viernes, 14 de noviembre de 2008

El Arquetipo


Por Paula Carolina Salas Guerrero.
Ver más de la autora en http://guajaca-guajaca.blogspot.com/

Caminaba con la entrepierna bien juntita pensando que en el día de las reverencias llegaría hasta mi puerta un afable de ojos valientes; mas el tranco me hizo dispar y así como de niña me quejaba de los pares. Pero el truco me salió caro, no había fábulas artificiales, no había canciones de cuna y perdí eso que guardaba bajo el cordón umbilical (que aún no corto). El arquetipo llegó, ¿un hombre clásico?, NO, ¡pero hombre!: en esa tardía reacción del momento, al fin la secuencia del los relojes a veces nos distrae.

Fuimos dos ángeles contra-bandeando ideas, perfectos círculos que girábamos borra-dos entre la multitud que siempre evidencia algo distinto, pero no golpeaste mi puerta con flores rojas, lo único rojo fueron mis labios que sirvieron para otra copa.

Conocí el juicio del otro, palabras que no eran metáforas se fueron acum.-lando en la cabeza mientras en la cama ansiaba encontrar la virtud, un desplome eléctrico, o un suceso imaginario, lo que fuera, el proceso era lo pernicioso.

Atraída por los deleites de un oficio más o menos bueno, continué escuchando las letras que no entendía, pero que me volvían la mujer más hermosa del mundo: las diferencias de género son cruciales. Las féminas siempre olvidamos y así callé en la entrepierna los versos que escribía mientras hacía el amor.

Pero llegó la tarde cuando nos desconocimos en la alfombra y yo más extraña que él sentí un bullicio de sangre que me destrozó. Recordé a mis antepasados, mis ancestros históricos y otros luchadores pobres, a los anónimos de los libros. En definitiva, mis raíces, mis cavernas. Y blasfemé, engulléndome cada palabra: ya no podía resistir cosa distinta a un verso.

El viento me abofeteó la cara y entendí que mientras hacía prosa de las sábanas el arquetipo se mascaba las uñas porque en su mente los anfibios habían hecho lo suyo.

¿Un hombre dibujado?, Pensé. Un sarcasmo, una sátira. Pero era de huesos y con piel y el aroma me quedaba impreso en los poros colgados.

Quise cortarme el pelo como la Chávela Vargas, beber tequila y cantar paloma negra hasta quedar muda, pero solo alcancé a cortar un mechón pequeño y fumar 20 cigarrillos diarios haciendo aureolas que emigra-ban a otro lugar. Quemé el mechón junto a la fotografía del arquetipo gitano.

¿Y por qué el fuego?, porque la tierra me asusta ya que los gusanos no comen, restos invisibles, de lo que pudo ser.

Me rasgué la ropa frente a la ventana y hablé con la noche muerta. También sufrí, acariciándome el ombligo silenciosamente, apretando el cordón que es teta cubriéndome de leche original, apretándome los dientes escuchando a Sabina y todo el repertorio aguardentoso de mi enclave musical. Grité y gemí con los ojos hinchados, con el pelo adolorido disfrutan-do cada momento. Me fui despeinada por la vereda, en una especie de trance que sólo mi método entendía. El tiempo avanzó y me descubrí nuevamente observándome serena frente al espejo. Luego volví al retorno, a los árboles, a las rocas, a las montañas que se elevaban bajo mis pies.

Ahora bebo leche todas las mañanas y brindo pintándome las uñas con brillantina, y me apretó la ropa suelta y me maquillo los labios de rojo cereza, bien malcriada, bien pendeja, destrozándome sola cuando me dan las ganas, fumando cuando me dan las ganas, riendo cuando me dan las ganas, haciendo aquello ilustrado que esta impreso en mis atajos, y nuevamente comienzo y quiero llegar de prisa donde esta el grito para dejarlo salir.

Ilustración de Alex Castro Otegui.

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