la iglesia católica a establecer una especie de cooptación cultural, dotando a estos pequeños dioses de sentido y justificaciones milagrosas propias del cristianismo. Este hecho, más que una voluntad comprensiva y complaciente, fue el resultado de la incapacidad evangelizadora de erradicar esa especie de manía social involuntaria. De esta manera, la Iglesia Católica (y posteriormente algunas cristianas no católicas) se vio en la obligación de tolerar una costumbre de mala gana: porque integrarla significaba contradecir el pilar mismo en que se sustenta su credo y contradecirla podría significar la perdida de la fuente de la fe -los creyentes-, que es, precisamente, donde “descansa” y se justifica la estructura eclesial. Es por ello que se hizo y se hace la vista gorda ante estas prácticas religioso-populares, tanto de peregrinajes a ciertos santos populares o a devociones fervorosa a ciertas “animitas” [1] que conceden milagros.

Este hecho siempre ha sido tratado por los pensadores de la evangelización, es por ello que se instalaron vírgenes estratégicas para canalizar este fervor popular, puntos que hoy motivan y mueven cada año a una enorme cantidad de personas, especialmente a sectores populares.

La pregunta es: ¿qué los mueve a persistir en el rito?. La Iglesia Evangélica establece taxativamente que “no cree en santos ni menos en animitas, porque el único que intercede ante Dios por los hombres es Jesucristo. Que los muertos, una vez que dejan este mundo, están en la presencia del Señor y no influyen sobre lo que pasa en la tierra, de manera que el culto a los muertos es paganismo puro, que no tiene relación con lo que dice la palabra de Dios, que pone como único mediador a Jesús, porque Él es el camino para llegar al Padre”. Es por ello que la gente que “busca solución a sus problemas prometiendo una velita a una animita, no es lo que Dios quiere” [2].

De esta manera, la Iglesia evangélica discrepa de esas creencias populares, que por sobre todas las cosas, considera erradas.

La Iglesia Católica reconoce que este fervor se manifiesta preferentemente en las personas de escasos recursos, donde está la “masa” del cristianismo. También reconoce que es una forma “admirable” de expresar la fe, pero que el culto a las animitas nunca ha sido bendecido, que si “uno tiene fe, puede encontrar en las iglesias sitios adecuados para rezar”. Que las animitas “no obran milagros” puesto que esa tarea “solo le corresponde a Dios. Es el padre quién escucha nuestros ruegos y el que está presente cuando la gente pide ante una velita encendida. La Iglesia Católica respeta estas creencias, a la vez que estima que estas deben ser encauzadas por el camino de la fe...”. Estas creencias según el sacerdote “están presentes en los pueblos indígenas, que veneraban el sol, la luna, la tierra y sus antepasados” [3].

Vuelvo entones a la pregunta anterior: ¿Qué los motiva?, ¿Qué puede motivar a personas católicas o evangélicas a insistir en prácticas no avaladas ni enseñadas por sus iglesias?. Pienso entonces que la práctica milenaria del rito esta incorporada en el ser social como un reflejo mecánico y subconsciente de larga duración que se manifiesta con mayor intensidad en los sectores populares. El hecho que se manifieste, con mayor intensidad y regularidad en estos sectores, tiene que ver con la costumbre de la práctica, acción mejor aprendida y asimilada que la doctrina.

LA ANIMITA A PEPE DE ROMA: UN CASO DE RELIGIOSIDAD POPULAR EN EL CEMENTERIO DE SAN FERNANDO (CHILE)
“...es la Fe la que vale”

Pepe de Roma [4] cuyo nombre era José Ramírez, encontró la muerte un 11 de junio de 1981, como así lo atestigua su florido y bien cuidado nicho. Luís Urra [5] lo recuerda como una persona con una evidente enfermedad mental (esquizofrenia al parecer), era un hombre sano y respetuoso, “no era atrevido”. Su vida transcurrió en un deambular permanente por las calles de la ciudad de San Fernando: “él las sabía todas” era como “un periodista que sabía todo lo que ocurría en San Fernando y lo copuchaba todo”.

Nuestro personaje vivía de la caridad de los vecinos. El alimento, para él, quizá haya sido también una excusa, una excusa para romper su silencio, esa monotonía del ser que a veces inquieta y carcome el espíritu de los hombres solitarios. El amanecer era una invitación para la cual ya tenía la respuesta: rondar en búsqueda vigilante, ser el primero y el más informado acerca de cualquier alteración en la quietud somnolienta de una ciudad, a simple vista, dormida. Don Luís lo recuerda entre las imágenes que se agolpan en su pupila: “nunca lo vi con zapato, siempre andaba con hojotas”. Hojotas que le acompañaban también en su entusiasmo deportivo, canalizado activamente por su amor incondicional al club de deportes Colchagua (“El Colchagüita”) de la ciudad de San Fernando.

Pepe era, tal vez sin saberlo él mismo, la mascota del club, cartel que le permitía entrar libremente al estadio y obtener pasajes gratis con entrada liberada a los recintos cuando su club viajaba a otros lugares. El anciano José Chandía nos relata: “cuando el equipo viajaba nadie preguntaba, y entre todos los socios le pagaban los pasajes”.

No pudimos recoger información acerca de cuanta tristeza generó su muerte en la comunidad de San Fernando. Aquellos ancianos entrevistados sólo se enteraron que había fallecido al no verle en un par de días: “es que no hubo otro Pepe de Roma que recorriera las calles informando de su muerte” nos dice Don José mientras mira como buscando algo que no piensa encontrar.

Pero el espíritu de su vida recorrió el latir instantáneo de los vecinos y no pasó mucho tiempo para que algún anónimo decidiera colgar en su nicho una bandera del Colchagua; posteriormente alguien le encendió una vela y Pepe comenzó a devolver lo que, según todos, del cielo recibía.

¿Quién habrá sido el primero o la primera en atreverse a pedirle un milagro?, ¿quién le habrá dejado la primera velita con alma? ¿Quién habrá citado su nombre por primera vez un una letanía interminable? No lo sabemos. Hoy Pepe de Roma es un santo popular, con una animita con placas, con cartas, velas y diversas señales de agradecimientos. “Él es muy milagroso”, expresa el señor Urra después de un prolongado y reflexivo silencio: “cuando murió la gente colocó su fotografía en un rincón del cementerio y como en todas las cosas es la Fe la que vale, entonces le empezaron a pedir mandas y él se las hacía. Se consideró entonces que él hacía milagros y así se fue dando como usted puede ver. Él es muy milagroso, usted lo puede ver en el lugar bonito que él tiene”.

La frase que más se repite en su animita es: “Gracias Pepito por favor concedido”. Así, José Ramírez es el primer santo popular nacido espontáneamente en San Fernando.

______________________
[1] Su origen es remoto y se refiere a “animismo” o veneración de espíritus.
[2] Pablo Bañados, Pastor de la Iglesia Jesús te Llama.
[3] Sacerdote Jesuita José Donoso.
[4] “Pepe” por José y “Roma” por ser originario de Roma, localidad cercana a San Fernando.
[5] Luís Urra, nuestro entrevistado. Persona de la tercera edad que asiste cotidianamente al cementerio de San Fernando a conversar con su amigo José Chandía. Fueron entrevistados por el autor el 19 de Octubre de 2007.

Fotografía de Jose Guajardo: A pasos de su tumba se encuentra la animita que espontáneamente fueron “construyendo” los vecinos de San Fernando a Pepito de Roma.

2 comentarios:

FeLiPe... dijo...

Quisiera saber que Luis Urra es.. Parece que es mi abuelo el que dio la entrevista xD

Jorge Díaz Arroyo dijo...

Estimado Felipe:
Le pediré al autor más antecedents. Me parece qu existen fotos de los entrevistados y no estoy seguro si también un video. Te hago llegar la información apenas la tenga. Me puedes enviar tu correo para hacertela llegar.
Saludos.