viernes, 14 de noviembre de 2008

Nunca Podrán Cerrarle los Ojos

Por José López Romero
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Don Ernesto encendió un cigarro y se recostó blandamente sobre el sillón de hamaca. Aspiró profundamente una bocanada de su tabaco y entornó los párpados para pensar, algo que solía hacer últimamente con frecuencia que no era casual. Elevó su memoria muy lejos, tantos años atrás, tironeando aquellas viejas historias que le parecían exageradas o increíbles a fuerza de recordarlas. Porqué no refrescar los días felices de la niñez -se dijo íntimamente- los diálogos cotidianos con doña Rosario -la cocinera de su casa- y aquella frase fatídica que le confió a ella a los nueve años, de "pegarse un tiro", cuando ya el asma era una carga tremenda para él. O sus queridos compinches de la infancia en Alta Gracia, chicos sin apellidos "vistosos o influyentes", hijos de trabajadores con quienes jugaba a la guerra con algunas frutas, apelando en ocasiones a las "gomeras" y utilizando peligrosamente cascotes como proyectiles. "¡Ah, mi costumbre de sacar a bailar a las chicas que no eran tan lindas! -exclamó tomándose la frente y sonriendo levemente con el cigarro pendiendo en sus labios- los versos de Neruda que le enviaba a Negrita, ella era mi prima, ¡pensar que casi fuimos novios!". Las volutas de humo envolvieron estos pensamientos, y quién sabe cuántos más, enmarcando su desinteresada actitud humana. Aleida, su mujer, andaba por la casa, en el patio, en la cocina, moviendo cosas, ocupándose de escribir algunas cartas a sus hijos que habían quedado en la isla, su tierra de origen, la añorada Habana de “tío Fidel” como siempre dice Aleidita. A la vez ordenaba los papeles con escritos de su marido y los libros que dejaba por ahí alterando el orden de su querida casa, cercana al Monumento a la Bandera, de frente al río, donde ponía su acento de mujer. Ella siguió fiel a su aventurero Ernesto que quiso regresar a Rosario, lugar donde naciera, cuando sus padres bajaron navegando por el Río Paraná rumbo a Buenos Aires, desde Misiones, por asuntos del parto. Miró hacia el sitio donde su hombre pasaba gran parte del tiempo entregado a la lectura, su constante afición, o mezclado con el pasado del cuál nunca pudo desprenderse.

"Y todo a partir de aquel raid en el "cucciolo" con que recorrimos nuestras provincias… ¡eso sí!, me traje la certificación del paso por ellas, que hacíamos firmar en cada Automóvil Club. En realidad no fue para mostrara a aquellos que pudieran dudar de lo que hicimos, sino para convencerme yo, que lo habíamos hecho - cavilaba Don Guevara de la Serna hamacándose levemente. ¡Eh! –dijo entusiasmado de pronto- si hasta salimos en “El Gráfico".

Fueron doce provincias, casi cinco mil kilómetros y un montón de dificultades con otras tantas soluciones, entre pinchaduras y bujías empastadas, que signaron el espíritu andariego del joven Ernesto y un amigo.

"No puedo olvidar a la querida Tita Infante, que en los años de facultad me hablaba de Carlos Marx y de la revolución socialista. Esta problemática me interesó con todas las de la ley, ¡vaya que sí! Con ella di los primeros pasos en la política y no es para presumir pero, creo que el algún momento se enamoró de mí. Pero ella tuvo mi respeto y solo fue mi mejor amiga.

Entre otras cosas, hay algo que me da vueltas adentro, una especie de ansiedad que no se disipa, como si algo que me pertenece estuviera olvidado. Mucho quedó allí, eso es, me gustaría regresar a La Higuera, para ver en qué quedó aquél pueblito, tal vez tratar de torcer los hechos que se vienen contando de hace años, es una deuda que me busqué y no pude saldar. Dicen que hoy lo llaman “La Higuera del CHE”, y se me hace, ahora a la distancia, que aquella campaña en las sierras fue una osadía.

Con un puñado de hombres no podía jamás vencer a la ignorancia, dar un vuelco histórico y plantar una vida digna a los campesinos de una Bolivia sin voluntades. Sé que siguen tan pobres como entonces y muriendo tempranamente, con muchos analfabetos incluso pero, nada podía lograrse sin ellos mismos, pobre gente, no se arriesgaron a despertar".

Con unos pocos trazos de la rica vida del CHE, traté de imaginarlo aún entre nosotros, viviendo en su ciudad de origen aunque podría haber sido en su Alta Gracia de la Córdoba adoptiva. Primordialmente quise revivir al hombre recordando momentos sucedidos en los días de su pasión. Una foto y un breve texto, clavado a una pared del mojón boliviano donde fue asesinado, dice: "CHE, no pudieron cerrarte los ojos, por eso eres eterno".

Al caer prisionero, herido y con sus armas ya inútiles, eran las tres y media de la tarde y transcurrirían poco menos de veinticuatro horas para el momento de su ejecución a cargo del Sargento Terán. Según quedó en la leyenda, la inmensa figura del guerrillero argentino era demasiado fuerte para él, aunque lo viera vencido, con heridas expuestas, desaliñado y sin fuerzas. El CHE, desde su posición que habrá considerado una afrenta para un guerrero, miró a un verdugo que se revolvía en su temor y le dijo que hiciera lo suyo, que solo apuntara bien y mantuviera la calma. Diría además, como un pistoletazo o un manifiesto rebelde a nombre de sus compañeros mártires del imperialismo; ..."¡usted va a matar a un hombre!".

Cada 9 de octubre, el pueblo que antes no entendió su propuesta revolucionaria, le rinde culto. Un monumento perpetúa su memoria, a su pie los pobladores y visitantes ofrendan flores y encienden velas. Cuentan que luego de los disparos, alguien acudió a la vieja escuelita. Ernesto yacía con su ropa verde oliva ensangrentada, convertida en jirones. Mirar sus ojos daba escalofríos, era como si estuviera vivo, sin temor en sus pupilas. El matador no estaba, ante tal circunstancia se había marchado espantado. Premonitoriamente, Terán, que aún vive y no tiene paradero conocido, vio en ese rostro, al hombre que la posteridad convertiría en emblema. La figura y el pensamiento que una y otra vez renace en cualquier parte del mundo donde se luche contra las injusticias.

En la imagen, “Che Anciano” Ilustración de Alex Castro Otegui.

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