viernes, 14 de noviembre de 2008

El Fin de la Familia Chilena


El papel del sistema económico en la transformación de los núcleos familiares chilenos a inicios del siglo XXI

Por Pablo Favio Vásquez

¿Aún tenemos Familia Chilena? En estos tiempos de rápidos cambios, es bueno que usted se haga esta fundamental pregunta y ello, debido a que la Familia ha sido desde hace varios siglos el núcleo social elemental de nuestra actual sociedad. Sin embargo, el continuo intercambio cultural con el resto del mundo, ha acelerado la transformación constante de la realidad en la cual las familias chilenas se han debido desenvolver, y ello, desde principios de la década de 1960.

Ahora, aún antes de pasar revista a estas transformaciones, y teniendo un cierto conocimiento de la realidad social nacional, y sobretodo si tiene usted Familia, plantéese las siguientes preguntas:

¿Ha mejorado la situación de la Familia Chilena?

¿Cuál es actualmente la función de la Familia Chilena?

¿Está usted seguro de sus conclusiones? Veamos.

La familia chilena hacia la década de 1960

Recuerde usted, que desde tiempos de la época colonial y hasta mediados del siglo XX, la composición de la familia chilena se integraba de los hijos (varios), la madre, el padre -y Jefe de Familia-, a los que en muchas ocasiones se les agregaba la presencia de tíos o tías y los abuelos.

Normalmente, los hijos e hijas solamente abandonaban el hogar familiar, cuando contraían matrimonio, ubicándose posterior-mente dentro de la misma propiedad territorial familiar (subdivisión territorial y patrimonial).

No obstante lo anterior, las continuas crisis económicas que afectaron al país durante el siglo XX, aceleraron la llegada de una gran masa de población rural hacia las zonas urbanas, pasando a instalarse preferentemente en las áreas periféricas de éstas.

En este mismo contexto, la inserción laboral de las familias emigrantes, partió con el ingreso al campo laboral de las mujeres adultas y jóvenes, las cuales pasaron a desempeñarse preferentemente en ocupaciones domésticas y administrativas, en su gran mayoría.

En el caso de las mujeres ya madres, sus ingresos obtenidos eran invertidos en la mantención de la familia y en la educación de los hijos. Las hijas, por su parte, trabajaban con el fin de lograr una cierta independencia con respecto al núcleo familiar, la cual se extendía -por lo general- hasta el momento en que éstas contraían matrimonio o, cuando comenzaban a nacer los hijos.

Por su parte, los hijos varones, comenzaban a trabajar a temprana edad, con el objeto de ayudar también con el mantenimiento de la familia, en el caso de que los ingresos de los padres no alcanzaran para cubrir los gastos familiares.

Ahora bien, cuando los hijos llegaban a la mayoría de edad y conseguían un empleo lo suficientemente bien pagado –o estable, al menos- contraían matrimonio con una mujer que casi siempre pertenecía a su misma comunidad cultural y socioeconómica.

Sin embargo, después del matrimonio y, con el nacimiento de los hijos, el varón -y ahora nuevo Jefe de Familia-, continuaba con su rol de proveedor económico y autoridad familiar máxima a la hora de tomar decisiones.

De esta manera, el rol de la mujer se orientaba, preferentemente, hacia el cuidado y educación en la tradición familiar de los hijos, a quienes seguía supervigilando de cerca hasta cuando éstos contraían matrimonio y se independizaban del tronco familiar -aunque muchas veces, ésta especie de tutelaje se extendía hasta la muerte de la madre o del padre-.

Las Reformas Económicas del Gobierno Militar

Por otra parte, como usted sabrá, la rearticulación económica del país tras el colapso nacional de 1973, tuvo como eje central la instauración de un nuevo modelo económico: el neoliberalismo capitalista ortodoxo. Este nuevo Modelo, si bien, simplificó y mejoró la administración estatal, se abocó también a evitar la intromisión del Estado como ente político en el mercado económico, reservando para éste, sólo la función de garantizar el orden público y la libertad económica: esto, consolidado con la Constitución de 1980.

Sin embargo, este Modelo colapsó en la denominada Crisis Económica de 1982 (que se extendió entre 1981 y 1985), cuyas consecuencias se tradujeron en la quiebra de la mayor parte del sector industrial, financiero y comercial de mediano tamaño nacional y, que, fue acompañado de una fuerte ola de cesantía a nivel nacional, la cual acarreó graves consecuencias sociales e intrafamiliares, que se dejaron sentir hasta bien entrada la década de 1990.

Pese a estas graves circunstancias, el Modelo Económico se mantuvo y, gracias a la implementación de una serie de medidas tendientes a otorgar al Estado un cierto papel en la dirección de la Economía Nacional, a contar de 1985, se logró recuperar la situación económica para inicios de la década de 1990.

Los cambios en el Modelo Laboral Chileno en la década de 1990.

Si usted votó en el Plebiscito de 1988 sabe, pues, que el fin del Gobierno Militar en 1990, con el consiguiente reingreso a un sistema político representativo-partidista (que no necesariamente significa que sea democrático en plenitud), permitió la llegada de una gran masa de capitales extranjeros al país, siendo éstos los principales impulsores del denominado boom económico de los 90’.

Sin embargo, junto al ingreso de éstos capitales, también se introdujeron nuevos modelos laborales. Entre ellos, el modelo más importante que se comenzó a emplear es el denominado “Trabajo de Medio Tiempo” o “Part Time”. En éste, el empleado tan solo es contratado para laborar durante media jornada, por cuyo trabajo se le paga la mitad del sueldo ofrecido en el mercado laboral en comparación por el mismo puesto laboral pero con Jornada Laboral Completa.

La implementación de este sistema laboral permitió el ingreso al mundo laboral a miles de chilenos y chilenas, los cuales vieron en ello, una buena oportunidad para proveerse del siempre necesario dinero para mantener a sus familias o, para financiar estudios superiores.
Sin embargo, con el paso del tiempo, esta modalidad laboral se impuso en gran parte de los rubros económicos del país, llegando hasta el extremo de hacerse muy difícil encontrar fuentes laborales que aseguraran una Jornada Laboral Completa, limitando en forma drástica las posibilidades y oportunidades de mejoramiento de la calidad de vida familiar, por cuanto, el Jefe de Familia se vio incapaz de sostener por sí solo al núcleo familiar, creándose así una crisis interna en la base de la sociedad chilena mientras continuaba avanzando la década.

Junto a lo anterior, durante la misma década de los 90’ aumentaron los precios de los alimentos y de los bienes raíces (debido a la liberalización de estos mercados durante el Régimen Militar en la década de los 80’), el peso chileno continuó devaluándose frente a las fuertes divisas extranjeras, estancando de ésta forma el crecimiento de las remuneraciones y salarios de los trabajadores.
Así, el encarecimiento de la vida y el estancamiento de la evolución de los salarios, produjeron fuertes cambios en el seno del núcleo familiar chileno: uno de los más antiguos roles de la mujer, el de educadora (o formadora) familiar o doméstica y pieza clave de la sociedad chilena, se vio presionado y comenzó a ser abandonado, con el objeto de obtener un puesto laboral que permitiera asegurar un sustento mínimo para la familia, puesto en peligro por las nuevas transformaciones del sistema laboral.

Las transformaciones del núcleo familiar Chileno

Históricamente, el rol de la familia chilena ha sido -y será siempre- clave en la formación humana y ciudadana de las nuevas generaciones de chilenos, así como también en la creación de la idiosincrasia e identidad nacional.

Así, podemos considerar que el papel de la familia en la sociedad chilena es sumamente estratégico, ya que funcionalmente es la institución en la cual se enseñan e inculcan los valores humanos básicos: tolerancia, respeto, responsabilidad, etc.

Es aquí -y en ninguna otra institución humana- donde los niños y jóvenes comienzan a construir su Estructura Mental de vida, es decir, a constituir su presente y futuro en base a la existencia de una Ética familiar, las responsabilidades y los deberes básicos, sobre los cuales se erigirán paso a paso, sus capacidades y potencialidades.

Es en la familia -y a través de todos los miembros de ésta- que se efectúa positivamente la transmisión primaria inicial del bagaje cultural y social de la nación de la que forman parte: religión, moral, visión de mundo, roles de las personas, comportamiento cívico, etc. (más tarde complementado con el sistema educativo).

Y, aún más, dentro de la misma familia, la figura materna y paterna cumplen importantísimos roles que no pueden ser reemplazados por ninguna institución o persona ajena a la familia.
En primer lugar y, dado su papel clave en la sociedad nacional, la figura de la madre es considerada como la principal educadora familiar y social, ya que su cercanía con los hijos desde la más tierna infancia, le permite a ésta constituirse en un puente entre el niño que crece y la sociedad que lo acoge e integra, transmitiéndole a él la mayor parte del bagaje cultural y social, necesario para permitir al niño una inserción exitosa en la comunidad.

En segunda instancia, la figura del padre desempeña un rol fundamental en la creación de la estructura mental de vida del niño que se está formando, ello ocurre básicamente a través de dos maneras: a) La imagen de masculinidad entregada por el padre y, b) los actos sociales que realiza el padre fuera del hogar (y que son, por cultura, necesaria-mente diferentes de los de la madre), de lo que resulta el modelo que el niño se construye para sí mismo como ideal.

Por otra parte, la práctica de actividades obligatorias comunes para los niños -junto a otras elegidas por ellos mismos, pero dentro de ciertos límites- les permite desarrollar un buen sentido de la importancia de las decisiones propias, herramientas de extraordinario peso a la hora de generar seguridad en el niño, para prepararlo ante posteriores circunstancias, a las cuales tenga que enfrentarse a fin de conseguir sus propios objetivos.

¿El objetivo de la Familia Chilena?

Si usted recuerda sus tiempos de niño, coincidirá conmigo en que, analizada históricamente -y aun cuando ha tenido muchos aportes culturales extranjeros- se podría decir que la Familia Chilena, hasta la década de 1990, entre sus principales funciones tenía las siguientes:

Formar a las futuras generaciones de chilenas y chilenos, aunque fuera de modo no plenamente consciente, en base: a una Ética y Moral Familiar; un cúmulo de costumbres y tradiciones socio-comunitarias (la sociedad vivida diariamente); el apego al espacio histórico (el barrio o el pueblo); la generación de una estructura mental de vida basada en deberes y que permitía la creación del derecho de éstos a la creación de sus propios objetivos de vida o expectativas y, la impronta de perpetuar éste modelo de vida a partir de la creación de su propia familia.

Este proyecto era considerado exitoso, ya que permitía la continuidad y el crecimiento de las familias a través de la institución del Matrimonio, y ayudaba a mantener vigentes las reglas sociales y las costumbres consideradas óptimas y representativas de la nación, heredadas de sus antepasados.

Sin embargo, llegado a este punto cabe preguntarse ¿Qué sucedería si el objetivo de la Familia Chilena fuera modificado por las circunstancias de vida actuales?

La década de 1990 y el momento del cambio.

Como vimos anteriormente, durante la década del 90’ la llegada de nuevos capitales extranjeros permitieron dar vida a un Boom Económico que se extendió hasta aproximadamente 1997, momento en que Chile se vio afectado por la Crisis Económica Asiática, cuyos coletazos se siguieron sintiendo aproximadamente hasta el año 2006, ya que la economía chilena parecía no recuperarse.

El ingreso masivo de chilenas y chilenos al mercado del trabajo trajo consigo una consecuencia desastrosa para la base de la sociedad chilena, ya que, debido al encarecimiento de la vida, los jóvenes en edad de formar familia, comenzaron a aplazar la creación de sus propios Núcleos Familiares con el fin de mejorar sus condiciones materiales de vida, lo que no deja de ser lógico dada la dura realidad económica que tenían que enfrentar y, al mismo tiempo, las excelentes oportunidades labores que podían aprovechar.

Sin embargo, el constante crecimiento del proceso de Encarecimiento de la Vida en Chile -recuerde usted que nuestro país, debido a nuestra pobreza industrial y energética (el petróleo), no funciona si los extranjeros no invierten en nuestra economía- forzó a los sectores más jóvenes de la sociedad chilena, que habían creado sus propias familias en forma reciente, a posponer o parcializar su rol de padre y madre de familia, en beneficio de mantener o privilegiar su papel de sostenedores o proveedores económicos, tanto en el caso del hombre como en el de la mujer.
De esta manera, el objetivo asignado por la Sociedad chilena a su elemento básico que es la Familia, se vio alterado profundamente, ya que, el Modelo Económico Neoliberal en acción -considerado por el Estado como el más óptimo para asegurar el desarrollo de todos chilenos- forzó a la institución de la familia a cambiar su objetivo social.

De esta forma, la fundamental y estratégica función de padres y madres como educadores familiares y guía moral de niños y jóvenes chilenos, comenzó a ser visto como un obstáculo para el desarrollo económico individual, lo que gatilló el inicio de un progresivo abandono de estos roles y, el reemplazo de las figuras paterna y materna por jardines infantiles, cuya función era cuidar y educar a los niños mientras los padres cumplían obligadamente sus jornadas laborales correspondientes.

No cabe absolutamente ninguna duda de que la creación de los Jardines Infantiles benefició ampliamente a aquellas numerosas familias monoparentales, donde los hijos dependían exclusivamente de la responsabilidad de la madre o, del padre que los tenía a su cuidado.
Así, a partir de la década de 1990, el objetivo de la familia como Institución Social, comenzó una rápida transformación, pasando a convertirse en una:

Instancia social modelada por las condiciones económicas del Mercado, orientada a la sola procreación de nuevos consumidores, potencia-les y reales de los productos y servicios generados por los elementos productivos que conviven en el sistema económico (también reproductora de la mano de obra -barata- para sostener tal sistema) y, desprovista de todo sentido cultural, nacional e histórico.

Las instituciones educativas actuales: los desafíos de una transformación social sin precedentes.

La Reforma Educacional de 1965, ejecutada bajo el gobierno del Presidente Eduardo Frei Montalva, tenía como objetivo expandir y mejorar el sistema educacional hasta cubrir en un nivel mínimo -al menos-, a todos los jóvenes del país.

Aproximadamente 30 años más tarde (1996), se implementó una nueva Reforma Educa-cional, ésta vez durante el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, hijo del mandatario que ejecutó la Reforma Educacional de 1965.

Sin embargo, esta nueva Reforma se planteaba como meta la profundización de los contenidos educativos, mediante el mejoramiento de la calidad de la enseñanza, es decir, la modernización de los medios educativos, la actualización de las técnicas de enseñanza de los profesores, etc.

Sin embargo, en ningún caso, la Reforma, contempló la transformación social que se estaba operando en la raíz misma de la sociedad chilena debido a los cambios en los modelos económicos y de trabajo que se habían implementado desde principios de de la década de 1990.

De esta manera, los jóvenes chilenos, comenzaron a ingresar a los establecimientos educacionales sin contar con un bagaje cultural positivo -debido a la ausencia parcial o total de los progenitores en la creación de la Estructura de Vida del niño- que les permitiera a éstos jóvenes llevar a cabo un crecimiento personal y adquirir conocimientos básicos, en forma sostenida, a través de su inserción en una instancia representativa de la sociedad chilena, como lo es la escuela.

Debido a ello, los niños y jóvenes, que desgraciadamente se hallaron solos frente al enorme desafío de crear sus propias estructuras de vida y la fijación de metas personales a través de ellas, carecían de la confianza propia y el respaldo familiar en estas circunstancias tan extraordinariamente importantes a la hora de definir su futuro como personas.

Dadas estas circunstancias, los docentes, acostumbrados a brindar una educación basada en la entrega de conocimientos, se encontraron absolutamente sobrepasados con la nueva y enorme función ética y moral que la sociedad chilena solicitaba ahora a la Educación, puesto que la Familia acababa de comenzar a ser despojada de ella por el Modelo Económico: la formación de personas.

Junto a lo anterior, el ingreso de las nuevas tecnologías de la comunicación, permitieron a los jóvenes chilenos acceder a un enorme conjunto de información de todo tipo, con lo cual la brecha generacional, cultural y ética entre los jóvenes y sus padres, y entre los jóvenes y los docentes se acentuó, generándose entre estos tres actores sociales una fuerte confrontación.

Todo esto, unido a las crecientes desigualdades sociales que ha creado la forma de implementación del Modelo Económico Neoliberal en nuestro país ha generado -y seguirá haciéndolo- un grave problema social, cuyas consecuencias ya se dejan sentir en el diario vivir: aumento de la violencia en las calles, violencia intrafamiliar debido a los problemas económicos, explosivo aumento de las enfermedades psicológicas, alcoholismo, droga-dicción, marginamiento y discriminación social y racial, ruptura de la cohesión social nacional, el embarazo adolescente –en fuerte crecimiento- y el huachismo[1].

Ante el panorama social anteriormente descrito, cabe preguntarnos: ¿El Modelo Económico actual permitirá la reconstitución del rol tradicional de la familia chilena, perdiendo por consiguiente una importante fuente de recursos laborales? o ¿Deberá simplemente la Educación hacerse cargo de la formación social total de las personas, rompiendo con ello la base misma de la cohesión y pertenencia sociofamiliar, núcleo fundamental de la existencia de Chile como Nación y Estado?

Para finalizar, mi respetado ciudadano deseo hacerle tres preguntas:

¿Qué nos debería importar más como país?

¿Vivir para trabajar? o ¿Trabajar para vivir?

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[1] Término empleado por el historiador chileno Gabriel Salazar para referirse al problema del abandono infantil en nuestro país, basado en el concepto popular del huacho.
Familia. Fotografía de Observatorio Regional

1 comentario:

Anónimo dijo...

Creo que hay que volver a la familia, como no se..Es para otro blog